Primer paso: Limpiar los cristales

No sé cómo lo aprendí, sólo sé que lo aprendí y que cada cierto tiempo “les doy vacaciones” a mis piedritas. Les doy su propio tratamiento de spa para que sigan cumpliendo su trabajo mientras me acompañan.

Para mí no sólo las plantas están vivas, las piedras también. No se trata de que evite a toda costa pisar el pasto o de que cada vez que veo una piedra en el camino la salude, se trata de que me gusta tratar con respeto a los seres que siento vivos y vulnerables, de ahí mi relación con las piedras o cristales, como prefieren llamarles algunos.

Muchas personas se enfocan sobre todo en el tema de para qué sirve cada piedra. Saben que el jaspe es útil para reforzar la conexión con la tierra, el cuarzo blanco o transparente (también conocido como cristal de roca) para alejar las vibraciones negativas y el cuarzo rosa para atraer el amor de pareja, sin embargo es muy frecuente que esas mismas personas sepan poco de cómo crear una relación amistosa con sus cristales. Y eso comienza con una limpieza apropiada.

Lo primero que se debe hacer antes de programar, llevar siempre consigo o situar un cristal o piedra especial en un altar es limpiarla físicamente, algo que no tiene mucho misterio. Esto se puede hacer con jabón común para lavar platos, jabón de tocador o detergente. En general las piedras no suelen estar muy sucias, por eso no es necesario tallar, restregar y fregarlas con un cepillo ni mucho menos con productos fuertes como blanqueadores o líquidos para hacer limpieza industrial. Yo, sin embargo, prefiero hacerlo con un producto común y suave: bicarbonato de sodio.

Una taza de agua tibia y una cucharadita de bicarbonato de sodio son suficientes para limpiar 4, 5 cristales de 3 ó 4 centímetros de diámetro. La mezcla al ser suave puede ser manipulada sin guantes, característica que permite que se las lave directamente con las manos lo que, en mi opinión y experiencia, refuerza el vínculo que se crea con ellas. Sentirlas con la piel ayuda a conocerlas mejor, a observar grietas, texturas y vibración particular. Una vez terminada la limpieza física se puede pasar a la limpieza energética.

Los métodos que conozco son dos, uno, el que prácticamente nunca llevo a cabo, es dejar la piedra en la nevera/heladera durante 24 horas. Al final de este periodo estará lista para el uso elegido. Este procedimiento me parece frío, no por las razones obvias, sino porque en él interviene una máquina, que está muy bien para hacernos la vida un poco más sencilla pero no tanto para trabajar con campos sutiles y delicados, por eso es que prefiero la segunda alternativa.

Todo lo que se necesita para limpiar un cristal es agua corriente y sal marina, pero acá quiero incluir algo que aprendí hace poco: toda la sal, en últimas, es marina. Puede que haya sido sacada de una mina, refinada y luego vendida para el consumo humano, pero si vamos más atrás, en la historia del planeta, este mineral estuvo alguna vez en el mar primigenio que dio origen a toda la vida en la tierra. Con esto comprendido, se sabrá que si no hay sal marina a mano, cualquier sal de mesa es buena para la limpieza de un cristal.

Las cantidades que uso para limpiar 4 ó 5 cristales de las dimensiones que describí más arriba son más o menos las mismas que uso para el bicarbonato de sodio: una cucharadita de sal disuelta en una taza de agua en la que sumerjo las piedras que quiero limpiar. Las dejo ahí durante 24 horas (más si se me olvida sacarlas), cerca de alguna planta, para que los elementales de unas y otras conversen entre sí y se diviertan, y, cuando tengo ocasión, cerca de una ventana, así entra la luz del sol y de la luna, cuando está visible, a saludar y a completar el proceso.

Lo último que hago no es tan poético ni mágico. Saco las piedras del recipiente en donde estuvieron sumergidas en agua salada, las juago bajo el grifo de la cocina o del baño y las seco con un paño limpio, mejor si es nuevo, así se sienten privilegiadas y no como un trasto más de cocina. Si voy a llevarlas conmigo como amuleto o talismán las pongo en una bolsita especial, si no, las dejo tomando el sol en la tierra de alguna planta. Ya cuando las voy a usar las quito de ahí y las pongo en una bolsa para llevarlas a dar clases, talleres, conferencias, etc. A estas les tengo una consideración especial pues pasan de mano en mano recibiendo y percibiendo energías revueltas y desconocidas. A las otras, las que uso para mis ejercicios personales, las mantengo fuera del alcance de extraños y sólo en algunas ocasiones las muestro a familiares y amigos, siempre bajo la condición de que se comporten ante ellas como en un museo que exhibe tesoros: pueden mirar pero no tocar. Este último grupo de cristales en pocas ocasiones recibe el tratamiento que describí. Suelo llevarlo a cabo cuando quiero darles un descanso del trabajo que hacen constantemente, cuando quiero agradecerles de un modo especial por todos los beneficios que me traen al acompañarme a diario.

El próximo artículo que quiero escribir es acerca de cómo organizar un experimento onírico, qué funciona y qué no. Si quieres saber más puedes suscribirte a mi lista de correo a través de esta página.

jaspe, amatista, ametrino, crisocola y adularia sobre tierra de una maceta

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