Diario de la abundancia – Parte nueve

Reacción en cadena

Hacer cosas con las manos siempre se me ha dado bien. De niña, sin importar si moldeaba arcilla, plegaba papel o cosía, mis artesanías sobresalían. Ahora, de adulta, he descubierto que no sólo me salen bien tareas que demandan motricidad fina sino que tienen un efecto añadido: mientras las hago el mundo se detiene, por lo que el acto cotidiano se convierte en meditación.

En parte por este gusto por las manualidades y en parte porque disfruto jugando los actos psicomágicos −tomando prestado el término de Alejandro Jodorowsky− me parecen herramientas fantásticas para enviarle tus recados al universo. Sí, ya sabemos que hacemos parte de él, sí, siempre estamos conectados con él pero también sí, a cada rato olvidamos que nos escucha, sobre todo cuando no logramos conectar emoción y deseo.

En distintas épocas de mi vida he experimentado con mapas de los sueños, como se le llama comúnmente a los collages de imágenes que representan las metas deseadas, pero también con otros juegos mágicos que me han acercado a las realidades que he querido manifestar. Una de ellas la aprendí recientemente a través de Corbera, aunque él mismo relata que la aprendió de Napoleón Hill. El ejercicio va así: en el centro de una hoja escribes la cantidad que quieres ganar mensualmente, luego escribes alrededor las acciones que te llevarán a obtener esa suma: contratos que se están gestionando, el local nuevo que quieres abrir, la feria a la que quieres asistir, etc. Cada una de esas alternativas representa una punta de una estrella que alimentará tu objetivo. Para contrarrestar las limitaciones y la falta de confianza, escribes “y mucho más” cerca de la cifra central, además, en un lugar preponderante, escribes “sabiduría para gestionar toda esta abundancia”.

Ejercicios como este ayudan a enfocar intenciones y energías, pero no sirven de nada si son otro síntoma de una obsesión más que una expresión de confianza. Es como cuando le pido a alguien un favor y ese alguien acepta, pero yo sigo martillando con lo mismo. Si sé que lo va a hacer no necesito repetir la petición. Con el Cosmos es parecido. Si pides con certeza, convencido de que lo tuyo ya está, de que ya existe y que sólo es cuestión de tiempo-espacio para llegar a ello no necesitas pensar en tu meta todo el día ni hacer de ella un mantra.

Cuando hice el ejercicio de la estrella tenía muy claros los materiales que quería usar. Un papel especial para ponerle onda al ejercicio, unos bolígrafos metalizados para que quedara más bonito y así. Al final se me fueron horas coloreando todo para que las fuentes de ganancias tuvieran un efecto superpuesto sobre el papel, por lo que me olvidé de revisar si alguien me había enviado algún mensaje para solicitar mis servicios o comprar alguna de las plantas de lavanda, que vendí por esos días, y fue eso precisamente lo que pasó mientras dibujaba y coloreaba.

En algún momento suspendí el ejercicio, para comer o para ir al baño. Al regresar revisé mis mensajes y ahí estaba la primera de una serie nueva de señales confirmatorias. Una persona que antes había preguntado detalles acerca de los servicios que ofrezco quería concertar un encuentro conmigo, tan pronto como fuera posible, para consultar las cartas Lenormand.

La estrella con las fuentes de ganancia la hice un domingo y el lunes siguiente tenía una reunión con soñadores principiantes. Esa noche, en medio de una vibra alucinante, el trabajo que mi contertulio y yo estamos haciendo para que las personas se conecten con el mundo onírico, fue reconocido de modo material cuando algunos de los asistentes pagaron lo que consumimos. Además de eso los bastones oníricos que llevé fueron comprados y un kit de herramientas oníricas fue separado sin que siquiera lo hubiese terminado.

Al día siguiente di la lectura de cartas concertada y en la tarde recibí un mensaje pletórico del consultante. Me escribía para contarme que el tema que habíamos tratado en la mañana había sido confirmado de forma contundente a través de una serie de correos que había recibido. Y cuando creía que ya era suficiente encontré otra señal pequeña pero muy significativa.

Ese mismo día, para seguir desafiando mis esquemas, fui a almorzar a un restaurante que me causaba mucha curiosidad. Siempre está lleno de negros, lo que para mí era señal de comida de mar deliciosa. No me equivoqué, además, por la generosidad de las porciones no pude terminar lo que pedí. En ese punto cuestioné mi reacción automática. Ya estaba intentando llamar la atención del mesero cuando recordé dos cosas: 1) en casa tenía comida preparada con antelación para la noche y 2) antes de regresar a ella quería consultar un libro en la biblioteca, entonces ¿cuál era el motivo real de lo que iba a hacer?, ¿evitarme la tarea de cocinar? o ¿atragantarme con comida que no necesitaba para impedir que la tiraran?, o dicho de otro modo ¿me sentía culpable por una acción ajena que ni siquiera había ocurrido? Entonces hice lo único que me pareció coherente con el modo de vida que llevo ahora: pagué y di propina, convencida de que más abundancia estaba en camino y en minutos lo comprobé.

Para guardar tus cosas en los casilleros de la Biblioteca Luis Ángel Arango es necesario depositar una moneda de 200 pesos de las grandes. Cuando revisé mi billetera sólo tenía 150 en monedas, la alternativa era ir a comprar algo a la cafetería para que en el cambio me dieran la que necesitaba. Este pensamiento tardó lo que un relámpago, después de tenerlo llevé mi mirada al suelo. Tirada ahí estaba una moneda de 50 pesos de las nuevas, tan diminuta que parece diseñada para jugar Monopolio. La recogí y con el resto fui a la cafetería para pedirle al empleado que las cambiara por la de la denominación que me hacía falta.

Ese día recibí otra prueba más de que la energía también se había desbloqueado a niveles un poco más grandes. Después de esperar durante un rato largo una respuesta de Catalina, la yerbatera urbana, acerca de cuándo y dónde daría mi curso de abundancia, encontré un mensaje suyo con toda la información.

Replantearme esquemas y juicios morales no sólo me había servido para empezar a ver el mundo de todos los días como una realidad distinta, sino que con la modificación intencional de mi mentalidad estaba a punto de ver reacciones ajenas que parecían haber sido producidas por varitas mágicas o al menos por agentes del destino invisibles, al mejor estilo de la película The adjustment bureau.

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