Regalar satisfacción

primer plano de postre con fresas brownie, azúcar pulverizada y fresas

WilliamMarlow

Aunque en los dos días pasados no publiqué nada, a pesar de haber dicho que lo haría, no dejé de pensar en el equilibrio, en la consciencia y en los sueños. Pensé en cómo la sensación de satisfacción estomacal, en particular, y el equilibrio, en general, es una realidad tan efímera y esquiva.

Sé bien que me expongo a ser tildada de aburrida y aguafiestas por intentar levantar la bandera de la mesura cuando medio mundo está dedicado a la delicia de la gula y a los excesos con el trago, mas tampoco voy a negar que me he esforzado para aprender, indigestiones mediantes, que la consciencia a la hora de comer es crucial.

Todavía tengo recuerdos ácidos de un paseo familiar en el que tuve que echarle mano a todo mi autocontrol, mientras viajaba en la parte trasera de una camioneta, para no rendirme a las náuseas después de haber comido de más por hacer caso a madres que decían: “nos vamos a comer todo lo que trajimos. No vamos a dejarles nada a los cuidanderos de la finca porque no nos atendieron como nos merecíamos.” Siguiendo esa instrucción estúpida, buscando dañar a otros nos dañamos a nosotros mismos.  ¿Te suena familiar? ¿Y qué tal si hablamos de las pesadillas que provoca la indigestión? A esas es mejor olvidarlas sin ni siquiera intentar interpretarlas.

La llenura, comer hasta casi explotar o simplemente hasta que las náuseas asoman es muy de la cultura occidental. Es como si gozáramos diciendo “todo lo que no me gusta puedo resolverlo comiendo”. El colmo llega hasta a las mascotas. Gatos alimentados con abundancia mórbida que los transforman en almohadas con patas. Prefiero no hacer generalizaciones, pues cada caso es distinto, pero está claro que en muchas ocasiones se busca una desconexión de la realidad, una distracción de las durezas de la vida y nada mejor que enfermarse gozando para justificar un día de convalecencia viendo películas idiotizantes y evadiendo responsabilidades, hasta recuperar las fuerzas necesarias para la siguiente indigestión.

La satisfacción, esa sensación de haber comido lo justo para alimentar al cuerpo sin perturbar al espíritu, ingerir la cantidad de comida que nutre pero no avasalla, es una rareza en nuestros días. Son más los que comen pensando en el trabajo pendiente o en las cuentas que hay que pagar, que aquellos dedicados a adivinar si esa especia que tocan con la lengua es eneldo o albahaca. La conexión con nosotros mismos es una lucha constante, una batalla que no todos están dispuestos a dar, de ahí que tantos se rindan a la santa competitividad, subordinada de la diosa economía, sin importarles si eso implica recibir directamente heridas en forma de úlcera, colon irritable y demás consecuencias derivadas de la cualidad de comer rápido y sin chistar.

Hoy y siempre abogo por los almuerzos largos, por la entrada, el plato fuerte, el postre, el café o el té, todo bien preparado, en medio de conversaciones largas, divertidas e inteligentes, quizás otra especie en vías de extinción; junto a personas queridas que valoren realmente el ritual completo y profundo de una comida.

 

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