Santa Compaña, Ánimas del Purgatorio y la Cruz en la baraja Lenormand

Desde hace un tiempo siento que canalizo mensajes del Otro Lado, y aunque
este hecho me daba mucho miedo he aprendido a aceptarlos y a limpiar el canal
de comunicación para evitar ser usada por presencias oportunistas. A pesar de
mis precauciones, que no son sino otra expresión de miedo humano, a veces
recibo revelaciones tan contundentes, que así no haya completado el ritual
previo para comunicarme con ángeles, devas, elementales o como quieras
llamarlos, no puedo dejar pasar. Uno de esos mensajes es el tema de esta
columna.

A principios del mes pasado se me ocurrió celebrar Halloween, pero pronto
cambié de parecer. Teniendo en cuenta que me siento más cercana al mito
español de la Santa Compaña y a que me guste o no tengo ascendencia en esas
latitudes, me pareció mejor dedicarle esa fecha a algunos de mis ancestros,
esos que he aprendido a reconocer a través de mi árbol familiar y que ahora
sé influyen en mí así no los haya conocido. Con este objetivo en mente empecé
a recoger relatos de la Santa Compaña, Halloween y otras leyendas.

Encontré historias más o menos conocidas relacionadas con el papel de Odín en
el panteón vikingo, encargado de recoger a los muertos en las batallas y de
reconocer a los mejores guerreros, sumándolos a su ejército personal, algo
similar a lo que pasa con Gotan y su furia nórdica, pero más allá de estos
relatos tan bellos como sangrientos, aunque también lejanos, aparecieron
figuras más cercanas y casi palpables: las Ánimas del Purgatorio.

Algunos las llamas las benditas o las Santas Ánimas del Purgatorio
refiriéndose en ambos casos a almas de muertos que no pudieron entrar
directamente al cielo ni al infierno. La tradición católica, dentro de la
cual fui criada, les otorga el poder de hacer milagros, sin importar cuán
difíciles sean, aunque, según me explicó mi abuela paterna, conceden todo
menos plata, dinero en metálico.

Mi primer contacto con esta figura viene por el lado materno. La anécdota que
recuerdo es así: Mi abuela Fabiola, la materna, era adolescente y un amigo le
pregunta si quiere aprender a manejar. Ella, que creció en una época en la
que eso no era muy común, una mujer manejando, acepta entusiasmada, el único
problema es que el carro con el que debe hacer sus primeras lecciones es un
camión. En un descuido, y por falta de cálculo, atropella a un hombre que
pierde el conocimiento y tiene que ser llevado a un hospital para que lo
atiendan. Fabiola, preocupadísima por el desenlace de la situación, se
encomienda a las Santas Ánimas del Purgatorio. Les reza pidiéndoles que por
favor hagan que el hombre se recupere por completo. Como en la mayoría de los
casos, o en todos los que he escuchado a la fecha, el pedido es concedido,
hecho que renueva la fe que mi abuela Fabiola tiene en las Santas ánimas del
Purgatorio.

Cuenta mi mamá que con el tiempo mi abuela siguió rezándoles, no siempre para
pedirles algo -ni siquiera sé si pidió alguna vez que la curaran del cáncer
que la llevó a la tumba- todo lo que sé es que ella seguía rezándoles y que
cuando dejaba de hacerlo oía golpecitos en la pared o en la cama, que
aprendió a asociar con recordatorios de las almas pidiendo sus rezos. Con
firmeza se dirigió a ellas diciéndoles que con mucho gusto les rezaría pero
que si lo olvidaba no se atrevieran a molestarla. ¿Lo cumplieron? No lo sé,
pero he oído más historias en que olvidos similares han causado, a juicio de
sus protagonistas, estruendos fuertes e inexplicables que de inmediato
asocian con el incumplimiento de una promesa a las Santas Ánimas del
Purgatorio. Sin embargo no siempre son tan escurridizas.

Hablando de este tema, un amigo que poco bromea con asuntos espirituales, me
contó que practica la costumbre de dejar monedas detrás de la puerta de
entrada a algún lugar como pago anticipatorio del favor que recibirá de las
Ánimas del Purgatorio. Afirmó que en una ocasión su protección fue tan
contundente y material que, tras haber dejado las monedas en la puerta de su
negocio, uno de sus clientes le dijo que había visto a uno de sus empleados
de pie y con los brazos cruzados al frente de la puerta, avistamiento que
ocurrió durante el día y cuando el local estaba completamente vacío. Este
amigo me explicó que el pago a las ánimas se completa al regreso, juntando
las monedas y poniendo el excendente necesario para pagar una misa en nombre
de estos seres en pena.

Cuando le conté a mi abuela Ana María, la paterna, esta historia me contó que
ella también había tenido un encuentro bastante palpable con las Ánimas del
Purgatorio. Una noche en la que dormía sola vio formarse un portal luminoso
en una de las paredes de su habitación, de él emergieron varias sombras que
rodearon su cama. Una se acercó más y le ofreció la mano que ella aceptó sin
temor. Al tacto era como la de un agricultor muy experimentado, áspera y
cubierta por callos. La figura hizo el gesto de querer decirle un secreto
pero sólo en ese momento mi abuela sintió miedo por lo que les dijo “si me
asustan no les rezo más”, así se quedó sin saber de qué se trataba la visita.
El único mensaje que recuerda es la petición grupal de rezar mucho, mucho.
Tras su protesta las ánimas salieron por donde entraron sin molestarla más.
Otra escena que recuerda, relacionada con las almas en pena, es una en la que
después de pedirles un ramo de fresias que no había tenido tiempo de comprar,
las encontró en la cocina de forma inexplicable, pues ninguno de los
familiares con los que vivía en ese momento le dio razón de la aparición de
las flores, tan bien escogidas y tan bien cortadas.

Y los testimonios de mi amigo y de mis abuelas son sólo unos pocos. En el
programa de radio Luna Blu de octubre de 2015, dedicado a este y otros temas
de misterio, los oyentes contaron varias historias más en las que la
invocación de las Ánimas del Purgatorio sirvió como escudo de protección en
momentos de peligro. Invocarlas no sólo impidió la ocurrencia de hechos
desagradables sino que los gamberros llegaron a ver acompañada a su víctima
potencial.

Santa compaña y la cruz de las cartas Lenormand

Ahora dejo de lado los avistamientos no tan etéreos relacionados con las
ánimas del purgatorio para centrarme en aquello que descubrí reflexionando y
canalizando.

La Santa Compaña, la Compaña o la Huestía, como también se le llama en España
a un fenómeno similar pero que suele verse en escenarios rurales, tiene un
aspecto característico: muchas veces va encabezada por un vivo. Las versiones
que se cuentan de la historia a partir de este detalle varían mucho.

Algunos dicen que esa persona a la que se ve viva morirá muy pronto, otros
afirman que lo hará en un año y que mientras tanto se volverá pálida,
comenzará a enfermarse de un modo inexplicable y perderá peso hasta llegar a
la tumba. Se advierte tambien, al contar esta historia, que el vivo o
cualquier otro integrante de la procesión intentará entregar algo al testigo,
una luz, una cruz o un envoltorio, a lo que se debe responder diciendo “cruz
tengo” o simplemente mostrando que se tiene las manos ocupadas, así sea con
piedras o palos recogidos a la vera del camino, pero ¿cuál es el significado
real de este gesto?

C. G. Jung el famoso psiquiatra suizo aprendió a interpretar los sueños de
sus pacientes y los propios estudiando mitología a fondo. En esta disciplina
encontró las bases para entender los códigos y las dinámicas de las escenas
creadas por el inconsciente, lo que le permitía responder las preguntas de
sus consultantes y descifrar los mensajes que intentaban comunicar los viajes
nocturnos. Yo, de un modo similar, pero mucho más modesto, menos metódico y
más inconsciente (quizás por esto mismo descubrí lo que descubrí) concluí que
ese vivo que encabeza la procesión de la compaña o que invita a cargar un
ataúd, como se cuenta en algunas regiones de Colombia, es un símbolo del
“tonto útil” o “idiota útil” de muchas familias.

El vivo que conduce a los muertos es un arquetipo del personaje que se echa
encima la cruz, las cargas, las responsabilidades, los problemas de su clan y
que por lo mismo enferma físicamente, envejece prematuramente y muere, aunque
muchas veces al último, pues su resistencia física y psicológica, de la que
todos abusan porque él o ella lo permite, hace que los entierre a todos. Tal
vez este personaje sea el mismo que tiene pulsiones tanáticas, ese que se
despide de todos preparándose de buena gana para la muerte porque la ve como
un descanso pero que, muy a pesar suyo, se queda esperándola durante años y
más años.

En la baraja Lenormand, de origen cristiano, como lo explica Rana George en
su libro The Essential Lenormand, la cruz simboliza justamente eso, las
preocupaciones, los problemas, las cargas con las que debemos andar por la
vida, esas que algunos sueltan y delegan tan tranquilamente mientras que
otros las asumen con rigor por temor o creyendo que es un deber indelegable.

Dejar ir y dar la bienvenida

El pasado 31 de octubre recordando todo lo que había leído, oído y visto
acerca de la Santa Compaña y las Ánimas del Purgatorio me animé a improvisar
un acto psicomágico con la decena de personas que respondieron mi llamado.
Usando salvia seca, tizas de colores y velas nos metimos en círculos
protectores y de poder, hicimos una limpia, despedimos a nuestros ancestros y
recibimos a los que están por nacer. Fue un encuentro bonito y equilibrado en
el que participamos todos, en el que nos apoyamos mutuamente, por eso creo
que, como reflejo de lo que debemos hacer en la vida, nos sirvió para asumir
responsabilidades sin aprovecharnos de nadie, porque hace falta recordar que
cuando no hago mi parte esta debe ser completada por alguien más, porque
nuestra presencia en este plano, en este planeta o como quieran llamarle
nunca es gratuita.

El billete mágico

Quizás lo primero en lo que piensas al leer estas dos palabras es en un objeto similar a la lámpara mágica de Aladino, un billete que siempre que se usa vuelve, de forma inexplicable, a la billetera de su dueño, sin embargo cuando escribo “billete mágico” me refiero a un concepto distinto.

Dicen que viajar hiere de muerte los prejuicios, y justamente esa actividad, viajar, me ha ayudado a entender un dicho de una amiga: “los billetes no son más que papelitos”.

En épocas de traslados frecuentes, que incluyen cruzar fronteras una y otra vez, he observado cómo la atención que le presto a la plata cambia radicalmente. El saldo que tengo en el banco deja de ser un número autorreferencial y pasa a ser un concepto relativo en la medida en la que los bits se transforman en billetes. No se trata de que olvide las horas y el esfuerzo que tuve que dedicar para ganarlo, sino que el verlo representado en moneda de países distintos le resta importancia a esos pedazos de papel.

Los billetes y las monedas son la parte material de acuerdos inmateriales. Alquilas tu fuerza de trabajo, mental o física, para que un patrón te remunere. Ofreces un producto o un servicio que es adquirido o contratado por un cliente que paga por tener acceso a el. Sin importar cuál sea el acuerdo al que llegas con esa otra parte, das esperando recibir algo a cambio. La recompensa puede darse a través de un trueque, de un cheque, de un fajo de billetes o de una transferencia bancaria pero aunque unos son más palpables que otros, todos son símbolos de una recompensa. El valor del dinero es, por lo tanto simbólico, y una vez comprendes este concepto puedes pasar a jugar con el.

Un acto psicomágico

Como todas las personas que habitan este planeta he tenido épocas de sequía y épocas de humedad, es decir temporadas de vacas flacas y temporadas de vacas gordas. Con el tiempo he aprendido a ver estos momentos como lo que son: ritmos de un ciclo y no como sinónimos de tragedia y resurrección. Cuando la confianza me falta y necesito ayuda para salir del fondo al que me he permitido llegar practico actos simbólicos que llevan mi energía a niveles más positivos y elevados. Uno de esos actos es falsificar billetes.

Las copias que hago son infantiles comparadas con las que hacen los falsificadores profesionales, pero como mi objetivo no es burlar autoridades sino sintonizar mi consciencia con la vibración adecuada, la perfección es la última de mis preocupaciones.

Los primeros que hice no fueron más que tiras de papel, coloreadas de verde, con cantidades inverosímiles escritas en ellas. La elección del color no fue al azar. El dinero, como lo veo, es la sangre del mundo, un reflejo material del amor universal, íntimamente relacionado con el chakra anahata o del corazón. Al terminar los puse en una taza de cristal en la que tengo monedas de varios países y otras locales que están fuera de circulación. Este acto me sirvió, y me sigue sirviendo, para recordar que esos papelitos y esos pedacitos de metal son un medio, no un fin.

Billetes con más sofisticación

Esos billetes y lo que he aprendido acerca del mapa de los sueños me llevaron a crear uno de los ejercicios que hice con las asistentes a mi curso Vida llena, corazón contento. En ese espacio les pedí que diseñaran un billete mágico que representara el camino hacia la meta futura y la meta cumplida para, al terminar, llevarlo en la billetera.

Este objeto no sólo es útil para recordar aquello que se desea sino para reconectar con el concepto de dinero como clave de acceso a otras realidades. Al ver la plata sólo como una herramienta y no como un fin último se evita caer en la obsesión, se evita creer que es la causa de todos los males o que tenerlo equivale a ser feliz.

Diseñar un billete que incluye símbolos de los objetivos que quieres alcanzar con el (el yate que te llevará al Mar Mediterráneo y el Mar Mediterráneo, el amigo diplomático que te presentará a tu príncipe y tu príncipe, etc.) te recuerda permanentemente que tus esfuerzos están dirigidos a una meta que está más allá de las cifras y de los signos $, € o £ y que, por lo tanto no depende sólo de la organización de tus finanzas.

Tener una idea medianamente clara acerca de dónde saldrá la plata para pagar tal carro o tal viaje está bien, pero al abordar tu deseo sólo de ese modo corres el riesgo de soslayar e incluso de bloquear la llegada de favores o ayudas inesperadas. Cuando le pides al Cosmos, a la vida, al Universo, a Las Chicas Superpoderosas o a Bob Esponja (o a lo que sea en lo que creas) que conceda tu deseo siguiendo tu plan detallado actúas, sin saberlo, de un modo soberbio, porque muchas veces cuando te convences de que el plan A es mejor que el B, ignoras que el B puede llevarte de un modo más rápido y directo a tu meta y que además contribuye a un Bien Mayor. Este concepto aplicado a un ejemplo se vería más o menos así:

Supongamos que mi objetivo es viajar, así en infinitivo y sin mayores especificaciones. Por un lado podría matarme la cabeza sacando cuentas de todo lo que necesito ahorrar y cuánto tiempo me tomará alcanzar esa cifra, por otro podría ahorrar con tranquilidad, sabiendo que mi objetivo ya existe, al tiempo que mantengo orejas y ojos bien abiertos para detectar oportunidades que me lleven a otro lugar sin gastar un peso o por lo menos no todos mis ahorros. Si en mi camino se cruza un cartel que anuncia un concurso cuyo premio es un viaje a Praga puedo entrar en el para intentar ganarlo, del mismo modo si sé de unos amigos que están buscando voluntarios para ayudarles a cargar su equipo técnico en un viaje por carretera por Sudamérica puedo hablar con ellos para unirme a su travesía, lo que me sacará de la ciudad sin necesidad de que deje mi cuenta en cero.

La primera y la última imagen del día

Otra técnica que ayuda a activar las imágenes del billete mágico consiste en ponerlo en la mesa de luz/noche para que sea lo primero que veas al despertar y lo último antes de dormir. Decirlo es fácil y olvidarlo también. Yo he adquirido el hábito a fuerza de recordar sueños y de ser consciente del momento en el que despierto, no sólo para entregarle cada uno de mis días a la Divinidad sino también para enfocar mi atención en un pensamiento específico en lugar de una tontería al azar.

Escuchas muchas veces que la mente es poderosa pero pocas veces haces experimentos con la disciplina suficiente para comprobarlo. Yo me he dado cuenta de que el primer pensamiento del día y el último de la noche son muy poderosos. El primero marca el tono, el mood con el que se vive cada jornada y el segundo el contenido de los sueños. Y como no espero que creas todo lo que escribo te propongo este experimento.

Elige una canción o un tema musical que te guste, guárdalo en tu teléfono y en la mañana, antes de salir de la cama escúchala. Luego pon una alarma a mediodía para que te recuerde pensar en “música”, así, en general. Estoy casi segura de que la canción que recordarás será la misma que elegiste para empezar tu día y subo la apuesta, la alarma será innecesaria porque un fragmento de ella habrá sonado en tu cabeza varias veces antes de ese momento. Con las imágenes pasa lo mismo, entre más las observas más energía pones en ellas.

Mi última recomendación para trabajar con billetes mágicos o mapas de los sueños es que los mantengas en un lugar privado pues tus metas, como un feto en formación, son frágiles y están mejor en un lugar íntimo y protegido de influencias opositoras. Esta práctica te servirá para cultivar la certeza, el poder y la capacidad de manifestación de las que a veces dudamos por andar consultándolo todo con todo el mundo.

Si quieres saber más de mi curso Vida llena, corazón contento escríbeme a elsuenosignificado[at]gmail[punto]com.

Diario de la abundancia – Final

La cadena de sincronicidades me había dado la sensación de que era invencible, pero en el camino venían acontecimientos que me mostrarían para qué había recibido esa fuerza.

No sé cuándo comencé a apoyar la iniciativa de un familiar para hacer nuestro árbol genealógico. Mi deseo de conocer esa información surgió de la lectura de libros de Alejandro Jodorowsky y me lo revolvió la autobiografía de Jung. Comencé a acariciar esa iniciativa sospechando con la mente, pero no con el corazón, que en cualquier momento se iba a transformar en una bestia furiosa a la que tendría que enfrentar en el momento menos pensado, momento que llegó hace poco.

Por historias cercanas, que maquillaba con exceso para hacerlas menos espantosas, batallo con la idea de romper relaciones establecidas para comenzar romances nuevos. No importa si el matrimonio en el que se irrumpe está a punto de desbarrancarse o si el intruso se está metiendo entre dos personas que están predestinadas a estar juntas hasta que la rutina las separe. En mi modelo sesgado del mundo ser el otro o la otra todavía tiene mucho de aborrecible.

El bien y el mal son categorías morales que nos hacen la vida de a cuadritos y que nos llevan a hacernos preguntas como: si es cierto que Lewis Carroll era pedófilo, ¿deberíamos hacer hogueras en todo el mundo para quemar todos los libros que escribió? Si una especie en vías de extinción se alimenta de otra ídem ¿a cuál protegemos primero? Si un nazi fue un empleado estrella en una cámara de gas pero luego es un abuelito y vecino ejemplar ¿qué viene siendo?, ¿un criminal maldito o un desgraciado redimido? Las preguntas no son fáciles y las respuestas tampoco, por eso me costó tanto trabajo admitir que los amantes, los terceros en relaciones que se supone deben ser de dos, no son malos, son simplemente personas que eligen que eso es lo que quieren vivir. Decirlo en voz alta mientras me miraba al espejo no sólo me produjo una risa nerviosa sino que me lavó la mirada, tampoco hasta el punto de querer ser la amante de alguien para vivir la situación por dentro, pero sí me ayudó a entender algunas de mis reacciones y el modo en que ese prejuicio me había hecho víctima de motivaciones ajenas. El asunto fue tan sorpresivo y tan catalizador para mi círculo inmediato que respuestas que esperaba aparecieron sin que las buscara conscientemente. Un par de amigos se sorprendió al saber que una mujer con un aire de independencia y con tanto dominio de sí misma, como yo, se dejara llevar por prejuicios salidos del siglo antepasado, pero así fue.

Entre más hurgo, no sólo en mi inconsciente sino en el árbol familiar, más me doy cuenta de que lo que considero bueno y malo depende muchísimo de la mentalidad de mis padres, de mis abuelos, de mis bisabuelos y hasta de mis tatarabuelos, aunque ignore hasta sus nombres. Creía que porque están muertos y enterrados estaba a salvo de la influencia de sus vidas, cuando lo cierto es que sus experiencias formaron las de mis antepasados más recientes y por consecuencia las mías.

Este tipo de exploraciones no las hago con el dedo acusador listo para apuntar al exterior, las hago para, como dice el adagio popular, no repetir la historia que desconozco, para no hacer eso que no quiso hacer mi tía, mi abuela o mi hermana pero que de todos modos hizo a la edad que tengo ahora, eso que cambió para siempre el resto de su camino. No recomiendo a nadie hacer exploraciones de este tipo sino hasta sentirse preparado para las embestidas, porque los esqueletos que salen del clóset son todo menos elegantes y bien vestidos. Los duelos llegan puntuales para que despidas la visión del mundo que tenías hasta ese momento. Duele sí, pero es necesario, duele y no tiene marcha atrás porque una vez conoces la realidad, porque una vez escuchas el horror de las historias de los tuyos el horror se hace tuyo, pero lo hace para liberarte, para abrirte la puerta a las posibilidades infinitas, esas a las que no tenías acceso porque estabas amordazado con ignorancia y con silencio. La buena noticia, sin embargo, es que una vez abrazas a tus demonios y renuncias a ver el mundo a blanco y negro ocurren hechos que pensabas nunca verías con tus propios ojos.

Cuidado con el rayo láser

La capacidad de manifestar en el mundo físico lo que está en el plano de los deseos, usando como combustible la emoción intensa es tan poderosa como un rayo láser. Del hecho se hace mención en el Curso de autodefensa psíquica de Gustavo Fernández y en The purpose of your life de Carol Adrienne. Lo que pocos te dicen es que la emoción enfocada es una herramienta poderosísima que se activa en cualquier momento.

Ya estaba advertida yo. Ya había visto pruebas suficientes de que los cambios que estoy haciendo en mi vida son profundos y por lo tanto me decía “prepárate porque te vas a sorprender, porque cualquier cosa puede pasar”, pero una cosa es que te lo digas en tus conversaciones mentales y otra muy distinta verlas materializadas en la sala de tu casa un domingo en la tarde.

Un día de pensamientos desordenados se me ocurrió llamar a O. Muchas veces quisimos vernos de nuevo pero todo se oponía. Esa tarde con la mente calma le envié un mensaje sin esperar respuesta, pero respondió y en medio de una conversación larga terminamos haciendo una cita para el día siguiente. Yo tenía dudas pero seguí adelante, de veras me apetecía verle de nuevo después de tanto tiempo. Hicimos confesiones, nos miramos a los ojos, jugamos a ser espejos mutuos, casi literalmente, y nos prometimos no dejar pasar tanto tiempo hasta el próximo encuentro. Esa noche dormí regular y al día siguiente, para las 8 de la noche ya sabía qué tenía que hacer y lo hice. No consulté mi decisión con nadie porque entendí que si lo hacía ese alguien opinaría con base en sus deseos y en sus miedos, y yo ya tenía bastante de ambos como para agregar más a la fórmula. No sé cuáles serán las consecuencias futuras de mis actos pero el haberme hecho responsable de ellos me sirvió para encontrar la claridad que buscaba.

Soltar las costumbres viejas

Dejar de comportarte como siempre da miedo, un miedo putísimo, pero es necesario. Ese paso tienes que darlo en algún momento si quieres dejar vicios, sobre todo mentales, para vivir de un modo más feliz. El camino no es fácil, en parte porque lo primero que hace falta es aceptar tu responsabilidad en el estado de las cosas que te rodean. Para lograr un cambio verdadero necesitas dar varios pasos, uno detrás de otro, sobre todo después de caerte, seguir andando hasta que comienzas a vislumbrar el cambio deseado. No sirve de nada que sigas culpando a los demás y creando excusas para no actuar, para inspirar lástima, porque cuando lo haces el único lastimado eres tú.

No sé hasta dónde me va a llevar esta racha angelico-psicomágica o hasta cuándo me va a durar esta valentía de cambiar incluso cuando no sé qué opción es mejor que otra. De momento sólo sé que cuando decidimos aceptar la capacidad infinita que tenemos para enfocarnos y manifestar cualquier resultado la vida despierta se parece cada vez más a una película de ciencia ficción. ¿Matrix quizás? Por las dudas voy a volver a ver toda la trilogía mientras empiezo la otra tarea que me propuse mientras escribía este diario: recapitular los acontecimientos de mi vida que me llevaron a convertirme en una guardiana de sueños, pero eso será en otro de mis blogs.

Adenda

Algunos de los contenidos de Enric Corbera a los que me expuse mientras preparaba mi curso Vida llena, corazón contento fueron:

La abundancia y la espiritualidad van de la mano

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Creencias conscientes: El camino a la libertad emocional

 

Diario de la abundancia – Parte nueve

Reacción en cadena

Hacer cosas con las manos siempre se me ha dado bien. De niña, sin importar si moldeaba arcilla, plegaba papel o cosía, mis artesanías sobresalían. Ahora, de adulta, he descubierto que no sólo me salen bien tareas que demandan motricidad fina sino que tienen un efecto añadido: mientras las hago el mundo se detiene, por lo que el acto cotidiano se convierte en meditación.

En parte por este gusto por las manualidades y en parte porque disfruto jugando los actos psicomágicos −tomando prestado el término de Alejandro Jodorowsky− me parecen herramientas fantásticas para enviarle tus recados al universo. Sí, ya sabemos que hacemos parte de él, sí, siempre estamos conectados con él pero también sí, a cada rato olvidamos que nos escucha, sobre todo cuando no logramos conectar emoción y deseo.

En distintas épocas de mi vida he experimentado con mapas de los sueños, como se le llama comúnmente a los collages de imágenes que representan las metas deseadas, pero también con otros juegos mágicos que me han acercado a las realidades que he querido manifestar. Una de ellas la aprendí recientemente a través de Corbera, aunque él mismo relata que la aprendió de Napoleón Hill. El ejercicio va así: en el centro de una hoja escribes la cantidad que quieres ganar mensualmente, luego escribes alrededor las acciones que te llevarán a obtener esa suma: contratos que se están gestionando, el local nuevo que quieres abrir, la feria a la que quieres asistir, etc. Cada una de esas alternativas representa una punta de una estrella que alimentará tu objetivo. Para contrarrestar las limitaciones y la falta de confianza, escribes “y mucho más” cerca de la cifra central, además, en un lugar preponderante, escribes “sabiduría para gestionar toda esta abundancia”.

Ejercicios como este ayudan a enfocar intenciones y energías, pero no sirven de nada si son otro síntoma de una obsesión más que una expresión de confianza. Es como cuando le pido a alguien un favor y ese alguien acepta, pero yo sigo martillando con lo mismo. Si sé que lo va a hacer no necesito repetir la petición. Con el Cosmos es parecido. Si pides con certeza, convencido de que lo tuyo ya está, de que ya existe y que sólo es cuestión de tiempo-espacio para llegar a ello no necesitas pensar en tu meta todo el día ni hacer de ella un mantra.

Cuando hice el ejercicio de la estrella tenía muy claros los materiales que quería usar. Un papel especial para ponerle onda al ejercicio, unos bolígrafos metalizados para que quedara más bonito y así. Al final se me fueron horas coloreando todo para que las fuentes de ganancias tuvieran un efecto superpuesto sobre el papel, por lo que me olvidé de revisar si alguien me había enviado algún mensaje para solicitar mis servicios o comprar alguna de las plantas de lavanda, que vendí por esos días, y fue eso precisamente lo que pasó mientras dibujaba y coloreaba.

En algún momento suspendí el ejercicio, para comer o para ir al baño. Al regresar revisé mis mensajes y ahí estaba la primera de una serie nueva de señales confirmatorias. Una persona que antes había preguntado detalles acerca de los servicios que ofrezco quería concertar un encuentro conmigo, tan pronto como fuera posible, para consultar las cartas Lenormand.

La estrella con las fuentes de ganancia la hice un domingo y el lunes siguiente tenía una reunión con soñadores principiantes. Esa noche, en medio de una vibra alucinante, el trabajo que mi contertulio y yo estamos haciendo para que las personas se conecten con el mundo onírico, fue reconocido de modo material cuando algunos de los asistentes pagaron lo que consumimos. Además de eso los bastones oníricos que llevé fueron comprados y un kit de herramientas oníricas fue separado sin que siquiera lo hubiese terminado.

Al día siguiente di la lectura de cartas concertada y en la tarde recibí un mensaje pletórico del consultante. Me escribía para contarme que el tema que habíamos tratado en la mañana había sido confirmado de forma contundente a través de una serie de correos que había recibido. Y cuando creía que ya era suficiente encontré otra señal pequeña pero muy significativa.

Ese mismo día, para seguir desafiando mis esquemas, fui a almorzar a un restaurante que me causaba mucha curiosidad. Siempre está lleno de negros, lo que para mí era señal de comida de mar deliciosa. No me equivoqué, además, por la generosidad de las porciones no pude terminar lo que pedí. En ese punto cuestioné mi reacción automática. Ya estaba intentando llamar la atención del mesero cuando recordé dos cosas: 1) en casa tenía comida preparada con antelación para la noche y 2) antes de regresar a ella quería consultar un libro en la biblioteca, entonces ¿cuál era el motivo real de lo que iba a hacer?, ¿evitarme la tarea de cocinar? o ¿atragantarme con comida que no necesitaba para impedir que la tiraran?, o dicho de otro modo ¿me sentía culpable por una acción ajena que ni siquiera había ocurrido? Entonces hice lo único que me pareció coherente con el modo de vida que llevo ahora: pagué y di propina, convencida de que más abundancia estaba en camino y en minutos lo comprobé.

Para guardar tus cosas en los casilleros de la Biblioteca Luis Ángel Arango es necesario depositar una moneda de 200 pesos de las grandes. Cuando revisé mi billetera sólo tenía 150 en monedas, la alternativa era ir a comprar algo a la cafetería para que en el cambio me dieran la que necesitaba. Este pensamiento tardó lo que un relámpago, después de tenerlo llevé mi mirada al suelo. Tirada ahí estaba una moneda de 50 pesos de las nuevas, tan diminuta que parece diseñada para jugar Monopolio. La recogí y con el resto fui a la cafetería para pedirle al empleado que las cambiara por la de la denominación que me hacía falta.

Ese día recibí otra prueba más de que la energía también se había desbloqueado a niveles un poco más grandes. Después de esperar durante un rato largo una respuesta de Catalina, la yerbatera urbana, acerca de cuándo y dónde daría mi curso de abundancia, encontré un mensaje suyo con toda la información.

Replantearme esquemas y juicios morales no sólo me había servido para empezar a ver el mundo de todos los días como una realidad distinta, sino que con la modificación intencional de mi mentalidad estaba a punto de ver reacciones ajenas que parecían haber sido producidas por varitas mágicas o al menos por agentes del destino invisibles, al mejor estilo de la película The adjustment bureau.

Diario de la abundancia – Parte ocho

Crisis = Oportunidad

Las crisis son oportunidades, oportunidades para, por ejemplo, aumentar tu creatividad. Cuando tu alacena no tiene muchos ingredientes tienes la oportunidad de improvisar, probar y ensayar recetas insólitas y algo parecido pasa cuando tienes talento que todavía no se ha convertido en efectivo, y precisamente así, con talento, pagué mi segunda sesión en un tanque de aislamiento sensorial.

Después de mi primera experiencia de este tipo en Austria, quise saber si había algún centro de flotación en Bogotá, pues estaba segura de que quería repetirla. Buscando encontré Gravedad Cero y en poco tiempo estaba hablando con uno de los dueños, ahora amigo mío. En nuestra primera reunión acordamos que yo escribiría algunos artículos para el blog de su empresa y que me los pagaría con sesiones de flotación, acuerdo que honramos y que me ayudó a entender mejor la importancia de soltar.

El valor de la palabra

El pago que había dado por esa sesión había sido la traducción de un video en el que Joe Rogan, un comediante estadounidense y usuario frecuente de este artefacto, describía su experiencia. Rogan hacía mucho énfasis en el dejarse llevar, en que para aprovechar al máximo ese entorno es necesario soltarse, dejarse ir, algo que no te sale a la primera. Cuando traducía el video sentía que hablaba desde la experiencia y no desde comentarios ajenos. La segunda vez que floté pude corroborar lo que decía este comediante.

Estar ahí, en oscuridad total, en silencio igual, muy consciente de tu ser, propicia la ocurrencia de varios fenómenos, sin embargo el que más me llamó la atención en ese momento fue el miedo a desaparecer. Por ratos, si estás relajado y quieto, los límites de tu cuerpo físico se desdibujan y sientes la necesidad imperiosa de sacudirte para corroborar que el agua está ahí, para recordar que existes. La pérdida de la confianza en el entorno se siente como un tirón interno, como cuando estás a punto de caer al vacío y una cuerda detiene el movimiento descendente. Paradójicamente si te mueves, si te resistes a soltarte pierdes el estado de unión con el entorno. Yo, en efecto, lo perdí en más de una ocasión, pero no lo veo como un fracaso.

Ese día, en mi camino al centro de flotación, oí la conversación de una mujer mintiéndole a su jefe acerca de en dónde iba. Me pregunté si no sería más fácil decir la verdad y cuánto tiempo sostendría esa situación a base de palabras falsas. Alejé mi cabeza de esa conversación y traté de enfocarme en algo más, pero no importaba, esa energía de dolor, de engaño ya me había tocado y estando dentro del tanque comprendí mejor los estragos de las mentiras. Uno de los valores más importantes que tenemos es la palabra. La palabra no sólo es una herramienta para intercambiar energías sino que refleja el pensamiento. La palabra es mayor, por eso, cuando la damos en vano, nos damos en vano, declaramos que no valemos o que valemos poco, que no se puede confiar en nosotros, lo que a su vez refleja lo poco que confiamos en nosotros mismos. Mentir es una negación de la abundancia que nos rodea, de aquello que nos pertenece.

En medio de la oscuridad y del silencio de ese tanque sentí la verdad de la verdad. Cada vez que mientes por temor a recibir una consecuencia negativa sólo alargas tu condena autoimpuesta, en parte por eso, para sentir que soy más libre cada vez, es que doy saltos de fe, así muchas veces olvide que la red de protección invisible siempre está ahí para sostenerme, por fortuna, como iba a comprobarlo de nuevo, el Cosmos también está siempre listo para enviarte recordatorios de que tomar riesgos vale la pena.

Diario de la abundancia – Parte siete

Mi casa olía a salvia, la cocina ya era un lugar menos asqueroso y yo empezaba a ver las consecuencias de lo que había hecho.

La primera noche después de escuchar la primera clase del curso de milagros vi cambios: tuve sueños caóticos y de batallas. La interpretación que les di es que mis esquemas mentales viejos, esos que me han hecho creer que me va tan bien como me puede ir, estaban siendo zarandeados, movimiento que no me tomó por sorpresa. Avisaban que esos intentos vanos y de chispa corta que había hecho en el pasado no eran suficientes, que para lograr los cambios permanentes que deseo me hacía falta comprometerme y soltar cuerdas que me daban seguridad falsa, por lo que seguí adentrándome en lo desconocido, aunque dolía.

Nadie te dice que los procesos de cambios radicales son fáciles porque no lo son. En algún punto prueban tus fuerzas y tu resistencia, obligándote a elegir si quieres seguir en la cajita cómoda que conoces o si quieres salir a explorar los alrededores sin la compañía de tu mantita protectora. Yo me atreví a hacer lo segundo y en ese punto necesitaba algo para cubrirme, un fuego tibio que me animara a seguir adelante. Como en otras ocasiones lo encontré en la meditación.

El dolor que sentía venía del miedo, de creer que estoy separada de mis metas y que por eso están muy lejos de mí, cuando lo cierto es que esa creencia, la de la separación es sólo una ilusión, un espejismo tan real y tan palpable que puede limitarte de un modo poderoso. Viendo las cosas de este modo entendí que mi meditación tenía que conectarme con el amor pues a menos que lo sientas visceralmente, del mismo modo que estás sintiendo el miedo, no lograrás cambiar la sintonía desde la que te estás aproximando a una situación. Hay varios ejercicios para lograrlo, el que usé lo descubrí en The purpose of your life y es simple. Me senté con la espalda recta, respiré profundamente durante unos minutos y luego me dejé llevar por recuerdos que tengo de tiempos felices, de cuando me he sentido invencible como superheroína y no tardé en sentirme mucho mejor. Mi objetivo no era idealizar el pasado pues si lo hiciera así caería en otra trampa, lo que buscaba era reconectarme con la alegría voy a volver a experimentar sí o sí. Mi objetivo al hacer esta meditación era intensificar la certeza de que la felicidad que conozco se repetirá.

Sé que el ejercicio funcionó porque me dejó con una molestia leve en los senos paranasales que asocio con desbloqueos emocionales. Por esos días ni siquiera había llovido como para achacarle la rinitis al clima. Traté mi malestar poniendo amatistas sobre mi chakra ajna y en pocos días estaba más que bien, lista para la siguiente ronda.

El siguiente paso era volver a flotar.

Diario de la abundancia – Parte seis

El tiempo, creía yo, se estaba acabando y tenía por delante muchísimo material sin leer y sin analizar antes de dar el curso de prosperidad, ese que en un primer momento llamé Cartera llena, corazón contento.

En lugar de dejarme pasmar por todo lo que me quedaba por hacer, agarré lápiz y papel y comencé a garabatear una estructura que me sirviera de guía para darle orden al contenido. En los ratos que no podía estar al frente del computador hacía sonar conferencias que me parecían útiles para el curso, ya fuera desde Ivoox o desde Youtube.

Tengo claro cómo llegué a Enric Corbera. Tampoco lo hice sola. Mi mamá, que lo descubrió por las sugerencias de Youtube, me habló de él, por lo que en algún momento vi uno de sus videos para darme una idea de cómo era, luego, como muchas otras cosas, lo dejé de lado.

Un día, otra vez mi mamá, vio un video en el que una mujer hablaba de una fórmula, mágica en apariencia, para resolver todos los problemas en una noche y, obviamente me lo mandó. Lo vi y cuando mencionó al físico francés Garnier-Malet, fui a buscarlo. Como en el caso del blog The Unlost la sugerencia me sirvió para llegar a lo que realmente me interesaba. Al principio no entendía nada de nada. La entrevista que le habían hecho a Garnier-Malet en una radio argentina tuve que oírla al menos dos veces para no sentirme en una clase de chino avanzado. Perdida todavía busqué otros videos para salir de dudas y así di con una clase magistral del tema impartida por Enric Corbera. Al final me pareció un tipo competente, por lo que en el futuro volvería a buscar los videos del catalán.

Manos y mente a la obra

Como parte de los preparativos del curso de abundancia que iba a dar había vuelto a apuntar uno a uno mis gastos para ser más consciente de mi relación con la plata, craso error. El estar tan enfocada en las facturas y en los recibos estaba haciendo que mis bolsillos se desocuparan más rápido que antes. No me di cuenta de inmediato pero sí antes de que fuera demasiado vergonzoso. Ese fin de semana, el último de agosto para ser más precisa, me propuse hacer magia. Dejé de lado lo que estaba haciendo y comencé a ejecutar las acciones que siempre me han ayudado a mover energía estancada.

Desde el día anterior venía pensando en que, sin falta, cada vez que me dedico a un proyecto personal que me importa mucho, alguien me llama para ofrecerme trabajo. Un poco ya había ocurrido pero no del modo decisivo que esperaba, lo que en últimas era un reflejo de lo que estaba pasando en mi interior.

Dispersa en varios archivos está una novela y un manual de interpretación de sueños en los que trabajo desde hace años. Sabiendo, por sueños insistentes, que debo cerrar esos ciclos, que debo escribir el desenlace de situaciones y personajes revisé por enésima vez los archivos y retomé la escritura. Los cambios vinieron de inmediato. Algunas personas desconocidas me llamaron para consultar las cartas Lenormand, para que las acompañara en sus análisis oníricos y así, pero todavía no pasaba nada más porque yo no había organizado más mi energía.

El producto de estas reflexiones fue la decisión firme de arreglar la cocina de mi casa. Llevaba varios días viendo el estado lamentable en el que estaba, otro reflejo de mi situación interior. Al analizar sueños la cocina representa, a grandes rasgos, el trabajo, el área productiva de un individuo, por lo que si necesitas manifestar los medios para seguir viviendo lo primero que debes hacer es poner en orden esa parte de tu casa y, por reflejo, de tu vida. Ese domingo tiré el reciclaje y lavé el escurridor de platos, tareas que me inspiraban una pereza atroz pero que sabía eran necesarias para que todo fluyera. De fondo seguía sonando Enric Corbera y yo seguía sacando mugre, pero no sólo material.

En cierto punto recordé un mapa de los sueños que había hecho hace años. Quería quemarlo para darle al Cosmos el mensaje de que me interesaba cerrar un capítulo de mi pasado, abrir las puertas al presente y prepararme para el futuro. Revoleé cosas en cajones y no encontré lo que buscaba sino lo que necesitaba. Me topé con un papel con la letra manuscrita de un ex novio. La pregunta fue inmediata ¿para qué carajos estoy guardando esto? El tipo en cuestión no sólo dejó de ser importante para mí sino que está casado. Por donde mirara el papel no tenía nada que hacer en mis pertenencias. Alisté mi caldero, quemé el papel y cuando terminé tiré las cenizas por el sanitario. A continuación encendí una flor de salvia y me concentré en su ardor. El humo me embriagó. Con él di una vuelta entera por mi casa, asegurándome, con la consciencia más que con los movimientos, de que su esencia llegara a todos los rincones. Y seguí limpiando la cocina. Ese día no terminé la tarea que me propuse pero al menos supe qué tenía que hacer.

Diario de la abundancia – Parte cinco

Aprender para seguir aprendiendo

No me gustan los clichés porque siento que perpetúan paradigmas y esquemas mentales obsoletos. Por ejemplo en Colombia, donde vivo, todos los diciembres desde ve tú a saber hace cuántos años suena la canción que agradece al año porque le dejó un burro, una yegua y una buena suegra. Y si me equivoqué mencionando a los personajes qué bueno, porque eso quiere decir que ese esquema mental no me limita tanto.

Pienso que cuando usamos una y otra vez las mismas expresiones para referirnos a situaciones parecidas no nos hacemos un favor sino todo lo contrario. Hablar de x modo porque todos lo hacen, porque es cómodo o por miedo a encajar, sólo calcifica más formas de pensamiento –egrégoros– que en muchas ocasiones son muy dañinas, de ahí que me esfuerce conscientemente por cambiar las expresiones para, como consecuencia, cambiar creencias limitantes, algo íntimamente relacionado con mi curso.

Toda esta circunvolución acerca de los clichés es para hablar de uno de ellos: nadie aprende tanto como cuando enseña. Si quieren también pueden llamarle meme, una idea preestablecida y que de tanto ser repetida quienes la oyen, sin siquiera cuestionarla, toman por cierta. Sí, seguro que hay profesores tan seguros de lo que saben que ni por error revisarán su cátedra pero no es mi caso. En el momento en que alguien me dice “queremos que dictes un curso de este tema” yo empiezo a recopilar mentalmente las fuentes que revisaré para preparar lo que debo enseñar. Cuando Catalina me mencionó el tema yo me armé de libros, artículos, audios y videos de varios autores para sacar lo mejor de todo, para dar el curso que a mí me gustaría recibir.

Coqueteos intelectuales

En 2014 yo, otra vez, no estaba contenta con el trabajo que tenía. Trabajaba en una revista de arquitectura, diseño y decoración que parecía el trabajo de mis sueños. La dicha que sentí al comienzo de ese ciclo había sido efímera y superficial. Que me pagaran por escribir artículos cada vez más cortos y de temas que me tenían sin cuidado, no me hacía sentir afortunada, por eso cuando la directora de la publicación me dijo que lo nuestro no estaba resultando no me sorprendí y sentí alivio. La pregunta “¿ahora qué voy a hacer?” era inevitable y la abracé con ganas.

Me gusta decir que llego a las fuentes que necesito sola, pero esto no es cierto, al menos no del todo. En algún momento muerto, cuando creía que lo mío era dedicarme a ser administradora de redes sociales, o community manager, como le dice la gente cool, tragué tantos artículos como pude del tema. En uno de esos atracones encontré un informe anual que hacía o hace, ahora estoy desactualizada, Technorati acerca del estado de la blogósfera, es decir acerca de lo que se hace con los blogs, especialmente en inglés. Así llegué a una red social para profesionales jóvenes – Brazen Careerist—que a su vez me llevó a The Unlost, el blog de una chica estadounidense a quien recuerdo porque en algún punto de su búsqueda dijo algo así como que cuando renunció a un trabajo sintió que si le hubiesen ofrecido quedarse porque iban a pagarle un millón de dólares de todos modos habría renunciado, porque tenía la certeza de que estar ahí no era lo que quería hacer. Esa mujer tiene unos momentos de luz excepcional, además cita sus fuentes, detalle harto interesante para mí.

Sintiéndome no-perdida, que sería mi traducción de “unlost”, porque al menos sabía lo que no quería, que no equivale a saber lo que se quiere, pero a eso llegaré luego, me propuse leer todas las entradas de su blog para sentirme todavía menos perdida. Estuve haciendo este ejercicio durante varios días hasta que encontré eso que buscaba pero que no sabía que buscaba: The purpose of your life de Carol Adrienne, un libro que llevo más de dos años leyendo y que retomé para preparar mi curso acerca de la abundancia.

El libro de Adrienne no es difícil en sí, tampoco se trata de que me demore más porque, ya que puedo, lo estoy leyendo en inglés. El libro es lento de leer si te lo tomas en serio, justo como lo he hecho yo. Es un manual mezclado con historias de personas que sienten que han hallado su camino. La autora escribe muy bien y además es sincera. Cuenta cómo se equivocó al interpretar sincronicidades, describe sus miedos y hasta sus enfermedades lo que, a mis ojos, le da más credibilidad. Los ejercicios, aunque parecen sencillos son poderosos, por eso quiero incluirlos o versiones similares en este curso que estoy por dictar. Y cuando digo que los ejercicios son poderosos es porque los he practicado y no me han dejado igual. Completarlos me ha obligado a cuestionarme, a descubrir mis motivaciones ulteriores y a confrontar a mi sombra, a reconocerla no sólo como mi talanquera principal sino también como una de mis fuerzas mayores.

Está clarísimo, al menos para mí, que hasta aquí no llegué sola. El hecho de que haya encontrado estos materiales por mi cuenta no significa que todo sea mérito mío. Las personas que hicieron el estudio en Technorati, las que administran o administraban Brazen Careerist y Therese Schwenkler, autora de The Unlost fueron señales que seguí para llegar a este punto.

Autores y más autores

Entre quienes me conocen es más o menos sabido que cuando limpio mi casa oigo radio, podcasts para ser más precisa. La costumbre comenzó en otro viaje y en otro momento difícil. Quería quedarme a vivir en Uruguay pero las circunstancias no eran propicias. Acababa de visitar Piriápolis, ciudad alquímica, y obnubilada por ese lugar, quería saber más de él.

Busqué algo en internet y lo que salió fue un podcast de, mi ahora amigo, Gustavo Fernández. Su lenguaje vintage y su rigurosidad investigativa eran lo mío. Lo empecé a oír en 2011 y no dejé de hacerlo. Ivoox, la plataforma en la que encontré sus audios se transformó en una de mis fuentes favoritas de información. Por ahí y por sus recomendaciones encontré otras joyas en español de la mano de Milenio 3, pero para no irme de tema diré que allí mismo, en Ivoox encontré a Joan Antoni Melé, un conferencista y banquero español. Una de sus conferencias acerca de la prosperidad y la responsabilidad social resonó en mi cabeza mientras hablaba con Catalina. Quería incluir algunos de sus pensamientos en el material que estaba preparando, así como algunos del curso de energotonía de Gustavo Fernández, por eso empecé a revisar este material, a releerlo junto al de Carol Adrienne y otros más de Brené Brown. Ya estaba armada y me sentía muy satisfecha. Tenía todo lo que necesitaba para repasar mis conocimientos, para adquirir otros y honrar así el voto de confianza que me habían dado, pero todavía no habían llegado los dolores y para dar ese curso de abundancia desde el corazón y no sólo desde la razón fría eso hacía falta.

***

Parte del material de Joan Antoni Melé que he consultado es:

Dinero y consciencia

Libertad sin miedo

Diario de la abundancia – Parte cuatro

Ya estaba claro que seguía viviendo en Bogotá, todo se había acomodado sin esfuerzo para que dictara mi taller de plantas y sueños y durante los preparativos había conocido a dos mujeres especiales. Una de ellas me abría la puerta, poniendo en práctica su vocación, a un cambio interno que yo no planeaba.

Hace poco hice un amigo nuevo al que, recién conocí, le dije que quería cambiar mi vida, no porque estuviera rota sino porque sabía que podía estar mejor.

Desde hace unos años adopté la filosofía del agradecimiento, agradezco absolutamente todo, incluso las situaciones difíciles con las que me cruzo porque estoy convencida de que, a su modo, me están librando de dolores más hondos. No me quejo de los días lluviosos y me esfuerzo para escuchar el silencio de mi cuerpo sano. Pero tampoco me engaño.

Leyendo la autobiografía de Carl Gustav Jung, después de varios intentos fallidos, entendí que cuando todo está bien algo no está bien, que cuando te acomodaste te moriste y como yo quiero vivir tan intensamente como pueda, me preparé para la mudanza emocional.

En el segundo semestre del 2015 tomé la decisión de ir a Europa, no con tanta fluidez y confianza como había tomado la de viajar a Brasil en 2013, pero lo que cuenta es que la tomé. En las dos ocasiones sin que metiera mucha mano todo se organizó para que pudiera viajar. Los contratos que necesitaba aparecieron, incluso alguno sin que lo buscara, y en abril estaba decidida a, otra vez, cambiar de profesión.

La primera señal que me avisaba que iba por buen camino fue un encuentro fortuito que tuve en marzo de este año, justa y precisamente cuando acababa de dictar una versión primigenia de mi taller de plantas para dormir y soñar, ese que nació con un comentario suelto, mientras hablaba con mis amigos de Templo Té. En algún momento les había dicho algo así como “deberíamos armar un taller de esto”, sabiendo bien que el taller lo iba a dar yo pero que ellos generosamente me iban a abrir, otra vez, las puertas de su salón para que lo hiciera allí.

Sin más elegimos fecha, hicimos promoción y yo pasé una tarde genial hablando de plantas, ayudando a preparar infusiones y relatando mitos. Al final, cuando el salón comenzaba a llenarse me apuré, con uno de los empleados, a levantar todos los materiales para dejar libres las mesas por las que ya esperaban algunos clientes. Estando en ese ajetreo oí que alguien me llamaba pero ignoré la voz. El llamado se repitió y esta vez sí volteé a mirar para saber quién era. Vi una mujer que me resultaba algo familiar, pero no era capaz de conectar el rostro con ningún nombre. Estaba en las nubes, feliz, completa, pletórica y ese llamado estaba muy fuera de lugar. Cuando por fin la reconocí le dejé mi celular, mi kindle y los apuntes del taller como promesa de que en unos minutos, cuando la situación fuera menos caótica, volvería para hablar con ella. Y así lo hice.

La mujer era una ex compañera de universidad. Con ella había asistido al curso que tomé para recibir mi grado de psicología. Calculo que no la veía desde hace 10 años, pues luego fue colega mía cuando dicté clases en una universidad. Me senté y nos contamos un poco de nuestras vidas. La sonrisa enorme seguía en mi rostro. Ella hablaba para mostrar su posgrado, para adornar su trabajo corporativo y para realzar los viajes que había hecho su hijo, ya en sus veinte. Y yo no envidiaba nada de eso. Yo no deseaba nada más. Yo estaba en paz. Ese momento había sido como la llamada que te hace un profesor para que rindas un examen al frente de toda la clase y yo había obtenido la mejor calificación posible.

La transfusión de felicidad que recibí ese día no sólo me iba a durar varios meses sino que me había dado la claridad que llevaba casi dos años buscando acerca de qué quería hacer, de hacia dónde quería mover mi vida.

Después de ese encuentro, que terminó con un intercambio puramente social de números telefónicos, supe que eso que ya no me movía el corazón no me lo iba a mover más, al menos no en el futuro cercano. No quería volver a escribir artículos acerca de materiales de construcción ni entrevistar a médicos para rendirle informes a la industria farmacéutica. Lo que quería era comenzar a comprar cajas metálicas para guardar hierbas, hierbas para secar, cristales para limpiar y cuando material se me cruzara por delante para compartir lo que sé. Ese día hablando con esa ex compañera supe que iba a hacer eso ahí, en el salón de té, o donde estuviera. Esa certeza era otra expresión de abundancia.

Diarios de la abundancia – Parte tres

¿Tú también vas a la plaza de mercado?

En la charla que di en julio surgió la idea de ir a la Plaza de Mercado Samper Mendoza, un lugar mágico y particular de Bogotá en el que, de noche, se comercializan plantas aromáticas y medicinales. Envalentonada por el espaldarazo que me había dado la vida, me apuré a organizar el evento.

Sin saber muy bien qué o cómo lo hice, la visita empezó a tener una difusión inesperada. Incluso una emisora de radio local me llamó para que hablara de ella. Supongo, porque en el momento no fui consciente, que otra vez estaba en la sintonía emocional adecuada y por eso muchas personas se antojaron de ir. Las cifras decían que más de 250 personas irían a la plaza, pero como una cosa es lo que dice la gente y otra muy diferente la que hace, sabía que no llegarían tantas. Por las dudas, evalué varias rutas antes de esa noche para decidir cuál sería la más corta y segura. La seguridad al final no fue un problema. Éramos alrededor de 70 personas felices como hippies entusiasmadas con una idea simple y sencilla: visitar un pedazo de campo dentro de la ciudad. Sin embargo como el trabajo de sintonizarse con lo que dice el corazón es algo para toda la vida, no todo siguió cuesta arriba.

Si bien ese día promocioné el primer taller que daría en Bogotá, repartí tarjetas improvisadas y me animé a pedir propinas por mi trabajo, a pesar de la vergüenza y del miedo al qué dirán, volví a ser presa de los demonios.

Caminar, escribir y leer

A veces parece que todo lo quiero resolver caminando, escribiendo y leyendo, y en parte por eso aquí estoy.

Después de ver a tantas personas interesadas en temas que me fascinan sentí miedo a no llenar las expectativas ajenas y a no ser capaz de inspirar de nuevo interés en mi trabajo. Sentí miedo pero en lugar de dejar que las dudas me apretaran otra vez, di el paso. Fijé otro objetivo aprovechando la energía acumulada.

Después de que le aclarara a Catalina, una yerbatera urbana, que no vivo en Cali, ella me planteó la idea de dar el curso de plantas y sueños aquí, a lo que dije sí de inmediato. Lo que seguía era elegir una fecha. Escogí un fin de semana que no estuviera seguido por un lunes festivo, publiqué el evento y dejé el lugar por confirmar. Confié en que todo se acomodaría sin que hiciera mucho esfuerzo y así fue. Aclaro acá que cuando “suelto” la controladora que hay en mí se frunce y mucho. Muchísimo. ADORO, A-DO-RO saber hasta el último detalle de lo que voy a hacer para tener una sensación falsa de seguridad, de que voy a poder resolver cualquier cosa que salga mal, pero como cada vez soy más consciente de que es una creencia falsa, de que es un cuento que me echo para sentirme menos vulnerable, solté y el Cosmos respondió.

Pregunté públicamente a las personas interesadas en mis eventos pasados si sabían de un sitio relativamente tranquilo donde pudiera dictar mi curso. Recibí alrededor de una decena de respuestas y envié mensajes preguntando más acerca de las alternativas. No pasé horas y horas tratando de averiguar cuál era la mejor y de todos modos di con el lugar perfecto, con el que quería, el espacio donde trabaja Victoria, una terapeuta de medicina tradicional china. La información de lo que enseño y del modo en que lo hago había llegado a ella a través de otra mujer que ya había visto mi trabajo. Ella, como si fuese mi representante, le “vendió” la idea a Victoria, que la compró de inmediato. Curiosamente todos los avances y preguntas que hice para intentar alquilar otros lugares no llegaron a buen puerto, sin embargo los hechos ya estaban acomodados para que yo no dejara de caminar.

De nuevo con la yerbatera

De Catalina ya me habían hablado antes. Alguien la mencionó en la visita a la plaza y también sabía de ella por un grupo de hierbas medicinales que hay en facebook. Aunque habíamos intercambiado varios mensajes no habíamos podido encontrarnos por nuestras ocupaciones, pero ella que dice de sí misma que es especialista en abrir ciclos y puertas las dejó así, abiertas y yo finalmente las encontré para entrar.

En nuestra primera reunión me habló de Sembrando Barrio, el proyecto en el que trabaja y de cómo yo podría apoyarlo compartiendo otros de mis saberes. Acabábamos de conocernos y ya estábamos tirando ideas para trabajar juntas.

Una de esas ideas fue hacer un taller acerca de cómo tener una relación sana con la plata. La planteamos en términos muy generales. Yo, que con el tiempo he aprendido a verme con el amor que sienten mis amigos por mí, supe que sí, que si siempre he encontrado el modo de conseguir lo que quiero, también podía dictar ese taller. Lo que no sabía ni sospechaba era la intensidad del movimiento que estaba a punto de generar.