Santa Compaña, Ánimas del Purgatorio y la Cruz en la baraja Lenormand

Desde hace un tiempo siento que canalizo mensajes del Otro Lado, y aunque
este hecho me daba mucho miedo he aprendido a aceptarlos y a limpiar el canal
de comunicación para evitar ser usada por presencias oportunistas. A pesar de
mis precauciones, que no son sino otra expresión de miedo humano, a veces
recibo revelaciones tan contundentes, que así no haya completado el ritual
previo para comunicarme con ángeles, devas, elementales o como quieras
llamarlos, no puedo dejar pasar. Uno de esos mensajes es el tema de esta
columna.

A principios del mes pasado se me ocurrió celebrar Halloween, pero pronto
cambié de parecer. Teniendo en cuenta que me siento más cercana al mito
español de la Santa Compaña y a que me guste o no tengo ascendencia en esas
latitudes, me pareció mejor dedicarle esa fecha a algunos de mis ancestros,
esos que he aprendido a reconocer a través de mi árbol familiar y que ahora
sé influyen en mí así no los haya conocido. Con este objetivo en mente empecé
a recoger relatos de la Santa Compaña, Halloween y otras leyendas.

Encontré historias más o menos conocidas relacionadas con el papel de Odín en
el panteón vikingo, encargado de recoger a los muertos en las batallas y de
reconocer a los mejores guerreros, sumándolos a su ejército personal, algo
similar a lo que pasa con Gotan y su furia nórdica, pero más allá de estos
relatos tan bellos como sangrientos, aunque también lejanos, aparecieron
figuras más cercanas y casi palpables: las Ánimas del Purgatorio.

Algunos las llamas las benditas o las Santas Ánimas del Purgatorio
refiriéndose en ambos casos a almas de muertos que no pudieron entrar
directamente al cielo ni al infierno. La tradición católica, dentro de la
cual fui criada, les otorga el poder de hacer milagros, sin importar cuán
difíciles sean, aunque, según me explicó mi abuela paterna, conceden todo
menos plata, dinero en metálico.

Mi primer contacto con esta figura viene por el lado materno. La anécdota que
recuerdo es así: Mi abuela Fabiola, la materna, era adolescente y un amigo le
pregunta si quiere aprender a manejar. Ella, que creció en una época en la
que eso no era muy común, una mujer manejando, acepta entusiasmada, el único
problema es que el carro con el que debe hacer sus primeras lecciones es un
camión. En un descuido, y por falta de cálculo, atropella a un hombre que
pierde el conocimiento y tiene que ser llevado a un hospital para que lo
atiendan. Fabiola, preocupadísima por el desenlace de la situación, se
encomienda a las Santas Ánimas del Purgatorio. Les reza pidiéndoles que por
favor hagan que el hombre se recupere por completo. Como en la mayoría de los
casos, o en todos los que he escuchado a la fecha, el pedido es concedido,
hecho que renueva la fe que mi abuela Fabiola tiene en las Santas ánimas del
Purgatorio.

Cuenta mi mamá que con el tiempo mi abuela siguió rezándoles, no siempre para
pedirles algo -ni siquiera sé si pidió alguna vez que la curaran del cáncer
que la llevó a la tumba- todo lo que sé es que ella seguía rezándoles y que
cuando dejaba de hacerlo oía golpecitos en la pared o en la cama, que
aprendió a asociar con recordatorios de las almas pidiendo sus rezos. Con
firmeza se dirigió a ellas diciéndoles que con mucho gusto les rezaría pero
que si lo olvidaba no se atrevieran a molestarla. ¿Lo cumplieron? No lo sé,
pero he oído más historias en que olvidos similares han causado, a juicio de
sus protagonistas, estruendos fuertes e inexplicables que de inmediato
asocian con el incumplimiento de una promesa a las Santas Ánimas del
Purgatorio. Sin embargo no siempre son tan escurridizas.

Hablando de este tema, un amigo que poco bromea con asuntos espirituales, me
contó que practica la costumbre de dejar monedas detrás de la puerta de
entrada a algún lugar como pago anticipatorio del favor que recibirá de las
Ánimas del Purgatorio. Afirmó que en una ocasión su protección fue tan
contundente y material que, tras haber dejado las monedas en la puerta de su
negocio, uno de sus clientes le dijo que había visto a uno de sus empleados
de pie y con los brazos cruzados al frente de la puerta, avistamiento que
ocurrió durante el día y cuando el local estaba completamente vacío. Este
amigo me explicó que el pago a las ánimas se completa al regreso, juntando
las monedas y poniendo el excendente necesario para pagar una misa en nombre
de estos seres en pena.

Cuando le conté a mi abuela Ana María, la paterna, esta historia me contó que
ella también había tenido un encuentro bastante palpable con las Ánimas del
Purgatorio. Una noche en la que dormía sola vio formarse un portal luminoso
en una de las paredes de su habitación, de él emergieron varias sombras que
rodearon su cama. Una se acercó más y le ofreció la mano que ella aceptó sin
temor. Al tacto era como la de un agricultor muy experimentado, áspera y
cubierta por callos. La figura hizo el gesto de querer decirle un secreto
pero sólo en ese momento mi abuela sintió miedo por lo que les dijo “si me
asustan no les rezo más”, así se quedó sin saber de qué se trataba la visita.
El único mensaje que recuerda es la petición grupal de rezar mucho, mucho.
Tras su protesta las ánimas salieron por donde entraron sin molestarla más.
Otra escena que recuerda, relacionada con las almas en pena, es una en la que
después de pedirles un ramo de fresias que no había tenido tiempo de comprar,
las encontró en la cocina de forma inexplicable, pues ninguno de los
familiares con los que vivía en ese momento le dio razón de la aparición de
las flores, tan bien escogidas y tan bien cortadas.

Y los testimonios de mi amigo y de mis abuelas son sólo unos pocos. En el
programa de radio Luna Blu de octubre de 2015, dedicado a este y otros temas
de misterio, los oyentes contaron varias historias más en las que la
invocación de las Ánimas del Purgatorio sirvió como escudo de protección en
momentos de peligro. Invocarlas no sólo impidió la ocurrencia de hechos
desagradables sino que los gamberros llegaron a ver acompañada a su víctima
potencial.

Santa compaña y la cruz de las cartas Lenormand

Ahora dejo de lado los avistamientos no tan etéreos relacionados con las
ánimas del purgatorio para centrarme en aquello que descubrí reflexionando y
canalizando.

La Santa Compaña, la Compaña o la Huestía, como también se le llama en España
a un fenómeno similar pero que suele verse en escenarios rurales, tiene un
aspecto característico: muchas veces va encabezada por un vivo. Las versiones
que se cuentan de la historia a partir de este detalle varían mucho.

Algunos dicen que esa persona a la que se ve viva morirá muy pronto, otros
afirman que lo hará en un año y que mientras tanto se volverá pálida,
comenzará a enfermarse de un modo inexplicable y perderá peso hasta llegar a
la tumba. Se advierte tambien, al contar esta historia, que el vivo o
cualquier otro integrante de la procesión intentará entregar algo al testigo,
una luz, una cruz o un envoltorio, a lo que se debe responder diciendo “cruz
tengo” o simplemente mostrando que se tiene las manos ocupadas, así sea con
piedras o palos recogidos a la vera del camino, pero ¿cuál es el significado
real de este gesto?

C. G. Jung el famoso psiquiatra suizo aprendió a interpretar los sueños de
sus pacientes y los propios estudiando mitología a fondo. En esta disciplina
encontró las bases para entender los códigos y las dinámicas de las escenas
creadas por el inconsciente, lo que le permitía responder las preguntas de
sus consultantes y descifrar los mensajes que intentaban comunicar los viajes
nocturnos. Yo, de un modo similar, pero mucho más modesto, menos metódico y
más inconsciente (quizás por esto mismo descubrí lo que descubrí) concluí que
ese vivo que encabeza la procesión de la compaña o que invita a cargar un
ataúd, como se cuenta en algunas regiones de Colombia, es un símbolo del
“tonto útil” o “idiota útil” de muchas familias.

El vivo que conduce a los muertos es un arquetipo del personaje que se echa
encima la cruz, las cargas, las responsabilidades, los problemas de su clan y
que por lo mismo enferma físicamente, envejece prematuramente y muere, aunque
muchas veces al último, pues su resistencia física y psicológica, de la que
todos abusan porque él o ella lo permite, hace que los entierre a todos. Tal
vez este personaje sea el mismo que tiene pulsiones tanáticas, ese que se
despide de todos preparándose de buena gana para la muerte porque la ve como
un descanso pero que, muy a pesar suyo, se queda esperándola durante años y
más años.

En la baraja Lenormand, de origen cristiano, como lo explica Rana George en
su libro The Essential Lenormand, la cruz simboliza justamente eso, las
preocupaciones, los problemas, las cargas con las que debemos andar por la
vida, esas que algunos sueltan y delegan tan tranquilamente mientras que
otros las asumen con rigor por temor o creyendo que es un deber indelegable.

Dejar ir y dar la bienvenida

El pasado 31 de octubre recordando todo lo que había leído, oído y visto
acerca de la Santa Compaña y las Ánimas del Purgatorio me animé a improvisar
un acto psicomágico con la decena de personas que respondieron mi llamado.
Usando salvia seca, tizas de colores y velas nos metimos en círculos
protectores y de poder, hicimos una limpia, despedimos a nuestros ancestros y
recibimos a los que están por nacer. Fue un encuentro bonito y equilibrado en
el que participamos todos, en el que nos apoyamos mutuamente, por eso creo
que, como reflejo de lo que debemos hacer en la vida, nos sirvió para asumir
responsabilidades sin aprovecharnos de nadie, porque hace falta recordar que
cuando no hago mi parte esta debe ser completada por alguien más, porque
nuestra presencia en este plano, en este planeta o como quieran llamarle
nunca es gratuita.

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