Diario de la abundancia – Parte cuatro

Ya estaba claro que seguía viviendo en Bogotá, todo se había acomodado sin esfuerzo para que dictara mi taller de plantas y sueños y durante los preparativos había conocido a dos mujeres especiales. Una de ellas me abría la puerta, poniendo en práctica su vocación, a un cambio interno que yo no planeaba.

Hace poco hice un amigo nuevo al que, recién conocí, le dije que quería cambiar mi vida, no porque estuviera rota sino porque sabía que podía estar mejor.

Desde hace unos años adopté la filosofía del agradecimiento, agradezco absolutamente todo, incluso las situaciones difíciles con las que me cruzo porque estoy convencida de que, a su modo, me están librando de dolores más hondos. No me quejo de los días lluviosos y me esfuerzo para escuchar el silencio de mi cuerpo sano. Pero tampoco me engaño.

Leyendo la autobiografía de Carl Gustav Jung, después de varios intentos fallidos, entendí que cuando todo está bien algo no está bien, que cuando te acomodaste te moriste y como yo quiero vivir tan intensamente como pueda, me preparé para la mudanza emocional.

En el segundo semestre del 2015 tomé la decisión de ir a Europa, no con tanta fluidez y confianza como había tomado la de viajar a Brasil en 2013, pero lo que cuenta es que la tomé. En las dos ocasiones sin que metiera mucha mano todo se organizó para que pudiera viajar. Los contratos que necesitaba aparecieron, incluso alguno sin que lo buscara, y en abril estaba decidida a, otra vez, cambiar de profesión.

La primera señal que me avisaba que iba por buen camino fue un encuentro fortuito que tuve en marzo de este año, justa y precisamente cuando acababa de dictar una versión primigenia de mi taller de plantas para dormir y soñar, ese que nació con un comentario suelto, mientras hablaba con mis amigos de Templo Té. En algún momento les había dicho algo así como “deberíamos armar un taller de esto”, sabiendo bien que el taller lo iba a dar yo pero que ellos generosamente me iban a abrir, otra vez, las puertas de su salón para que lo hiciera allí.

Sin más elegimos fecha, hicimos promoción y yo pasé una tarde genial hablando de plantas, ayudando a preparar infusiones y relatando mitos. Al final, cuando el salón comenzaba a llenarse me apuré, con uno de los empleados, a levantar todos los materiales para dejar libres las mesas por las que ya esperaban algunos clientes. Estando en ese ajetreo oí que alguien me llamaba pero ignoré la voz. El llamado se repitió y esta vez sí volteé a mirar para saber quién era. Vi una mujer que me resultaba algo familiar, pero no era capaz de conectar el rostro con ningún nombre. Estaba en las nubes, feliz, completa, pletórica y ese llamado estaba muy fuera de lugar. Cuando por fin la reconocí le dejé mi celular, mi kindle y los apuntes del taller como promesa de que en unos minutos, cuando la situación fuera menos caótica, volvería para hablar con ella. Y así lo hice.

La mujer era una ex compañera de universidad. Con ella había asistido al curso que tomé para recibir mi grado de psicología. Calculo que no la veía desde hace 10 años, pues luego fue colega mía cuando dicté clases en una universidad. Me senté y nos contamos un poco de nuestras vidas. La sonrisa enorme seguía en mi rostro. Ella hablaba para mostrar su posgrado, para adornar su trabajo corporativo y para realzar los viajes que había hecho su hijo, ya en sus veinte. Y yo no envidiaba nada de eso. Yo no deseaba nada más. Yo estaba en paz. Ese momento había sido como la llamada que te hace un profesor para que rindas un examen al frente de toda la clase y yo había obtenido la mejor calificación posible.

La transfusión de felicidad que recibí ese día no sólo me iba a durar varios meses sino que me había dado la claridad que llevaba casi dos años buscando acerca de qué quería hacer, de hacia dónde quería mover mi vida.

Después de ese encuentro, que terminó con un intercambio puramente social de números telefónicos, supe que eso que ya no me movía el corazón no me lo iba a mover más, al menos no en el futuro cercano. No quería volver a escribir artículos acerca de materiales de construcción ni entrevistar a médicos para rendirle informes a la industria farmacéutica. Lo que quería era comenzar a comprar cajas metálicas para guardar hierbas, hierbas para secar, cristales para limpiar y cuando material se me cruzara por delante para compartir lo que sé. Ese día hablando con esa ex compañera supe que iba a hacer eso ahí, en el salón de té, o donde estuviera. Esa certeza era otra expresión de abundancia.

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