Diario de la abundancia – Parte uno

El desarrollo interior es algo extraño. Cuando crees que ya aprendiste alguna lección te encuentras de nuevo con el mismo tema para descubrir que sólo superaste un nivel. Al menos eso que casi habías olvidado te servirá para ir más allá, ese lugar que sólo descubres avanzando.

El año pasado por fin entendí un sueño que me visitaba frecuentemente. Me comunicaba que los cambios que deseaba en mi vida dependían de mis acciones y no de las de terceros. Ahora parece una verdad que salta desde estas líneas, pero en ese entonces seguía engañada. Ilusionada esperaba que un hada madrina se manifestara a través de un cliente ofreciéndome el contrato ideal para escribir una serie de textos de los temas que me interesan pero, muy previsiblemente, eso no pasó.

En un momento de semilucidez entendí que tenía que dar un paso en la dirección en la que quiero que vaya mi vida. Para mostrar las habilidades profesionales que he adquirido y cómo puedo aplicarlas en temas que me interesan, hice un análisis de las creencias que impiden que la gente experimente abundancia. Buscando un poco encontré un blog dedicado a la ley de atracción en el que se les preguntaba a los lectores por qué creían que no tenían abundancia en sus vidas. La cantidad y la calidad de las respuestas era lo que necesitaba para llegar a conclusiones puntuales. El resultado fue una presentación acerca de las creencias limitantes más difundidas. El material fue usado al menos una vez por un amigo que dicta cursos de autodefensa psíquica y otro temas, pero no atrajo ningún cliente interesado en que hiciera un estudio similar para evaluar los productos o los servicios de su empresa. Estaba avanzando pero todavía no tenía la información necesaria para conectar los puntos.

Mira el miedo a los ojos y actúa

Valentía, o estupidez, dependiendo de quién sea el juez, no es actuar en ausencia de miedo, es hacerlo incluso cuando lo que quieres es irte corriendo al baño para llorar, y eso fue lo que hice en junio pasado.

Antes de irme a Europa, un viaje con el que había soñado durante mucho tiempo, sentía la necesidad de cambiar aunque en teoría ya hacía todo bien. Aunque había cambiado de carrera cuando había querido y había logrado que me pagaran por aprender, por leer y por escribir tenía la sensación de que todo eso no era suficiente. No era codicia, era que ya me daba igual si un cliente quería una revista para vender más pinturas o para promocionar empanadas. Mi corazón estaba en las plantas y en los sueños. Con esa certeza comencé a comprar latas para guardar plantas secas, sabiendo que a mi regreso iba a enseñar lo que sé y me enamora. Cómo iba a hacerlo o de dónde sacaría la plata eran detalles de los que me encargaría a mi regreso.

Vamos a la feria

Poco después de que volviera a Bogotá, cuando las deudas me presionaban para trabajar en lo que ya no creía, se organizó una feria de productos y servicios holísticos con un espacio para dar charlas. Para tener acceso a él había dos opciones: pagar o no pagar. Viendo el estado indeseado de mi bolsillo envié un par de propuestas y dejé en manos de los responsables del evento la decisión de incluirme o no en el programa. Y resultó. Estando allí descubrí que en lugar de darme una hora para hablar me habían dado dos, además modificaron el título de mi curso, que adopté por ser más breve y sonoro: Plantas para dormir y soñar. A pesar de algunos contratiempos pude enseñar lo que me apasiona. Los asistentes lo notaron y hasta hubo alguna mujer que me dijo que me amaba por haberle mostrado lo que sabía y de plata… pues plata no recibí, pero justo ahora me doy cuenta de que no pagué por lo tanto no estaba en posición de recibir, al menos no todavía.

Desde que llegué sentía la necesidad de seguir viajando, por hice pública la idea de dictar mi curso en Cali. Desde antes de elegir esa ciudad como el lugar en el que empezaría esta etapa nueva sabía que no sería fácil aunque tampoco imposible. Dictarlo en Bogotá, como después lo comprobé, no representaba ningún reto y yo necesitaba imponerme uno y superarlo para convencerme de que tenía lo que hace falta para seguir adelante. La situación me daba miedo porque en ese punto estaba viviendo de mis ahorros y los contratos que me quedaban eran insuficientes para llegar a fin de año. Si nadie se inscribía a mi curso mi bancarrota, además de dolorosa, sería inminente. Tenía miedo, pero de todos modos avancé.

El curso no tuvo lleno total pero sí alcancé el punto de equilibrio. Visto desde la perspectiva del aprendizaje estuvo buenísimo. Ese fin de semana me reencontré con amigos a los que adoro, conocí a una mujer maravillosa e hice parte de una sincronicidad para la que hubo testigos. A pesar de mis miedos regresé a la ciudad sin verme obligada a pedir plata prestada y siendo protagonista de un rumor.

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