Los juegos del miedo

Si presentas un problema grave de forma dramática sin ofrecer una solución, la persona que lo escucha se preocupará momentáneamente y luego se olvidará de él, porque si no puede hacer nada para arreglarlo, ¿para qué recordarlo? Siento que algo así hice con Adicción a ganar, el artículo que escribí hace unos días. Sólo señalé dilemas morales que hacen parte de un problema más grande y más serio pero sin mostrar el modo en el que actúo en el presente cuando estoy al frente de situaciones en las que algo o alguien quieren manipularme usando el miedo. En este artículo, por lo tanto, muestro la esencia que hay detrás de mi resistencia a creer en soluciones mágicas, fáciles y vacías.

Adicción a ganar fue algo extraño. Fue difícil de escribir, fue incómodo, doloroso, profundo y necesario. Un amigo me llamó para darme las gracias por haberlo escrito, además algunas personas de mi lista de correo me respondieron diciéndome que mis reflexiones las habían tocado de una forma o de otra, pero no voy a seguir con las autoalabanzas, lo que pretendo es plantear un proyecto de solución para esta zombificación en la que vivimos.

Después de escribir ese artículo, quedé con ganas de saber más, de entender mejor los problemas que vivimos como especie desde antes de que yo naciera. Algo me llevó a ver The big short (La gran apuesta) una película que sabía existía pero que había aplazado.

Ya conocía Inside job, el documental de la misma temática y ya había leído algún artículo complejo pero honesto acerca de cómo la economía pasó de estar basada en la producción y en el comercio a ser un casino sofisticado e internacional, pero sea como fuere, necesitaba hurgar más, sentir más dolor, asquearme casi hasta la náusea para entender cómo permitimos que todo esto pasara y luego obligarme a darme una respuesta a la pregunta de ¿qué hacer?

Vi la película y luego fui a dormir. Al día siguiente sentí la necesidad de saber más, de ver si una mente brillante era capaz de proponer soluciones a este atolladero tan complicado y apestoso en el que vivimos. Me permito usar el plural porque en este planeta estamos transitando todos, nos guste o no. Busqué Requiem por el sueño americano, ese documental en el que Noam Chomsky, lingüista y activista estadounidense, cuenta lo que ha visto en su vida larga y las conclusiones a las que ha llegado, pero era más de lo mismo, aunque era lo que quería ver. En una entrevista extensa señala los principios en los que está basado el sistema inequitativo de la economía actual, principios con los que estoy más o menos familiarizada por lo que no me sorprendieron, sin embargo su exposición me sirvió para pensar, para seguir reflexionando. El final y no creo estar arruinándole el documental a nadie, lo dedica a hablar de las asociaciones de personas que, como lo ve él, son el futuro para proteger lo que queda del medio ambiente y ganar algo de libertad, pues como dice Emilio Carrillo, economista y ex político, debemos aceptar que somos esclavos. Gustavo Fernández mi amigo parapsicólogo agrega que además de ser esclavos somos de una categoría inferior a los de épocas pasadas pues ellos, al menos, eran albergados, alimentados y vestidos por sus amos, nosotros en cambio trabajamos para tener un techo, para comer y para vestirnos y, engañados, nos creemos libres.

Adiós, cursos de fin de semana

Ejercí poco y de mala gana el área clínica de la carrera que estudié, psicología, y lo hice así por algo que sólo vine a comprender con los años. Los psicólogos como los médicos son vistos como redentores, esas personas que se encargan de resolver los problemas ajenos. He oído muchas veces el comentario “con sólo ir al médico me siento bien” y conozco su equivalente en la psicología. Un cliente va al psicólogo y le deja sus problemas para que los resuelva, luego vuelve para recoger la solución, planchadita y bien perfumada.

Sé que no todos los psicólogos aceptan este trato, que algunos les hacen ver a sus clientes que el trabajo deben hacerlo ellos, si de veras quieren sentirse mejor y cambiar lo que no les gusta de sus vidas. Los terapeutas honestos les explican a sus clientes que ellos son sólo catalizadores, agentes de cambio que les muestran lo que deben hacer mientras los acompañan en el proceso, pero seamos honestos por un momento, en esta sociedad adicta al “dámelo ya y dámelo gratis”, realmente ¿crees que no hay más de un terapeuta, coach, etc. dispuesto a hacer promesas de fantasía a cambio de 300 dólares la sesión? Claro que los hay y cuando esto se supo en el mundo de la autoayuda y la superación personal más de uno se subió, y se sigue subiendo al barco, para montar su negocio, financiado por intolerantes a la frustración y cortoplacistas.

Me encanta dar cursos, talleres o como quieras llamarlos. Gozo transmitiendo lo que sé, pero descubrí también que cuando das un curso de 3, 4 horas en un fin de semana muchas personas, así no lo digan, llegan con la expectativa de arreglar sus problemas sin cambiar sus vidas. Esperan que un pase mágico, una palabra o un mantra los haga sentir mejor sin salir de su zona cómoda. Qué cómodo.

Me gusta transmitir lo que sé pero cada vez tengo más claro que prefiero hacerlo a través de charlas, que no dejan de ser la versión liviana de un libro, porque qué pereza leer un libro, sin embargo como lo veo también tienen una ventaja, las expectativas son menores. Los asistentes a las conferencias van por curiosidad, para matar el tiempo, para acompañar a alguien o para no sentir aburrimiento, entretanto puede pasar que se enganchan con el tema y quieren saber más. Si se completa un círculo virtuoso, terminarán buscando más material, más charlas, más libros del tema y, si todo sigue así, involucrándose en reflexiones que generarán cambios de conducta, duraderos o no. En resumen me gusta ponérsela difícil a la gente. En este paradigma de “el cliente siempre tiene la razón y por eso hay que darle todo mascado y digerido”, me atrevo a poner obstáculos con la esperanza de que el trabajo que tengan que hacer para sobrepasarlos los lleve a cambios valiosos y necesarios.

La trampa del cómo

Desde que pude hablar empecé a hacer preguntas, y nunca me detuve, sin embargo durante mucho tiempo estuve haciendo las preguntas equivocadas.

En mis trabajos como entrevistadora aprendí que las preguntas que comienzan con la fórmula “por qué” son traicioneras. Cuando preguntas ¿por qué trabajas? o ¿por qué te gusta tu mujer? pones a tu interlocutor a la defensiva, aprietas un botón para que empiece a justificarse. El porque, así, con las partículas por y que escritas de forma continua, sirve para dar razones, para dar explicaciones, así no se entienda o no se sepa nada. Es como pedirle una opinión en una reunión a ese charlatán de oficina que sólo habla por miedo a que alguien diga que es estúpido. La solución es, pensé alguna vez, preguntar ¿cómo? Después de haber llegado a esa conclusión ya no hacía preguntas tipo ¿por qué trabajas aquí?, sino ¿cómo te sientes en tu trabajo?, así, creía yo, no contaminaba la respuesta y recogía información valiosa y sí, todo fue muy bien durante un tiempo.

El cómo puede ser inocuo, útil y amigable, pero cuando está en la base de libros titulados Cómo hacerse rico en 30 días, o Cómo perder 10 kilos en una semana muestra su lado perverso. La industria editorial, la de los suplementos nutricionales y otras más usan estas fórmulas rápidas e indoloras para vender jugando con el miedo, miedo a la escasez, miedo a no tener tiempo suficiente, tiempo a que los demás no me quieran por ser gorda…

Una vez entendí esto, que el por qué provoca una justificación, no siempre genuina, y que el cómo puede resultar en recetas prácticas pero irrepetibles, reflexioné y dejé de hacer tantas preguntas. Entonces empecé a usar mi curiosidad de otro modo.

Ahora me esfuerzo para ver el mundo desde otro ángulo: señalo lo que no me gusta y muestro lo que hago yo. No me pregunto ¿qué tiene la gente en la cabeza para comportarse de ese modo?, pero tampoco doy fórmulas del tipo 10 consejos para elevar tu nivel de consciencia ni 15 claves para alcanzar el nirvana. Me tomo a mí misma como mi propia rata de laboratorio y desde esta posición relato lo que creo me ha servido y lo que no. A pesar de que es muy difícil, así evito criticar a los demás y, también muy importante, decirles en tono de ser iluminado lo que deben hacer para cambiar sus vidas oscuras y miserables.

Esto no es un consejo, es lo que yo hago

Las preguntas que me hago en este momento de mi vida son dos: ¿cuál es el beneficio? y ¿cuál es el miedo? Las encontré mientras hacía listas como las que mencioné más arriba. Observé cómo me comporto cuando me expongo a la poca publicidad que todavía no he podido eludir, qué pienso cuando elijo productos en el supermercado y cada cuánto cambio objetos de mi inventario. El denominador común que encontré fueron esas dos preguntas.

Si veo una oferta que me ofrece 4 quesos juntos en un empaque frente a 4 sueltos por el mismo precio ¿cuál es el beneficio?, ¿qué puedo llevarlos cómodamente a casa?, ¿que evito el molesto trabajo de agarrarlos uno por uno para meterlos en la bolsa de compras?, luego me pregunto ¿cuál es el miedo? La mente del que diseñó la “oferta”  espera que yo sienta miedo a no tener, miedo a la escasez, y anticipa que temerosa buscaré una forma de ahorrar, situación para la que ya se ha preparado con una oferta falsa de “empaque grande y amarrado” es más barato que “suelto y pequeño”, fácil de desmentir con sumas o multiplicaciones.

Soy capaz de hacer preguntas infinitas en una situación así. Si vender productos sueltos sale lo mismo que venderlos amarrados, ¿entonces los estoy pagando a un precio más alto del que debería?, ¿vale la pena gastar tantos recursos para producir un empaque extra para presentar la oferta?, ¿por qué no venden revistas en este supermercado?… y así, pero estas preguntas sólo me distraerían de los objetivos que pretendo cumplir con las preguntas iniciales: 1) establecer el valor del beneficio, mejor aún si es a largo plazo y beneficia a una comunidad grande, y 2) reconocer mi motivación real, que debe ser distinta de evitar una consecuencia negativa a corto plazo.

Cuando pregunto ¿cuál es el beneficio? intento eludir la respuesta automática de mi cerebro, inmerso durante años en un mundo de consumo, lista para justificar mi compra, pero además cuando pregunto ¿cuál es el miedo? traigo a la conversación a un sabio muy ignorado, al menos por mí: el corazón.  El miedo, el terror, el susto o como quieran llamarlo, porque no pretendo imponer terminología sino mostrar la estructura que está detrás de mi comportamiento, es un indicador bastante fiable de mi motivación verdadera y la de los publicistas, que saben (sabemos) muy bien cómo usar los miedos ajenos para aumentar reacciones y ventas. “¿Has pensado en que todos usan el jabón con el que lavas tu zona íntima?” es una pregunta que apela al miedo a la enfermedad, a los gérmenes y previsiblemente es respondida con la orden de comprar un producto específico: “usa jabón calendulita, con extractos de caléndula natural, que cuidan tu zona íntima con delicadeza y candor”. Otro ejemplo, “¿has pensado en todas las manos que tocan la bolsa de agua que te llevas a la boca?, ¡qué asco!”, (de nuevo miedo a los gérmenes y, por ende, a la enfermedad), “pero no te preocupes, para eso inventamos la nueva presentación personal de agua diamante. Búscala en tu tienda más cercana.” El beneficio de esta última parece ser sólido, irrefutable pero, de veras ¿es así? A corto plazo mis hermosas manitas y mi preciosa boquita van a llegar al agua de forma higiénica pero a largo plazo, con miles de personas haciendo lo mismo estaremos acumulando toneladas de basura no reciclable. Además en un nivel micro el costo incidental de ese producto, más caro que su predecesor, hará que mis gastos sean un poco mayores lo que a su vez cargará sólo un poco más la cuota de mi tarjeta de crédito y sólo me esclavizará un poquito más, pero a quién le importa si somos unos sapitos muy felices nadando en agua cada vez más calentita.

El color del futuro

Emilio Carrillo, el economista, ex político y ahora conferencista que mencioné unos párrafos atrás, le dio tres consejos a una mujer que preguntaba cómo llevar un negocio en tiempos tan turbulentos. Por alguna razón que desconozco, su respuesta hizo una huella honda en mi memoria: evita endeudarte con los bancos, enfócate en los mercados locales y haz una planeación a largo plazo. Los tres consejos iban en oposición clara a lo que se ve en las grandes corporaciones que ganan plata pidiendo préstamos para apostar, imponen tendencias globales y trastean capitales de una geografía a otra, e idean objetivos para el trimestre siguiente, no para el lustro siguiente. Nunca mejor dicho eso de que hay que vivir aquí y ahora.

Después de todos los documentales y películas que he visto, de lo que he oído cuando he viajado, y de los artículos que he leído que hablan de cómo fuimos cómplices en el proceso que le dio forma a esta crisis económica, un término político y elegante para táctica-de-ricos-y-poderosos-para-multiplicar-ganancias-súbitamente, creo haber encontrado una historia breve para entender cómo afecta a una persona común. Es la siguiente:

Irina siempre ha soñado con tener una casa propia, pues cree que ser propietaria es mejor que pagar arriendo porque así asegura un techo y se quita de encima una preocupación para cuando esté vieja.

Un día Hugo, un amigo le ofrece un negocio fácil. Le venderá a cuotas una casa que tiene. La única garantía que necesita es el miedo de Irina a quedarse pobre y sola en la calle. Irina nunca ha tenido plata suficiente para pagar las cuotas de una deuda así, pero cree que conseguirá más y que Hugo siempre renegociará la deuda. Hugo, por su lado, ha estado yéndose de fiesta con la plata que le presta Irina y con la de las tarjetas de crédito. Un día el banco que le dio las tarjetas le dice que tiene que pagar todo, no sólo el pago mínimo, ahí se da cuenta de que no va a poder cubrir la deuda, por lo que decide acudir a su papá, dueño de una fábrica de cremalleras, para que lo saque del apuro. El papá, que hace todo para que su retoñito no sufra, le paga las deudas, pero para cubrir el gasto no planeado, recorta los sueldos de los empleados que no despide, entre los que está Irina. Hugo, por su parte, saca de la casa a Irina, vuelve a venderla a crédito y además compra un seguro que lo proteja en caso de que el nuevo “propietario” sea incapaz de pagar su deuda.

Ahora cambiamos Hugo por Bancos, el papá de Hugo por Gobierno, y a Irina por clase media precaria y ya tenemos la explicación de la crisis que, según explican los que más entienden de términos económicos enrevesados, es otro capítulo en la historia de decadencia que se gesta mientras peleo con Netflix porque no tiene la película que quiero ver y actualizo otra vez mi perfil de Facebook para ver si, por fin, tengo notificaciones nuevas.

En medio de todo me atrevo a ser optimista. El desastre económico, ambiental y social parece inminente pero puede ser detenido, para eso es necesario acumular una masa crítica de personas conscientes, una característica que no se alcanza sólo creyendo en una divinidad ni siendo más espirituales sino haciendo preguntas que lleven a cambiar razones, emociones y acciones. Preguntarme ¿cuál es el beneficio? y ¿cuál es el miedo? apela a mi razón para encontrar soluciones útiles a largo plazo y a mis emociones, que me muestran los motivos genuinos de mis acciones, lo que resume el modo en que tomo decisiones y en el que me resisto de forma pacífica a las tácticas de manipulación comercial, política y social, ejercidas por individuos que, como es fácil comprobar, actúan con inercia más que con premeditación.

Esto es un sueño, el piso de arriba también

En esa época, que ya parece tan lejana, en la que era común brincar de un canal a otro para ver que había en televisión, me encontré muchas veces con imágenes que me atraían pero que no me capturaban: un hombre con el pelo rubio platinado recibía un sobre de otro hombre canoso y con bigote. La película ya había empezado, por lo que siempre iba a otro canal para ver algo más.

The thirteenth floor o El piso 13, como la titularon en español, da la idea de una historia de horror, de casas embrujadas o de fantasmas, no de una que se ilustra la existencia de mundos paralelos pero de esto se trata.

En la práctica de los sueños lúcidos se aconseja hacer pruebas de realidad cotidianas y recordar que esto que comúnmente se llama “vida real” no es más que un sueño, más denso y coherente (?) que los que se tienen mientras se duerme, pero sueño al fin. The thirteen floor es una historia de cómo la mente humana puede crear ilusiones complejas, contundentes y que sólo a través del cuestionamiento serio y constante es posible desenmascarar.

Esta película fue estrenada en 1999, el mismo año en que salió la primera parte de The Matrix pero está muy lejos del ya clásico, en cuanto a efectos especiales, sin embargo eso es una ventaja. La historia, que me sorprendió hasta el final y que resuelve bien los planteamientos de la primera mitad, se cuenta suavemente sin la distracción de peleas ni persecuciones espectaculares porque, a mi entender, es algo entre drama y suspenso, lo que le da espacio para plantear cuestiones morales como lo que vivo en la realidad virtual, ¿afecta a mi realidad real?; lo que vivo en sueños ¿sigue su propio curso cuando estoy despierto?; si este mundo es una ilusión y no puedo controlar nada, ¿de qué sirve preocuparme por lo que pasará más adelante? y la popular ¿qué pasa si muero en otra realidad?

No voy a dar respuestas ni a contar detalles de esta película que durante años intenté ver, que luego olvidé y que ahora es una de mis favoritas. Me basta con decir que verla me ayudó a recordar una máxima que se lee en El Kybalión: Todo es mente.

Adicción a ganar

Pachita ganaba plata porque sanaba, no sanaba para ganar plata, esa es la idea que leí de nuevo en el libro Psicomagia de Alejandro Jodorowsky y que me hace reflexionar de nuevo.

Esta vez no voy a defenderlo con toda la fuerza que hay en mis huesos. Leerlo después transitar durante varios años la dimensión onírica ha hecho que lo disfrute más pero también que lo critique más. Ya no paso por alto sus contradicciones, como cuando dice que las sustancias alucinógenas deben consumirse fuera de rituales chamánicos pero luego se escandaliza porque a los hongos se los comen con la pizza en Ámsterdam. Hoy lo que me causa comezón es otro asunto, la bendita abundancia.

Lo sé, parezco monotemática, quizás lo soy y no quiero aceptarlo. Veo señales y más señales de lo que se supone debo eludir pero sin encontrar muy bien aquellas de lo que debo abrazar, sin embargo sigo. La quietud me parece síntoma de muerte en vida.

Si no triunfas no existes

Recuerdo que el escritor argentino Martín Caparrós habló, en una entrevista que escuché hace años, de lo molesto que lo tenía la cultura del éxito. Se hace algo sólo para perseguir el éxito y si no se logra sólo queda una alternativa obvia: el fracaso. Él proponía movernos hacia la cultura del esfuerzo, a la idea de intentar algo por el esfuerzo, porque cuando intentas algo te transformas, más allá de si logras o no tu objetivo y la verdad es que esa propuesta resonó conmigo.

Desde niña he vivido bajo la premisa de que lo que haga debe ser rentable, de que si me dedico a algo debe darme lo suficiente para vivir y sé que no soy la excepción, como una tía mía que de niña aprendió a hacer “faldas” para sus muñecas. Agarraba pedazos de tela, los cerraba con costuras simples y ya estaban listas las prendas para Martica, Josefina y Antonina. Después de ese descubrimiento imaginó que se haría rica vendiendo faldas, pero al tiempo que no podía explicarse porque su madre no era millonaria si hacer plata era tan sencillo. Muchos años después otra niña, de otra generación caería en la misma tentación, creyendo que con sólo apuntar sus sueños de cada noche tendría listo el guión para rodar una película taquillera. Ese era su plan para hacerse rica de grande. Sin importar la idea o la fantasía que tuvimos en la infancia, todos los que crecimos en el mundo regido por el afán de ganancia económica hemos jugado con la creencia de que el dinero es igual a felicidad o, por lo menos, a la mitad de la felicidad.

Hace unas semanas hablaba de nuevo con una amiga que se autodenomina budista. Me decía que ha reevaluado el concepto de felicidad, que lo ha cambiado por el de gozo porque al final del día lo que cuenta es si fuiste capaz o no de gozar con lo que tienes a mano. Al margen de que a pasarla bien le llames felicidad o gozo, concluimos, otra vez, como todas aquellas en las que nos sentamos a arreglar el mundo, que hemos comprado, sin cuestionarlo mucho, un modelo de éxito que está demasiado ligado a la riqueza material. Para ilustrar el modo de vida al que aspiramos ahora, le hablé de un profesor de origami al que conozco, que a punta de plegar papel compró su casa, encontró el amor y vive tan gozosa y satisfactoriamente como puede. Su vida, claro está, no le interesa a los periódicos ni a los noticieros del mediodía, porque si el gozo no va acompañado de fortunas enormes no es noticia.

Y si no estamos en este mundo para hacernos ricos hasta límites casi inimaginables, entonces ¿qué hacemos? Para servir, eso creo. ¿A quién o cómo? No lo sé. Sigo buscando respuestas, pero por ahora me concentro en cambiar la mentalidad.

Vamos a hacer lo que más se venda

Me aterra y me asombra a partes iguales lo metida que tengo en la cabeza la idea de que debo hacer algo para ganar plata, que ese es el fin último y más respetable. Cuando tuve que elegir una carrera el que fuera capaz de encontrar un trabajo bien pagado basada en X profesión era una cuestión fundamental. En esa época a quien se le ocurría decir en público que quería estudiar Filosofía y letras o Educación Física se le miraba, sin falta, con la misma expresión que se suele dedicar a quien anuncia que tiene una enfermedad terminal. Intenté eludir esa presión pero no pude. Quería estudiar Literatura pero el sólo pensar en lo que diría mi mamá si pasaba el examen de una universidad pública hizo que nunca lo intentara en serio, pero al final ganó el corazón.

Hace un rato pensaba en que sin importar lo que haga vuelvo acá, a esto, a las letras. A veces dibujo, a veces recorto, a veces cocino, a veces me unto las manos de tierra y así según me dejo llevar por mis caprichos creativos, pero en todas las ocasiones vuelvo a esta actividad como medio de reflexión y de comprensión, para darle orden a un mundo deliciosamente caótico. Pero mis merodeos nunca son inocentes, o al menos no dejan de lado el tema de la ganancia económica.

Sin importar si estoy dibujando mandalas, jugando con cuentas de plástico o haciendo una lectura de tarot ellas, las tentaciones de la avaricia, siempre vienen a visitarme. Surgen turgentes, lubricadas y brillantes y hablan con preguntas como ¿podrías cobrar por esto?, ¿cuánto?, ¿a quién?, ¿hasta cuándo? El gozo intrínseco que proviene de la actividad en sí se ve turbado por el interés financiero, y no se trata de que esté mal pensar en de dónde saldrá la plata para pagar mis gastos, lo que nubla mis pensamientos es que ese interés se interpone, enturbia la alegría, la hace pasar a un segundo plano, uno en el que el disfrute, en el que la práctica de un don o de una virtud se transforma en una herramienta más para recibir monedas y billetes, capacidad que vista así no se diferencia mucho de un martillo o de una escopeta.

Cuando todo se reduce a cuánto puedo cobrar por esto o por lo otro no importa si estás pensando en abrir una tienda de postres o si estás considerando unirte a la mafia rusa, pero ¿qué pasa cuando tienes obligaciones duras como mantener una familia o pagar ese posgrado de un tema que te encanta y que apenas llevas por la mitad?, ¿largas todo y te dedicas a ser un hippie maloliente? No es tan sencillo, nunca lo es.

En este momento hablo con la tranquilidad que me da saber que tengo cómo cubrir mis gastos durante las próximas semanas, por eso también es vital para mí escribir este texto ahora y no dentro de quince días, pues para entonces es muy probable que ya piense distinto, que sienta distinto. En este punto tengo frescas las conclusiones a las que he llegado después de analizar mi historia como redactora de agencia de publicidad, más exactamente para la cuenta de un banco.

Decir, listo, adiós, me voy, es fácil cuando tienes medios para mantenerte pero cuando no el tema se complica por eso quiero ir más allá.

¿Lo dejo o sigo?

Ver la Divinidad en una situación es fácil cuando, por ejemplo, trabajas como profesora en un jardín de infantes. Así sea un trabajo agotador, puedes decirte que estás preparando a las generaciones que mejorarán el mundo, lo mismo pasa cuando cultivas alimentos orgánicos o cuando buscas la cura para una enfermedad huérfana e incurable pero siempre, sin excepción, es posible encontrar manchas en tu labor intachable. ¿Qué pasa si un día descubres que ese colegio que te paga por educar a los niños rechaza a los hijos de padres separados porque no son suficientemente “buenos”? o ¿qué tal si te enteras de que esos tomates y esas lechugas tan chulas que produces son especies invasivas en el ecosistema donde las cultivas? o ¿cómo procedes cuando te das cuenta de que todo el esfuerzo que has hecho para aislar la cepa de la enfermedad servirá para que un laboratorio enorme gane muchas fortunas cobrando el medicamento resultante a un precio inalcanzable para la mayoría? ¿Qué haces entonces?, ¿te vas a trabajar como cajero a un banco o como redactor a una agencia de publicidad?

En su momento tuve que encarar este dilema, pero para mí fue fácil resolverlo. Aunque no tenía hijos ni deudas grandes y me sabía mal lo que me pedía mi jefe, seguí adelante cuando tuve que escribir textos para ayudarle a un banco a aumentar sus ya abultadas ganancias. Tampoco me gustó cuando, en otro trabajo, me pidieron que persuadiera a los empleados de una transportadora de valores, a través de un comunicado interno, para que desistieran de unirse al sindicato, esto en una época en la que eran presionados, más que de costumbre, para que los dueños de la empresa pudieran recibir más ganancias. En ambos casos me quedé un poco más y me quedé por lo que muchos nos quedamos, por plata. En un tercer escenario me habían contratado para analizar la burocracia de instituciones sanitarias que autorizan y entregan medicamentos, pero en un punto no pude más. Sentí que la información que estaba recopilando sería usada para modificar leyes que beneficiarían más a la industria farmacéutica. Y ahora me pregunto: si hubiese seguido haciendo esos trabajos ¿habría sido capaz de ver a la Divinidad en esos escenarios? Lo dudo. Creo que sólo soy capaz de vislumbrarla con menos bruma ahora que he ganado un poco de la perspectiva que da el tiempo.

En el caso del banco, cuando tenía que crear, junto al creativo gráfico, piezas para la comunicación interna y para los clientes, podía consolarme diciendo que el banco seguramente daba créditos a pequeños empresarios para que pusieran en marcha sus negocios y que los descuentos que daba el comercio, por pagos con tarjeta de crédito, le servirían a alguien para comprar un regalo con el que expresaría su aprecio a un ser querido. En el segundo pensé que quizás uno de los dueños de la transportadora de valores era el mecenas de algún artista genial que le estaba dejando un legado cultural enorme a la humanidad  y ya en el caso del laboratorio farmacéutico me quedé sin argumentos, por lo que empecé a pensar, apoyada en una historia que leí en The purpose of your life de Carol Adrienne, que a veces lo que debes hacer es trabajar para que la gente despierte, renuncie y busque un trabajo o una forma de vida más acorde con sus principios y valores.

Me gustaría decir que en todos los casos fui yo la que se fue convencida de que hacía lo mejor, pero lo cierto es que del trabajo de redactora me despidieron, porque ya no era necesaria ahí y porque, en términos cósmicos, era momento para vivir otras experiencias. Quizás si de mí hubiese dependido terminar ese ciclo todavía estaría ahí manipulando empleados ingenuos con miedos y letras.

Revolución Divina

No propongo que armes un escándalo en tu lugar de trabajo ni que mandes al diablo el extracto de tu tarjeta de crédito porque al fin y al cabo, ¿quién carajos soy yo para decirte qué hacer? Lo que planteo es la posibilidad de aprender a ver la Divinidad en las situaciones que vives, sobre todo cuando son difíciles. Si, por ejemplo, eres el encargado de evaluar requisitos para pagar pólizas de seguros, puedes ver tu labor como el filtro necesario para que la reciba quien corre el riesgo de quedarse sin casa, en lugar de que vaya a quien la derrochará comprando zapatos y relojes. Te garantizo que muchas veces sentirás que estás frente a un desafío, como cuando a un abogado le dan un número límite para las jubilaciones que puede aprobar trimestralmente o cuando al administrador de una farmacia le dicen que sólo puede entregar x cantidad de medicamentos por mes, sin importar cuántos pacientes aparezcan ni la gravedad de sus padecimientos. Lo que puedo decir, desde mi experiencia única y subjetiva, es que cuando estés listo la vida te pondrá en otro lugar, entretanto lo que te queda es despertar, poco a poco, ganar consciencia de que el mundo está roto pero que se puede arreglar, ganar consciencia de que cada paso que das en esa dirección te acerca a circunstancias que te ayudarán a crecer.

Pensar de este modo, aprendiendo a identificar todos esos momentos en los que pienso cosas como “voy a aprender programación de computadores porque es un oficio muy bien pagado”, “a Jairo le va bien porque gana mucha plata en la empresa que montó” aunque no sé si está sano o si es feliz en su matrimonio, me ayudan a darme cuenta de que si hago las cosas con la motivación equivocada lo que voy a conseguir son resultados ídem. Sin embargo monitorear constantemente mis motivaciones no es lo único que hago.

Resistirme a la avalancha de mensajes que quieren mantenerme asustada, hambrienta e insatisfecha para que consuma lo que necesito y lo que no es más simple si me junto con personas que piensan de un modo similar. Los grupos de soñadores con los que me reúno, física y virtualmente, las tardes de té y cartas y las comidas con amigos me sirven muchísimo para ver otras realidades, para recordar que no soy un quijote solo por el mundo intentarlo cambiarlo. Muchísimos estamos subidos en esta ola de pensamientos y de acciones pero a menudo nos aislamos, por lo que creemos que somos pocos y que le estamos apostando a una utopía. e animé a escribir un artículo largo, denso pero necesario para contactar con más personas interesadas en vivir de otro modo, y si no para al menos recordarles que no están solas y que lo que hacen a diario, así parezca chiquito, cuenta. Esta es una de las aplicaciones positivas de las redes sociales y de los medios de comunicación instantáneos, para esto también sirve Internet aunque lo olvidemos tan a menudo.

Yo no sé dónde voy a aterrizar ni cómo pero cada día me preocupo menos por eso. Practico aquello de no suponer nada y de agradecer todo, problemas incluidos, para fortalecer mi intuición, así además le resto energía a la adicción a ganar, esa que se disfraza de motivos razonables y que me lleva a tomar decisiones basada en el miedo a la escasez y en la avaricia. Siguiendo la brújula de mi corazón a diario elijo hacer lo que me gusta en lugar de lo que me dicta el miedo, con esta guía pongo al servicio de otros mis talentos, al tiempo que siento un gozo que no se puede traducir en plata pero que, paradójicamente, me provee con todo lo que necesito.

Vuelven los experimentos oníricos

El año pasado organicé, con personas que viven en distintos lugares, varios experimentos en torno a los sueños. Usamos símbolos visuales, música e intentamos cumplir misiones públicas y secretas buscando establecer una conexión atemporal e independiente del espacio físico. Los resultados nos animaron a seguir adelante, por eso hace unos días publiqué una convocatoria para seguir con este proceso. Algunas personas han dicho que están interesadas en participar en esta etapa nueva, pero aunque no hay requisitos sí es conveniente hacer una preparación sencilla para sacarle el provecho máximo a los ejercicios que estoy por proponer. Lo primero es el registro de sueños. El efecto de las instrucciones que pongo más abajo sólo podrá ser comprobado si se establece una línea de base, es decir un punto de partida con el cual se pueden hacer comparaciones, no entre soñadores sino dentro del marco de la actividad onírica personal. Me explico mejor para los principiantes. Si carezco de un registro de mis sueños será muy difícil establecer si el exponerme a un estímulo o situación específica afecta o no mi actividad onírica. Por el contrario, si tengo relatos detallados de mis viajes nocturnos, al implementar algún cambio en mi rutina de descanso podré señalar su efecto, en caso de producirse, de ahí la importancia de llevar un nocturnario o diario de sueños, como expliqué en el artículo al que lleva el enlace. En los experimentos oníricos a veces se completa una fase en la que los participantes se familiarizan con la dinámica y se preparan para las etapas posteriores. Este caso completaremos la preparación con unos símbolos conocidos por algunos de nosotros. Hace casi seis meses mi amigo Gustavo Fernández propuso meditar frente a imágenes presentes en Chavín de Huántar, Perú. Quienes quieran saber más de su propuesta pueden leer este artículo y el otro que se menciona ahí. En el primer enlace encuentran tres imágenes. La idea, como se explica allí, es imprimirlas, colorearlas y meditar frente a ellas durante 10, 20 minutos al día. Si alguien se acerca por primera vez a la meditación le diré en líneas MUY generales que se trata de observar la imagen dejando que los pensamientos que surjan vayan y vengan. Si quiere profundizar en el tema y probar con otras técnicas de meditación puede consultar a autores como Osho o a los pertenecientes a la Sociedad Teosófica. Este no es el lugar para describir en detalle esta práctica, pues si lo hiciera perdería el hilo y el objetivo que nos trae. Recapitulando la idea es leer este artículo, descargar una de las imágenes que hay allí, imprimirla, colorearla, meditar frente a ella a diario durante una semana (hasta el 18 de enero de 2017) y al tiempo registrar los sueños que se tengan. Si mientras hace esto alguien nota algún cambio significativo en sus sueños puede enviarme un mensaje con la experiencia a elsuenosignificado@gmail.com Aclaro que NO haré interpretaciones de sueños. Usaré la información recibida para sacar conclusiones en torno al ejercicio, para ver si los símbolos influyen o no en la actividad onírica y cómo. Una vez terminada la fase de preparación pasaremos al experimento en sí, eso será la semana próxima. Si alguien tiene alguna pregunta puede enviarla a mi correo.

Fin de la fase de preparación y comienzo de la fase definitiva

Calculo que a esta altura todos hemos completado la fase de preparación de este experimento, por eso paso a dar las instrucciones siguientes.

La imagen que usaremos será la misma, la elegida con antelación por cada quien y coloreada para este fin. El cambio estará en el horario.

Cada uno eligió un momento para la meditación frente a una de las imágenes de Chavín de Huántar, así que la idea es seguir con el ejercicio pero en otro momento del día. Yo, por ejemplo, completé la fase de preparación en el rato previo al comienzo de mi descanso, así que ahora estoy observando la imagen que coloreé horas antes de dormir, en las tardes.

Esta fase nueva del experimento debe durar mínimo 7 días. Si alguien quiere extenderla o incluso meditar cada día durante más tiempo del que lo hizo antes, en la fase de preparación, es libre de hacerlo. Le pido por favor, si me envía algún relato de su experiencia, que aclare en él cuánto tiempo meditó en promedio en cada etapa, preparación y experimento en sí, y en qué horario. Éstos relatos o comentarios deben enviármelos a más tardar el 31 de enero, en caso de que quieran que los incluya en las conclusiones.

Algunas personas ya me han enviado información acerca de los efectos que ha tenido en su actividad onírica y de descanso la fase de preparación, así que animo a los demás a hacer lo mismo. Como comenté antes al final del experimento redactaré un documento resumiendo los hallazgos.

Recuerden seguir registrando tantos recuerdos oníricos como les sea posible. Son MUY importantes para saber si la observación de las imágenes elegidas tiene algún efecto en los sueños.

De nuevo, si alguien tiene preguntas quedo atenta a ellas para responderlas.

Diario de la abundancia – Once

De unas semanas para acá he estado envuelta en hechos de abundancia que me han alegrado la vida y, aunque no los busqué con mucha consciencia, empiezo a entender cómo llegaron a mi camino.

Hace meses empecé a escribir esta serie de artículos al tiempo que me familiarizaba con el mundo de la canalización espiritual, así, entre la abundancia y la capacidad de acceder a realidades paralelas a esta, comprobé otra vez que la magia no es sólo juntar ingredientes y herramientas para seguir al pie de la letra un ritual. Más importante que toda la parafernalia mágica es la sintonía, que corazón y mente estén en pos de un mismo objetivo que luego se materializará a través de la acción. No sirve de nada tener velas de primera y yerbas orgánicas para diseñar tu ritual, si tu intención no es clara o te falta fe todo se irá al traste.

Rechazo inconsciente de la abundancia

No sé bien qué acababa de ver o de escuchar. Sé sí que estaba en la habitación de invitados de mi casa. Estaba sentada sobre la cama con la mirada en algún punto entre el techo y el clóset, cuando de repente la claridad me abrazó. Crecí en Bogotá en la década de los 80s, en el centro de la ciudad para ser más exacta y esta experiencia me enseñó de un modo doloroso que si llevas puestas joyas de oro puedes convertirte en objetivo de los ladrones y yo, siendo niña pequeña, no fui la excepción.

Recuerdo que iba de la mano de uno de mis abuelos cuando un hombre me arrancó desde atrás y con movimientos veloces, las candongas / aros de oro que llevaba puestas. No grité, no lloré y me aguanté el ardor que sentí en las orejas después del hecho. Cuando llegué a casa mis familiares se dieron cuenta de la pérdida pero hizo más eco el estoicismo con el que atravesé ese hecho que la falta material. En años siguientes me regalaron más joyas similares, porque era la tendencia entre mi generación y mi grupo social, pero indefectiblemente perdía alguna hasta que el par quedaba cojo. Lentamente y sin mucha consciencia, pasé a usar joyas de plata, pues sentía que así me adornaba sin llamar la atención de los ladrones. Cuando cumplí 15 años mi papá me regaló un anillo de oro bastante discreto, además de un reloj con marco dorado, también sobrio, pero ni esas joyas, ni la pulsera de oro que alguna vez encontrara en la calle mi abuelo paterno, y que heredé tras su muerte, pasaron a hacer parte de mi ajuar consuetudinario. Me refugié una y otra vez en la diosa Luna, en la plata femenina y segura.

Durante años no fui consciente de lo que hacía hasta esa noche en el cuarto de huéspedes. Creo que antes había estado viendo un video que me mostró Beatriz, una amiga, acerca de un curso de abundancia. Supongo que reflexionaba acerca del simbolismo de los billetes colombianos y del modo en que debes entregarlos para desearle abundancia y prosperidad a quien los recibe, esto como parte de un ciclo mayor en el que la energía circula siempre buscando el Bien Universal. No sé cuál fue el disparador, pero sea cual en ese momento fuere tuve la certeza de que mi rechazo hacia las joyas de oro me estaba afectando de un modo negativo.

Abundancia es equilibrio

La plata se relaciona con la Luna, la maternidad, la pasividad, la oscuridad, lo húmedo, etc. y como complemente el oro se asocia con el Sol, la paternidad, lo activo, lo luminoso y lo seco, entre otros aspectos. En ese punto supe, como si la verdad me viniera de afuera, que al evitar usar joyas de oro rechazaba a mi padre que, no casualmente, me regaló unos aretes de ese material y el anillo que me rehusaba a ponerme. Ya había hablado del anillo con un amigo joyero, mayor que yo y también habitante de esta ciudad desde hace décadas. Me había dicho que no debía temer usarlo porque era bastante discreto, sin embargo, como siempre que no quieres o no estás lista para elevar tu consciencia, archivé su opinión en un rincón de mi mente y seguí haciendo lo que se me daba la gana, hasta esa noche.

A la siguiente oportunidad usé los aretes, el anillo y otro anillo más que encontré hace unos meses, bañado en oro, y que se ajustó con perfección a uno de mis dedos. Algo en mí empezó a cambiar, aunque más adecuado sería decir que algo en mí siguió cambiando. El hecho solo de usar joyas de oro me hizo sentir que merezco que me pasen muchas cosas positivas, más de las que me pasan ya y que agradezco a diario. Enfatizó la seguridad en mí misma que existe en mí, me dio autonomía y fortaleza para hablar con los demás y me sirvió para ser más consciente. Entendí que al usar inconscientemente sólo joyas de plata amputo una parte de mí, honro sólo la parte femenina de mi árbol genealógico y me sintonizo con las historias de madres solteras, abandonadas y lastimadas de las que está lleno el mundo. Quiero algo más, otras vivencias, otros sentires y por eso no es funcional para mí pasarme los días despotricando de los hombres y convirtiéndome en una feminista peluda y lesbiana, así sea de modo simbólico. Entiendo que en mí existe el principio femenino y el principio masculino. Decidir usar, con consciencia, las joyas de oro que llegaron a mí a través de mis figuras paternas se transformó en un acto psicomágico constante que me abrió todavía más las puertas de la abundancia. En los días que siguieron vinieron ventas esporádicas de los juguetes oníricos y herbales que hago, encargos de plantas de lavanda francesa y peticiones para hacer lecturas de cartas.

Y cuando ya no esperaba nada más otro hecho divertido ocurrió. Un pago de trabajo que suelo recibir dos meses después de enviar la factura, esta vez llegó en la mitad del tiempo, una sorpresa que me alegró todavía más las Fiestas Saturnales de este año.

La magia de los billetes

En el video que me pasó Beatriz también se sugiere una forma especial en la que deben guardarse los billetes en la billetera, doblados de mayor a menor, el mayor envolviendo a los demás. He de decir que practiqué durante un par de semanas este consejo pero algo no acababa de acomodarse en mí, quizás sea porque tengo una billetera grande y cómoda y ver los billetes arrinconados y doblados me transmitía una sensación de angustia leve. En general soy de guardarlos abiertos, viéndose primero el de menor denominación y ordenados de menor a mayor. Intenté cambiar el orden, de mayor a menor pero de inmediato me embargó una sensación de desamparo. Sentí que tener el billete más grande encima de los demás me quitaba respaldo, como si mi casa perdiera una de sus paredes. Volví a organizarlos del modo en que acostumbro, sin dobleces y con las caras de los personajes históricos mirándome y sentí que la armonía regresaba.

De un tiempo para acá observo los billetes y los doy por el lado que siento más próspero. El asunto se ha convertido en un juego sano, en especial con los billetes nuevos que están entrando en circulación, un juego que me recuerda lo que ya dije en otro artículo, que la plata no es más que un símbolo de algo más grande, de la energía que va y viene y que si deja de llegar es porque a nivel inconsciente se ha creado un bloqueo que impide su entrada. Yo me alegro de haber encontrado y liberado uno de los míos, ahora la tarea sigue, para hacer que la abundancia siga circulando y para buscar los obstáculos que todavía no he reconocido, pero que me impiden llegar a ser el ser pleno que me propongo alcanzar.

Santa Compaña, Ánimas del Purgatorio y la Cruz en la baraja Lenormand

Desde hace un tiempo siento que canalizo mensajes del Otro Lado, y aunque
este hecho me daba mucho miedo he aprendido a aceptarlos y a limpiar el canal
de comunicación para evitar ser usada por presencias oportunistas. A pesar de
mis precauciones, que no son sino otra expresión de miedo humano, a veces
recibo revelaciones tan contundentes, que así no haya completado el ritual
previo para comunicarme con ángeles, devas, elementales o como quieras
llamarlos, no puedo dejar pasar. Uno de esos mensajes es el tema de esta
columna.

A principios del mes pasado se me ocurrió celebrar Halloween, pero pronto
cambié de parecer. Teniendo en cuenta que me siento más cercana al mito
español de la Santa Compaña y a que me guste o no tengo ascendencia en esas
latitudes, me pareció mejor dedicarle esa fecha a algunos de mis ancestros,
esos que he aprendido a reconocer a través de mi árbol familiar y que ahora
sé influyen en mí así no los haya conocido. Con este objetivo en mente empecé
a recoger relatos de la Santa Compaña, Halloween y otras leyendas.

Encontré historias más o menos conocidas relacionadas con el papel de Odín en
el panteón vikingo, encargado de recoger a los muertos en las batallas y de
reconocer a los mejores guerreros, sumándolos a su ejército personal, algo
similar a lo que pasa con Gotan y su furia nórdica, pero más allá de estos
relatos tan bellos como sangrientos, aunque también lejanos, aparecieron
figuras más cercanas y casi palpables: las Ánimas del Purgatorio.

Algunos las llamas las benditas o las Santas Ánimas del Purgatorio
refiriéndose en ambos casos a almas de muertos que no pudieron entrar
directamente al cielo ni al infierno. La tradición católica, dentro de la
cual fui criada, les otorga el poder de hacer milagros, sin importar cuán
difíciles sean, aunque, según me explicó mi abuela paterna, conceden todo
menos plata, dinero en metálico.

Mi primer contacto con esta figura viene por el lado materno. La anécdota que
recuerdo es así: Mi abuela Fabiola, la materna, era adolescente y un amigo le
pregunta si quiere aprender a manejar. Ella, que creció en una época en la
que eso no era muy común, una mujer manejando, acepta entusiasmada, el único
problema es que el carro con el que debe hacer sus primeras lecciones es un
camión. En un descuido, y por falta de cálculo, atropella a un hombre que
pierde el conocimiento y tiene que ser llevado a un hospital para que lo
atiendan. Fabiola, preocupadísima por el desenlace de la situación, se
encomienda a las Santas Ánimas del Purgatorio. Les reza pidiéndoles que por
favor hagan que el hombre se recupere por completo. Como en la mayoría de los
casos, o en todos los que he escuchado a la fecha, el pedido es concedido,
hecho que renueva la fe que mi abuela Fabiola tiene en las Santas ánimas del
Purgatorio.

Cuenta mi mamá que con el tiempo mi abuela siguió rezándoles, no siempre para
pedirles algo -ni siquiera sé si pidió alguna vez que la curaran del cáncer
que la llevó a la tumba- todo lo que sé es que ella seguía rezándoles y que
cuando dejaba de hacerlo oía golpecitos en la pared o en la cama, que
aprendió a asociar con recordatorios de las almas pidiendo sus rezos. Con
firmeza se dirigió a ellas diciéndoles que con mucho gusto les rezaría pero
que si lo olvidaba no se atrevieran a molestarla. ¿Lo cumplieron? No lo sé,
pero he oído más historias en que olvidos similares han causado, a juicio de
sus protagonistas, estruendos fuertes e inexplicables que de inmediato
asocian con el incumplimiento de una promesa a las Santas Ánimas del
Purgatorio. Sin embargo no siempre son tan escurridizas.

Hablando de este tema, un amigo que poco bromea con asuntos espirituales, me
contó que practica la costumbre de dejar monedas detrás de la puerta de
entrada a algún lugar como pago anticipatorio del favor que recibirá de las
Ánimas del Purgatorio. Afirmó que en una ocasión su protección fue tan
contundente y material que, tras haber dejado las monedas en la puerta de su
negocio, uno de sus clientes le dijo que había visto a uno de sus empleados
de pie y con los brazos cruzados al frente de la puerta, avistamiento que
ocurrió durante el día y cuando el local estaba completamente vacío. Este
amigo me explicó que el pago a las ánimas se completa al regreso, juntando
las monedas y poniendo el excendente necesario para pagar una misa en nombre
de estos seres en pena.

Cuando le conté a mi abuela Ana María, la paterna, esta historia me contó que
ella también había tenido un encuentro bastante palpable con las Ánimas del
Purgatorio. Una noche en la que dormía sola vio formarse un portal luminoso
en una de las paredes de su habitación, de él emergieron varias sombras que
rodearon su cama. Una se acercó más y le ofreció la mano que ella aceptó sin
temor. Al tacto era como la de un agricultor muy experimentado, áspera y
cubierta por callos. La figura hizo el gesto de querer decirle un secreto
pero sólo en ese momento mi abuela sintió miedo por lo que les dijo “si me
asustan no les rezo más”, así se quedó sin saber de qué se trataba la visita.
El único mensaje que recuerda es la petición grupal de rezar mucho, mucho.
Tras su protesta las ánimas salieron por donde entraron sin molestarla más.
Otra escena que recuerda, relacionada con las almas en pena, es una en la que
después de pedirles un ramo de fresias que no había tenido tiempo de comprar,
las encontró en la cocina de forma inexplicable, pues ninguno de los
familiares con los que vivía en ese momento le dio razón de la aparición de
las flores, tan bien escogidas y tan bien cortadas.

Y los testimonios de mi amigo y de mis abuelas son sólo unos pocos. En el
programa de radio Luna Blu de octubre de 2015, dedicado a este y otros temas
de misterio, los oyentes contaron varias historias más en las que la
invocación de las Ánimas del Purgatorio sirvió como escudo de protección en
momentos de peligro. Invocarlas no sólo impidió la ocurrencia de hechos
desagradables sino que los gamberros llegaron a ver acompañada a su víctima
potencial.

Santa compaña y la cruz de las cartas Lenormand

Ahora dejo de lado los avistamientos no tan etéreos relacionados con las
ánimas del purgatorio para centrarme en aquello que descubrí reflexionando y
canalizando.

La Santa Compaña, la Compaña o la Huestía, como también se le llama en España
a un fenómeno similar pero que suele verse en escenarios rurales, tiene un
aspecto característico: muchas veces va encabezada por un vivo. Las versiones
que se cuentan de la historia a partir de este detalle varían mucho.

Algunos dicen que esa persona a la que se ve viva morirá muy pronto, otros
afirman que lo hará en un año y que mientras tanto se volverá pálida,
comenzará a enfermarse de un modo inexplicable y perderá peso hasta llegar a
la tumba. Se advierte tambien, al contar esta historia, que el vivo o
cualquier otro integrante de la procesión intentará entregar algo al testigo,
una luz, una cruz o un envoltorio, a lo que se debe responder diciendo “cruz
tengo” o simplemente mostrando que se tiene las manos ocupadas, así sea con
piedras o palos recogidos a la vera del camino, pero ¿cuál es el significado
real de este gesto?

C. G. Jung el famoso psiquiatra suizo aprendió a interpretar los sueños de
sus pacientes y los propios estudiando mitología a fondo. En esta disciplina
encontró las bases para entender los códigos y las dinámicas de las escenas
creadas por el inconsciente, lo que le permitía responder las preguntas de
sus consultantes y descifrar los mensajes que intentaban comunicar los viajes
nocturnos. Yo, de un modo similar, pero mucho más modesto, menos metódico y
más inconsciente (quizás por esto mismo descubrí lo que descubrí) concluí que
ese vivo que encabeza la procesión de la compaña o que invita a cargar un
ataúd, como se cuenta en algunas regiones de Colombia, es un símbolo del
“tonto útil” o “idiota útil” de muchas familias.

El vivo que conduce a los muertos es un arquetipo del personaje que se echa
encima la cruz, las cargas, las responsabilidades, los problemas de su clan y
que por lo mismo enferma físicamente, envejece prematuramente y muere, aunque
muchas veces al último, pues su resistencia física y psicológica, de la que
todos abusan porque él o ella lo permite, hace que los entierre a todos. Tal
vez este personaje sea el mismo que tiene pulsiones tanáticas, ese que se
despide de todos preparándose de buena gana para la muerte porque la ve como
un descanso pero que, muy a pesar suyo, se queda esperándola durante años y
más años.

En la baraja Lenormand, de origen cristiano, como lo explica Rana George en
su libro The Essential Lenormand, la cruz simboliza justamente eso, las
preocupaciones, los problemas, las cargas con las que debemos andar por la
vida, esas que algunos sueltan y delegan tan tranquilamente mientras que
otros las asumen con rigor por temor o creyendo que es un deber indelegable.

Dejar ir y dar la bienvenida

El pasado 31 de octubre recordando todo lo que había leído, oído y visto
acerca de la Santa Compaña y las Ánimas del Purgatorio me animé a improvisar
un acto psicomágico con la decena de personas que respondieron mi llamado.
Usando salvia seca, tizas de colores y velas nos metimos en círculos
protectores y de poder, hicimos una limpia, despedimos a nuestros ancestros y
recibimos a los que están por nacer. Fue un encuentro bonito y equilibrado en
el que participamos todos, en el que nos apoyamos mutuamente, por eso creo
que, como reflejo de lo que debemos hacer en la vida, nos sirvió para asumir
responsabilidades sin aprovecharnos de nadie, porque hace falta recordar que
cuando no hago mi parte esta debe ser completada por alguien más, porque
nuestra presencia en este plano, en este planeta o como quieran llamarle
nunca es gratuita.

El billete mágico

Quizás lo primero en lo que piensas al leer estas dos palabras es en un objeto similar a la lámpara mágica de Aladino, un billete que siempre que se usa vuelve, de forma inexplicable, a la billetera de su dueño, sin embargo cuando escribo “billete mágico” me refiero a un concepto distinto.

Dicen que viajar hiere de muerte los prejuicios, y justamente esa actividad, viajar, me ha ayudado a entender un dicho de una amiga: “los billetes no son más que papelitos”.

En épocas de traslados frecuentes, que incluyen cruzar fronteras una y otra vez, he observado cómo la atención que le presto a la plata cambia radicalmente. El saldo que tengo en el banco deja de ser un número autorreferencial y pasa a ser un concepto relativo en la medida en la que los bits se transforman en billetes. No se trata de que olvide las horas y el esfuerzo que tuve que dedicar para ganarlo, sino que el verlo representado en moneda de países distintos le resta importancia a esos pedazos de papel.

Los billetes y las monedas son la parte material de acuerdos inmateriales. Alquilas tu fuerza de trabajo, mental o física, para que un patrón te remunere. Ofreces un producto o un servicio que es adquirido o contratado por un cliente que paga por tener acceso a el. Sin importar cuál sea el acuerdo al que llegas con esa otra parte, das esperando recibir algo a cambio. La recompensa puede darse a través de un trueque, de un cheque, de un fajo de billetes o de una transferencia bancaria pero aunque unos son más palpables que otros, todos son símbolos de una recompensa. El valor del dinero es, por lo tanto simbólico, y una vez comprendes este concepto puedes pasar a jugar con el.

Un acto psicomágico

Como todas las personas que habitan este planeta he tenido épocas de sequía y épocas de humedad, es decir temporadas de vacas flacas y temporadas de vacas gordas. Con el tiempo he aprendido a ver estos momentos como lo que son: ritmos de un ciclo y no como sinónimos de tragedia y resurrección. Cuando la confianza me falta y necesito ayuda para salir del fondo al que me he permitido llegar practico actos simbólicos que llevan mi energía a niveles más positivos y elevados. Uno de esos actos es falsificar billetes.

Las copias que hago son infantiles comparadas con las que hacen los falsificadores profesionales, pero como mi objetivo no es burlar autoridades sino sintonizar mi consciencia con la vibración adecuada, la perfección es la última de mis preocupaciones.

Los primeros que hice no fueron más que tiras de papel, coloreadas de verde, con cantidades inverosímiles escritas en ellas. La elección del color no fue al azar. El dinero, como lo veo, es la sangre del mundo, un reflejo material del amor universal, íntimamente relacionado con el chakra anahata o del corazón. Al terminar los puse en una taza de cristal en la que tengo monedas de varios países y otras locales que están fuera de circulación. Este acto me sirvió, y me sigue sirviendo, para recordar que esos papelitos y esos pedacitos de metal son un medio, no un fin.

Billetes con más sofisticación

Esos billetes y lo que he aprendido acerca del mapa de los sueños me llevaron a crear uno de los ejercicios que hice con las asistentes a mi curso Vida llena, corazón contento. En ese espacio les pedí que diseñaran un billete mágico que representara el camino hacia la meta futura y la meta cumplida para, al terminar, llevarlo en la billetera.

Este objeto no sólo es útil para recordar aquello que se desea sino para reconectar con el concepto de dinero como clave de acceso a otras realidades. Al ver la plata sólo como una herramienta y no como un fin último se evita caer en la obsesión, se evita creer que es la causa de todos los males o que tenerlo equivale a ser feliz.

Diseñar un billete que incluye símbolos de los objetivos que quieres alcanzar con el (el yate que te llevará al Mar Mediterráneo y el Mar Mediterráneo, el amigo diplomático que te presentará a tu príncipe y tu príncipe, etc.) te recuerda permanentemente que tus esfuerzos están dirigidos a una meta que está más allá de las cifras y de los signos $, € o £ y que, por lo tanto no depende sólo de la organización de tus finanzas.

Tener una idea medianamente clara acerca de dónde saldrá la plata para pagar tal carro o tal viaje está bien, pero al abordar tu deseo sólo de ese modo corres el riesgo de soslayar e incluso de bloquear la llegada de favores o ayudas inesperadas. Cuando le pides al Cosmos, a la vida, al Universo, a Las Chicas Superpoderosas o a Bob Esponja (o a lo que sea en lo que creas) que conceda tu deseo siguiendo tu plan detallado actúas, sin saberlo, de un modo soberbio, porque muchas veces cuando te convences de que el plan A es mejor que el B, ignoras que el B puede llevarte de un modo más rápido y directo a tu meta y que además contribuye a un Bien Mayor. Este concepto aplicado a un ejemplo se vería más o menos así:

Supongamos que mi objetivo es viajar, así en infinitivo y sin mayores especificaciones. Por un lado podría matarme la cabeza sacando cuentas de todo lo que necesito ahorrar y cuánto tiempo me tomará alcanzar esa cifra, por otro podría ahorrar con tranquilidad, sabiendo que mi objetivo ya existe, al tiempo que mantengo orejas y ojos bien abiertos para detectar oportunidades que me lleven a otro lugar sin gastar un peso o por lo menos no todos mis ahorros. Si en mi camino se cruza un cartel que anuncia un concurso cuyo premio es un viaje a Praga puedo entrar en el para intentar ganarlo, del mismo modo si sé de unos amigos que están buscando voluntarios para ayudarles a cargar su equipo técnico en un viaje por carretera por Sudamérica puedo hablar con ellos para unirme a su travesía, lo que me sacará de la ciudad sin necesidad de que deje mi cuenta en cero.

La primera y la última imagen del día

Otra técnica que ayuda a activar las imágenes del billete mágico consiste en ponerlo en la mesa de luz/noche para que sea lo primero que veas al despertar y lo último antes de dormir. Decirlo es fácil y olvidarlo también. Yo he adquirido el hábito a fuerza de recordar sueños y de ser consciente del momento en el que despierto, no sólo para entregarle cada uno de mis días a la Divinidad sino también para enfocar mi atención en un pensamiento específico en lugar de una tontería al azar.

Escuchas muchas veces que la mente es poderosa pero pocas veces haces experimentos con la disciplina suficiente para comprobarlo. Yo me he dado cuenta de que el primer pensamiento del día y el último de la noche son muy poderosos. El primero marca el tono, el mood con el que se vive cada jornada y el segundo el contenido de los sueños. Y como no espero que creas todo lo que escribo te propongo este experimento.

Elige una canción o un tema musical que te guste, guárdalo en tu teléfono y en la mañana, antes de salir de la cama escúchala. Luego pon una alarma a mediodía para que te recuerde pensar en “música”, así, en general. Estoy casi segura de que la canción que recordarás será la misma que elegiste para empezar tu día y subo la apuesta, la alarma será innecesaria porque un fragmento de ella habrá sonado en tu cabeza varias veces antes de ese momento. Con las imágenes pasa lo mismo, entre más las observas más energía pones en ellas.

Mi última recomendación para trabajar con billetes mágicos o mapas de los sueños es que los mantengas en un lugar privado pues tus metas, como un feto en formación, son frágiles y están mejor en un lugar íntimo y protegido de influencias opositoras. Esta práctica te servirá para cultivar la certeza, el poder y la capacidad de manifestación de las que a veces dudamos por andar consultándolo todo con todo el mundo.

Si quieres saber más de mi curso Vida llena, corazón contento escríbeme a elsuenosignificado[at]gmail[punto]com.

Diario de la abundancia – Final

La cadena de sincronicidades me había dado la sensación de que era invencible, pero en el camino venían acontecimientos que me mostrarían para qué había recibido esa fuerza.

No sé cuándo comencé a apoyar la iniciativa de un familiar para hacer nuestro árbol genealógico. Mi deseo de conocer esa información surgió de la lectura de libros de Alejandro Jodorowsky y me lo revolvió la autobiografía de Jung. Comencé a acariciar esa iniciativa sospechando con la mente, pero no con el corazón, que en cualquier momento se iba a transformar en una bestia furiosa a la que tendría que enfrentar en el momento menos pensado, momento que llegó hace poco.

Por historias cercanas, que maquillaba con exceso para hacerlas menos espantosas, batallo con la idea de romper relaciones establecidas para comenzar romances nuevos. No importa si el matrimonio en el que se irrumpe está a punto de desbarrancarse o si el intruso se está metiendo entre dos personas que están predestinadas a estar juntas hasta que la rutina las separe. En mi modelo sesgado del mundo ser el otro o la otra todavía tiene mucho de aborrecible.

El bien y el mal son categorías morales que nos hacen la vida de a cuadritos y que nos llevan a hacernos preguntas como: si es cierto que Lewis Carroll era pedófilo, ¿deberíamos hacer hogueras en todo el mundo para quemar todos los libros que escribió? Si una especie en vías de extinción se alimenta de otra ídem ¿a cuál protegemos primero? Si un nazi fue un empleado estrella en una cámara de gas pero luego es un abuelito y vecino ejemplar ¿qué viene siendo?, ¿un criminal maldito o un desgraciado redimido? Las preguntas no son fáciles y las respuestas tampoco, por eso me costó tanto trabajo admitir que los amantes, los terceros en relaciones que se supone deben ser de dos, no son malos, son simplemente personas que eligen que eso es lo que quieren vivir. Decirlo en voz alta mientras me miraba al espejo no sólo me produjo una risa nerviosa sino que me lavó la mirada, tampoco hasta el punto de querer ser la amante de alguien para vivir la situación por dentro, pero sí me ayudó a entender algunas de mis reacciones y el modo en que ese prejuicio me había hecho víctima de motivaciones ajenas. El asunto fue tan sorpresivo y tan catalizador para mi círculo inmediato que respuestas que esperaba aparecieron sin que las buscara conscientemente. Un par de amigos se sorprendió al saber que una mujer con un aire de independencia y con tanto dominio de sí misma, como yo, se dejara llevar por prejuicios salidos del siglo antepasado, pero así fue.

Entre más hurgo, no sólo en mi inconsciente sino en el árbol familiar, más me doy cuenta de que lo que considero bueno y malo depende muchísimo de la mentalidad de mis padres, de mis abuelos, de mis bisabuelos y hasta de mis tatarabuelos, aunque ignore hasta sus nombres. Creía que porque están muertos y enterrados estaba a salvo de la influencia de sus vidas, cuando lo cierto es que sus experiencias formaron las de mis antepasados más recientes y por consecuencia las mías.

Este tipo de exploraciones no las hago con el dedo acusador listo para apuntar al exterior, las hago para, como dice el adagio popular, no repetir la historia que desconozco, para no hacer eso que no quiso hacer mi tía, mi abuela o mi hermana pero que de todos modos hizo a la edad que tengo ahora, eso que cambió para siempre el resto de su camino. No recomiendo a nadie hacer exploraciones de este tipo sino hasta sentirse preparado para las embestidas, porque los esqueletos que salen del clóset son todo menos elegantes y bien vestidos. Los duelos llegan puntuales para que despidas la visión del mundo que tenías hasta ese momento. Duele sí, pero es necesario, duele y no tiene marcha atrás porque una vez conoces la realidad, porque una vez escuchas el horror de las historias de los tuyos el horror se hace tuyo, pero lo hace para liberarte, para abrirte la puerta a las posibilidades infinitas, esas a las que no tenías acceso porque estabas amordazado con ignorancia y con silencio. La buena noticia, sin embargo, es que una vez abrazas a tus demonios y renuncias a ver el mundo a blanco y negro ocurren hechos que pensabas nunca verías con tus propios ojos.

Cuidado con el rayo láser

La capacidad de manifestar en el mundo físico lo que está en el plano de los deseos, usando como combustible la emoción intensa es tan poderosa como un rayo láser. Del hecho se hace mención en el Curso de autodefensa psíquica de Gustavo Fernández y en The purpose of your life de Carol Adrienne. Lo que pocos te dicen es que la emoción enfocada es una herramienta poderosísima que se activa en cualquier momento.

Ya estaba advertida yo. Ya había visto pruebas suficientes de que los cambios que estoy haciendo en mi vida son profundos y por lo tanto me decía “prepárate porque te vas a sorprender, porque cualquier cosa puede pasar”, pero una cosa es que te lo digas en tus conversaciones mentales y otra muy distinta verlas materializadas en la sala de tu casa un domingo en la tarde.

Un día de pensamientos desordenados se me ocurrió llamar a O. Muchas veces quisimos vernos de nuevo pero todo se oponía. Esa tarde con la mente calma le envié un mensaje sin esperar respuesta, pero respondió y en medio de una conversación larga terminamos haciendo una cita para el día siguiente. Yo tenía dudas pero seguí adelante, de veras me apetecía verle de nuevo después de tanto tiempo. Hicimos confesiones, nos miramos a los ojos, jugamos a ser espejos mutuos, casi literalmente, y nos prometimos no dejar pasar tanto tiempo hasta el próximo encuentro. Esa noche dormí regular y al día siguiente, para las 8 de la noche ya sabía qué tenía que hacer y lo hice. No consulté mi decisión con nadie porque entendí que si lo hacía ese alguien opinaría con base en sus deseos y en sus miedos, y yo ya tenía bastante de ambos como para agregar más a la fórmula. No sé cuáles serán las consecuencias futuras de mis actos pero el haberme hecho responsable de ellos me sirvió para encontrar la claridad que buscaba.

Soltar las costumbres viejas

Dejar de comportarte como siempre da miedo, un miedo putísimo, pero es necesario. Ese paso tienes que darlo en algún momento si quieres dejar vicios, sobre todo mentales, para vivir de un modo más feliz. El camino no es fácil, en parte porque lo primero que hace falta es aceptar tu responsabilidad en el estado de las cosas que te rodean. Para lograr un cambio verdadero necesitas dar varios pasos, uno detrás de otro, sobre todo después de caerte, seguir andando hasta que comienzas a vislumbrar el cambio deseado. No sirve de nada que sigas culpando a los demás y creando excusas para no actuar, para inspirar lástima, porque cuando lo haces el único lastimado eres tú.

No sé hasta dónde me va a llevar esta racha angelico-psicomágica o hasta cuándo me va a durar esta valentía de cambiar incluso cuando no sé qué opción es mejor que otra. De momento sólo sé que cuando decidimos aceptar la capacidad infinita que tenemos para enfocarnos y manifestar cualquier resultado la vida despierta se parece cada vez más a una película de ciencia ficción. ¿Matrix quizás? Por las dudas voy a volver a ver toda la trilogía mientras empiezo la otra tarea que me propuse mientras escribía este diario: recapitular los acontecimientos de mi vida que me llevaron a convertirme en una guardiana de sueños, pero eso será en otro de mis blogs.

Adenda

Algunos de los contenidos de Enric Corbera a los que me expuse mientras preparaba mi curso Vida llena, corazón contento fueron:

La abundancia y la espiritualidad van de la mano

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Creencias conscientes: El camino a la libertad emocional

 

Diario de la abundancia – Parte nueve

Reacción en cadena

Hacer cosas con las manos siempre se me ha dado bien. De niña, sin importar si moldeaba arcilla, plegaba papel o cosía, mis artesanías sobresalían. Ahora, de adulta, he descubierto que no sólo me salen bien tareas que demandan motricidad fina sino que tienen un efecto añadido: mientras las hago el mundo se detiene, por lo que el acto cotidiano se convierte en meditación.

En parte por este gusto por las manualidades y en parte porque disfruto jugando los actos psicomágicos −tomando prestado el término de Alejandro Jodorowsky− me parecen herramientas fantásticas para enviarle tus recados al universo. Sí, ya sabemos que hacemos parte de él, sí, siempre estamos conectados con él pero también sí, a cada rato olvidamos que nos escucha, sobre todo cuando no logramos conectar emoción y deseo.

En distintas épocas de mi vida he experimentado con mapas de los sueños, como se le llama comúnmente a los collages de imágenes que representan las metas deseadas, pero también con otros juegos mágicos que me han acercado a las realidades que he querido manifestar. Una de ellas la aprendí recientemente a través de Corbera, aunque él mismo relata que la aprendió de Napoleón Hill. El ejercicio va así: en el centro de una hoja escribes la cantidad que quieres ganar mensualmente, luego escribes alrededor las acciones que te llevarán a obtener esa suma: contratos que se están gestionando, el local nuevo que quieres abrir, la feria a la que quieres asistir, etc. Cada una de esas alternativas representa una punta de una estrella que alimentará tu objetivo. Para contrarrestar las limitaciones y la falta de confianza, escribes “y mucho más” cerca de la cifra central, además, en un lugar preponderante, escribes “sabiduría para gestionar toda esta abundancia”.

Ejercicios como este ayudan a enfocar intenciones y energías, pero no sirven de nada si son otro síntoma de una obsesión más que una expresión de confianza. Es como cuando le pido a alguien un favor y ese alguien acepta, pero yo sigo martillando con lo mismo. Si sé que lo va a hacer no necesito repetir la petición. Con el Cosmos es parecido. Si pides con certeza, convencido de que lo tuyo ya está, de que ya existe y que sólo es cuestión de tiempo-espacio para llegar a ello no necesitas pensar en tu meta todo el día ni hacer de ella un mantra.

Cuando hice el ejercicio de la estrella tenía muy claros los materiales que quería usar. Un papel especial para ponerle onda al ejercicio, unos bolígrafos metalizados para que quedara más bonito y así. Al final se me fueron horas coloreando todo para que las fuentes de ganancias tuvieran un efecto superpuesto sobre el papel, por lo que me olvidé de revisar si alguien me había enviado algún mensaje para solicitar mis servicios o comprar alguna de las plantas de lavanda, que vendí por esos días, y fue eso precisamente lo que pasó mientras dibujaba y coloreaba.

En algún momento suspendí el ejercicio, para comer o para ir al baño. Al regresar revisé mis mensajes y ahí estaba la primera de una serie nueva de señales confirmatorias. Una persona que antes había preguntado detalles acerca de los servicios que ofrezco quería concertar un encuentro conmigo, tan pronto como fuera posible, para consultar las cartas Lenormand.

La estrella con las fuentes de ganancia la hice un domingo y el lunes siguiente tenía una reunión con soñadores principiantes. Esa noche, en medio de una vibra alucinante, el trabajo que mi contertulio y yo estamos haciendo para que las personas se conecten con el mundo onírico, fue reconocido de modo material cuando algunos de los asistentes pagaron lo que consumimos. Además de eso los bastones oníricos que llevé fueron comprados y un kit de herramientas oníricas fue separado sin que siquiera lo hubiese terminado.

Al día siguiente di la lectura de cartas concertada y en la tarde recibí un mensaje pletórico del consultante. Me escribía para contarme que el tema que habíamos tratado en la mañana había sido confirmado de forma contundente a través de una serie de correos que había recibido. Y cuando creía que ya era suficiente encontré otra señal pequeña pero muy significativa.

Ese mismo día, para seguir desafiando mis esquemas, fui a almorzar a un restaurante que me causaba mucha curiosidad. Siempre está lleno de negros, lo que para mí era señal de comida de mar deliciosa. No me equivoqué, además, por la generosidad de las porciones no pude terminar lo que pedí. En ese punto cuestioné mi reacción automática. Ya estaba intentando llamar la atención del mesero cuando recordé dos cosas: 1) en casa tenía comida preparada con antelación para la noche y 2) antes de regresar a ella quería consultar un libro en la biblioteca, entonces ¿cuál era el motivo real de lo que iba a hacer?, ¿evitarme la tarea de cocinar? o ¿atragantarme con comida que no necesitaba para impedir que la tiraran?, o dicho de otro modo ¿me sentía culpable por una acción ajena que ni siquiera había ocurrido? Entonces hice lo único que me pareció coherente con el modo de vida que llevo ahora: pagué y di propina, convencida de que más abundancia estaba en camino y en minutos lo comprobé.

Para guardar tus cosas en los casilleros de la Biblioteca Luis Ángel Arango es necesario depositar una moneda de 200 pesos de las grandes. Cuando revisé mi billetera sólo tenía 150 en monedas, la alternativa era ir a comprar algo a la cafetería para que en el cambio me dieran la que necesitaba. Este pensamiento tardó lo que un relámpago, después de tenerlo llevé mi mirada al suelo. Tirada ahí estaba una moneda de 50 pesos de las nuevas, tan diminuta que parece diseñada para jugar Monopolio. La recogí y con el resto fui a la cafetería para pedirle al empleado que las cambiara por la de la denominación que me hacía falta.

Ese día recibí otra prueba más de que la energía también se había desbloqueado a niveles un poco más grandes. Después de esperar durante un rato largo una respuesta de Catalina, la yerbatera urbana, acerca de cuándo y dónde daría mi curso de abundancia, encontré un mensaje suyo con toda la información.

Replantearme esquemas y juicios morales no sólo me había servido para empezar a ver el mundo de todos los días como una realidad distinta, sino que con la modificación intencional de mi mentalidad estaba a punto de ver reacciones ajenas que parecían haber sido producidas por varitas mágicas o al menos por agentes del destino invisibles, al mejor estilo de la película The adjustment bureau.

Diario de la abundancia – Parte ocho

Crisis = Oportunidad

Las crisis son oportunidades, oportunidades para, por ejemplo, aumentar tu creatividad. Cuando tu alacena no tiene muchos ingredientes tienes la oportunidad de improvisar, probar y ensayar recetas insólitas y algo parecido pasa cuando tienes talento que todavía no se ha convertido en efectivo, y precisamente así, con talento, pagué mi segunda sesión en un tanque de aislamiento sensorial.

Después de mi primera experiencia de este tipo en Austria, quise saber si había algún centro de flotación en Bogotá, pues estaba segura de que quería repetirla. Buscando encontré Gravedad Cero y en poco tiempo estaba hablando con uno de los dueños, ahora amigo mío. En nuestra primera reunión acordamos que yo escribiría algunos artículos para el blog de su empresa y que me los pagaría con sesiones de flotación, acuerdo que honramos y que me ayudó a entender mejor la importancia de soltar.

El valor de la palabra

El pago que había dado por esa sesión había sido la traducción de un video en el que Joe Rogan, un comediante estadounidense y usuario frecuente de este artefacto, describía su experiencia. Rogan hacía mucho énfasis en el dejarse llevar, en que para aprovechar al máximo ese entorno es necesario soltarse, dejarse ir, algo que no te sale a la primera. Cuando traducía el video sentía que hablaba desde la experiencia y no desde comentarios ajenos. La segunda vez que floté pude corroborar lo que decía este comediante.

Estar ahí, en oscuridad total, en silencio igual, muy consciente de tu ser, propicia la ocurrencia de varios fenómenos, sin embargo el que más me llamó la atención en ese momento fue el miedo a desaparecer. Por ratos, si estás relajado y quieto, los límites de tu cuerpo físico se desdibujan y sientes la necesidad imperiosa de sacudirte para corroborar que el agua está ahí, para recordar que existes. La pérdida de la confianza en el entorno se siente como un tirón interno, como cuando estás a punto de caer al vacío y una cuerda detiene el movimiento descendente. Paradójicamente si te mueves, si te resistes a soltarte pierdes el estado de unión con el entorno. Yo, en efecto, lo perdí en más de una ocasión, pero no lo veo como un fracaso.

Ese día, en mi camino al centro de flotación, oí la conversación de una mujer mintiéndole a su jefe acerca de en dónde iba. Me pregunté si no sería más fácil decir la verdad y cuánto tiempo sostendría esa situación a base de palabras falsas. Alejé mi cabeza de esa conversación y traté de enfocarme en algo más, pero no importaba, esa energía de dolor, de engaño ya me había tocado y estando dentro del tanque comprendí mejor los estragos de las mentiras. Uno de los valores más importantes que tenemos es la palabra. La palabra no sólo es una herramienta para intercambiar energías sino que refleja el pensamiento. La palabra es mayor, por eso, cuando la damos en vano, nos damos en vano, declaramos que no valemos o que valemos poco, que no se puede confiar en nosotros, lo que a su vez refleja lo poco que confiamos en nosotros mismos. Mentir es una negación de la abundancia que nos rodea, de aquello que nos pertenece.

En medio de la oscuridad y del silencio de ese tanque sentí la verdad de la verdad. Cada vez que mientes por temor a recibir una consecuencia negativa sólo alargas tu condena autoimpuesta, en parte por eso, para sentir que soy más libre cada vez, es que doy saltos de fe, así muchas veces olvide que la red de protección invisible siempre está ahí para sostenerme, por fortuna, como iba a comprobarlo de nuevo, el Cosmos también está siempre listo para enviarte recordatorios de que tomar riesgos vale la pena.