Adicción a ganar

Pachita ganaba plata porque sanaba, no sanaba para ganar plata, esa es la idea que leí de nuevo en el libro Psicomagia de Alejandro Jodorowsky y que me hace reflexionar de nuevo.

Esta vez no voy a defenderlo con toda la fuerza que hay en mis huesos. Leerlo después transitar durante varios años la dimensión onírica ha hecho que lo disfrute más pero también que lo critique más. Ya no paso por alto sus contradicciones, como cuando dice que las sustancias alucinógenas deben consumirse fuera de rituales chamánicos pero luego se escandaliza porque a los hongos se los comen con la pizza en Ámsterdam. Hoy lo que me causa comezón es otro asunto, la bendita abundancia.

Lo sé, parezco monotemática, quizás lo soy y no quiero aceptarlo. Veo señales y más señales de lo que se supone debo eludir pero sin encontrar muy bien aquellas de lo que debo abrazar, sin embargo sigo. La quietud me parece síntoma de muerte en vida.

Si no triunfas no existes

Recuerdo que el escritor argentino Martín Caparrós habló, en una entrevista que escuché hace años, de lo molesto que lo tenía la cultura del éxito. Se hace algo sólo para perseguir el éxito y si no se logra sólo queda una alternativa obvia: el fracaso. Él proponía movernos hacia la cultura del esfuerzo, a la idea de intentar algo por el esfuerzo, porque cuando intentas algo te transformas, más allá de si logras o no tu objetivo y la verdad es que esa propuesta resonó conmigo.

Desde niña he vivido bajo la premisa de que lo que haga debe ser rentable, de que si me dedico a algo debe darme lo suficiente para vivir y sé que no soy la excepción, como una tía mía que de niña aprendió a hacer “faldas” para sus muñecas. Agarraba pedazos de tela, los cerraba con costuras simples y ya estaban listas las prendas para Martica, Josefina y Antonina. Después de ese descubrimiento imaginó que se haría rica vendiendo faldas, pero al tiempo que no podía explicarse porque su madre no era millonaria si hacer plata era tan sencillo. Muchos años después otra niña, de otra generación caería en la misma tentación, creyendo que con sólo apuntar sus sueños de cada noche tendría listo el guión para rodar una película taquillera. Ese era su plan para hacerse rica de grande. Sin importar la idea o la fantasía que tuvimos en la infancia, todos los que crecimos en el mundo regido por el afán de ganancia económica hemos jugado con la creencia de que el dinero es igual a felicidad o, por lo menos, a la mitad de la felicidad.

Hace unas semanas hablaba de nuevo con una amiga que se autodenomina budista. Me decía que ha reevaluado el concepto de felicidad, que lo ha cambiado por el de gozo porque al final del día lo que cuenta es si fuiste capaz o no de gozar con lo que tienes a mano. Al margen de que a pasarla bien le llames felicidad o gozo, concluimos, otra vez, como todas aquellas en las que nos sentamos a arreglar el mundo, que hemos comprado, sin cuestionarlo mucho, un modelo de éxito que está demasiado ligado a la riqueza material. Para ilustrar el modo de vida al que aspiramos ahora, le hablé de un profesor de origami al que conozco, que a punta de plegar papel compró su casa, encontró el amor y vive tan gozosa y satisfactoriamente como puede. Su vida, claro está, no le interesa a los periódicos ni a los noticieros del mediodía, porque si el gozo no va acompañado de fortunas enormes no es noticia.

Y si no estamos en este mundo para hacernos ricos hasta límites casi inimaginables, entonces ¿qué hacemos? Para servir, eso creo. ¿A quién o cómo? No lo sé. Sigo buscando respuestas, pero por ahora me concentro en cambiar la mentalidad.

Vamos a hacer lo que más se venda

Me aterra y me asombra a partes iguales lo metida que tengo en la cabeza la idea de que debo hacer algo para ganar plata, que ese es el fin último y más respetable. Cuando tuve que elegir una carrera el que fuera capaz de encontrar un trabajo bien pagado basada en X profesión era una cuestión fundamental. En esa época a quien se le ocurría decir en público que quería estudiar Filosofía y letras o Educación Física se le miraba, sin falta, con la misma expresión que se suele dedicar a quien anuncia que tiene una enfermedad terminal. Intenté eludir esa presión pero no pude. Quería estudiar Literatura pero el sólo pensar en lo que diría mi mamá si pasaba el examen de una universidad pública hizo que nunca lo intentara en serio, pero al final ganó el corazón.

Hace un rato pensaba en que sin importar lo que haga vuelvo acá, a esto, a las letras. A veces dibujo, a veces recorto, a veces cocino, a veces me unto las manos de tierra y así según me dejo llevar por mis caprichos creativos, pero en todas las ocasiones vuelvo a esta actividad como medio de reflexión y de comprensión, para darle orden a un mundo deliciosamente caótico. Pero mis merodeos nunca son inocentes, o al menos no dejan de lado el tema de la ganancia económica.

Sin importar si estoy dibujando mandalas, jugando con cuentas de plástico o haciendo una lectura de tarot ellas, las tentaciones de la avaricia, siempre vienen a visitarme. Surgen turgentes, lubricadas y brillantes y hablan con preguntas como ¿podrías cobrar por esto?, ¿cuánto?, ¿a quién?, ¿hasta cuándo? El gozo intrínseco que proviene de la actividad en sí se ve turbado por el interés financiero, y no se trata de que esté mal pensar en de dónde saldrá la plata para pagar mis gastos, lo que nubla mis pensamientos es que ese interés se interpone, enturbia la alegría, la hace pasar a un segundo plano, uno en el que el disfrute, en el que la práctica de un don o de una virtud se transforma en una herramienta más para recibir monedas y billetes, capacidad que vista así no se diferencia mucho de un martillo o de una escopeta.

Cuando todo se reduce a cuánto puedo cobrar por esto o por lo otro no importa si estás pensando en abrir una tienda de postres o si estás considerando unirte a la mafia rusa, pero ¿qué pasa cuando tienes obligaciones duras como mantener una familia o pagar ese posgrado de un tema que te encanta y que apenas llevas por la mitad?, ¿largas todo y te dedicas a ser un hippie maloliente? No es tan sencillo, nunca lo es.

En este momento hablo con la tranquilidad que me da saber que tengo cómo cubrir mis gastos durante las próximas semanas, por eso también es vital para mí escribir este texto ahora y no dentro de quince días, pues para entonces es muy probable que ya piense distinto, que sienta distinto. En este punto tengo frescas las conclusiones a las que he llegado después de analizar mi historia como redactora de agencia de publicidad, más exactamente para la cuenta de un banco.

Decir, listo, adiós, me voy, es fácil cuando tienes medios para mantenerte pero cuando no el tema se complica por eso quiero ir más allá.

¿Lo dejo o sigo?

Ver la Divinidad en una situación es fácil cuando, por ejemplo, trabajas como profesora en un jardín de infantes. Así sea un trabajo agotador, puedes decirte que estás preparando a las generaciones que mejorarán el mundo, lo mismo pasa cuando cultivas alimentos orgánicos o cuando buscas la cura para una enfermedad huérfana e incurable pero siempre, sin excepción, es posible encontrar manchas en tu labor intachable. ¿Qué pasa si un día descubres que ese colegio que te paga por educar a los niños rechaza a los hijos de padres separados porque no son suficientemente “buenos”? o ¿qué tal si te enteras de que esos tomates y esas lechugas tan chulas que produces son especies invasivas en el ecosistema donde las cultivas? o ¿cómo procedes cuando te das cuenta de que todo el esfuerzo que has hecho para aislar la cepa de la enfermedad servirá para que un laboratorio enorme gane muchas fortunas cobrando el medicamento resultante a un precio inalcanzable para la mayoría? ¿Qué haces entonces?, ¿te vas a trabajar como cajero a un banco o como redactor a una agencia de publicidad?

En su momento tuve que encarar este dilema, pero para mí fue fácil resolverlo. Aunque no tenía hijos ni deudas grandes y me sabía mal lo que me pedía mi jefe, seguí adelante cuando tuve que escribir textos para ayudarle a un banco a aumentar sus ya abultadas ganancias. Tampoco me gustó cuando, en otro trabajo, me pidieron que persuadiera a los empleados de una transportadora de valores, a través de un comunicado interno, para que desistieran de unirse al sindicato, esto en una época en la que eran presionados, más que de costumbre, para que los dueños de la empresa pudieran recibir más ganancias. En ambos casos me quedé un poco más y me quedé por lo que muchos nos quedamos, por plata. En un tercer escenario me habían contratado para analizar la burocracia de instituciones sanitarias que autorizan y entregan medicamentos, pero en un punto no pude más. Sentí que la información que estaba recopilando sería usada para modificar leyes que beneficiarían más a la industria farmacéutica. Y ahora me pregunto: si hubiese seguido haciendo esos trabajos ¿habría sido capaz de ver a la Divinidad en esos escenarios? Lo dudo. Creo que sólo soy capaz de vislumbrarla con menos bruma ahora que he ganado un poco de la perspectiva que da el tiempo.

En el caso del banco, cuando tenía que crear, junto al creativo gráfico, piezas para la comunicación interna y para los clientes, podía consolarme diciendo que el banco seguramente daba créditos a pequeños empresarios para que pusieran en marcha sus negocios y que los descuentos que daba el comercio, por pagos con tarjeta de crédito, le servirían a alguien para comprar un regalo con el que expresaría su aprecio a un ser querido. En el segundo pensé que quizás uno de los dueños de la transportadora de valores era el mecenas de algún artista genial que le estaba dejando un legado cultural enorme a la humanidad  y ya en el caso del laboratorio farmacéutico me quedé sin argumentos, por lo que empecé a pensar, apoyada en una historia que leí en The purpose of your life de Carol Adrienne, que a veces lo que debes hacer es trabajar para que la gente despierte, renuncie y busque un trabajo o una forma de vida más acorde con sus principios y valores.

Me gustaría decir que en todos los casos fui yo la que se fue convencida de que hacía lo mejor, pero lo cierto es que del trabajo de redactora me despidieron, porque ya no era necesaria ahí y porque, en términos cósmicos, era momento para vivir otras experiencias. Quizás si de mí hubiese dependido terminar ese ciclo todavía estaría ahí manipulando empleados ingenuos con miedos y letras.

Revolución Divina

No propongo que armes un escándalo en tu lugar de trabajo ni que mandes al diablo el extracto de tu tarjeta de crédito porque al fin y al cabo, ¿quién carajos soy yo para decirte qué hacer? Lo que planteo es la posibilidad de aprender a ver la Divinidad en las situaciones que vives, sobre todo cuando son difíciles. Si, por ejemplo, eres el encargado de evaluar requisitos para pagar pólizas de seguros, puedes ver tu labor como el filtro necesario para que la reciba quien corre el riesgo de quedarse sin casa, en lugar de que vaya a quien la derrochará comprando zapatos y relojes. Te garantizo que muchas veces sentirás que estás frente a un desafío, como cuando a un abogado le dan un número límite para las jubilaciones que puede aprobar trimestralmente o cuando al administrador de una farmacia le dicen que sólo puede entregar x cantidad de medicamentos por mes, sin importar cuántos pacientes aparezcan ni la gravedad de sus padecimientos. Lo que puedo decir, desde mi experiencia única y subjetiva, es que cuando estés listo la vida te pondrá en otro lugar, entretanto lo que te queda es despertar, poco a poco, ganar consciencia de que el mundo está roto pero que se puede arreglar, ganar consciencia de que cada paso que das en esa dirección te acerca a circunstancias que te ayudarán a crecer.

Pensar de este modo, aprendiendo a identificar todos esos momentos en los que pienso cosas como “voy a aprender programación de computadores porque es un oficio muy bien pagado”, “a Jairo le va bien porque gana mucha plata en la empresa que montó” aunque no sé si está sano o si es feliz en su matrimonio, me ayudan a darme cuenta de que si hago las cosas con la motivación equivocada lo que voy a conseguir son resultados ídem. Sin embargo monitorear constantemente mis motivaciones no es lo único que hago.

Resistirme a la avalancha de mensajes que quieren mantenerme asustada, hambrienta e insatisfecha para que consuma lo que necesito y lo que no es más simple si me junto con personas que piensan de un modo similar. Los grupos de soñadores con los que me reúno, física y virtualmente, las tardes de té y cartas y las comidas con amigos me sirven muchísimo para ver otras realidades, para recordar que no soy un quijote solo por el mundo intentarlo cambiarlo. Muchísimos estamos subidos en esta ola de pensamientos y de acciones pero a menudo nos aislamos, por lo que creemos que somos pocos y que le estamos apostando a una utopía. e animé a escribir un artículo largo, denso pero necesario para contactar con más personas interesadas en vivir de otro modo, y si no para al menos recordarles que no están solas y que lo que hacen a diario, así parezca chiquito, cuenta. Esta es una de las aplicaciones positivas de las redes sociales y de los medios de comunicación instantáneos, para esto también sirve Internet aunque lo olvidemos tan a menudo.

Yo no sé dónde voy a aterrizar ni cómo pero cada día me preocupo menos por eso. Practico aquello de no suponer nada y de agradecer todo, problemas incluidos, para fortalecer mi intuición, así además le resto energía a la adicción a ganar, esa que se disfraza de motivos razonables y que me lleva a tomar decisiones basada en el miedo a la escasez y en la avaricia. Siguiendo la brújula de mi corazón a diario elijo hacer lo que me gusta en lugar de lo que me dicta el miedo, con esta guía pongo al servicio de otros mis talentos, al tiempo que siento un gozo que no se puede traducir en plata pero que, paradójicamente, me provee con todo lo que necesito.

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