Los juegos del miedo

Si presentas un problema grave de forma dramática sin ofrecer una solución, la persona que lo escucha se preocupará momentáneamente y luego se olvidará de él, porque si no puede hacer nada para arreglarlo, ¿para qué recordarlo? Siento que algo así hice con Adicción a ganar, el artículo que escribí hace unos días. Sólo señalé dilemas morales que hacen parte de un problema más grande y más serio pero sin mostrar el modo en el que actúo en el presente cuando estoy al frente de situaciones en las que algo o alguien quieren manipularme usando el miedo. En este artículo, por lo tanto, muestro la esencia que hay detrás de mi resistencia a creer en soluciones mágicas, fáciles y vacías.

Adicción a ganar fue algo extraño. Fue difícil de escribir, fue incómodo, doloroso, profundo y necesario. Un amigo me llamó para darme las gracias por haberlo escrito, además algunas personas de mi lista de correo me respondieron diciéndome que mis reflexiones las habían tocado de una forma o de otra, pero no voy a seguir con las autoalabanzas, lo que pretendo es plantear un proyecto de solución para esta zombificación en la que vivimos.

Después de escribir ese artículo, quedé con ganas de saber más, de entender mejor los problemas que vivimos como especie desde antes de que yo naciera. Algo me llevó a ver The big short (La gran apuesta) una película que sabía existía pero que había aplazado.

Ya conocía Inside job, el documental de la misma temática y ya había leído algún artículo complejo pero honesto acerca de cómo la economía pasó de estar basada en la producción y en el comercio a ser un casino sofisticado e internacional, pero sea como fuere, necesitaba hurgar más, sentir más dolor, asquearme casi hasta la náusea para entender cómo permitimos que todo esto pasara y luego obligarme a darme una respuesta a la pregunta de ¿qué hacer?

Vi la película y luego fui a dormir. Al día siguiente sentí la necesidad de saber más, de ver si una mente brillante era capaz de proponer soluciones a este atolladero tan complicado y apestoso en el que vivimos. Me permito usar el plural porque en este planeta estamos transitando todos, nos guste o no. Busqué Requiem por el sueño americano, ese documental en el que Noam Chomsky, lingüista y activista estadounidense, cuenta lo que ha visto en su vida larga y las conclusiones a las que ha llegado, pero era más de lo mismo, aunque era lo que quería ver. En una entrevista extensa señala los principios en los que está basado el sistema inequitativo de la economía actual, principios con los que estoy más o menos familiarizada por lo que no me sorprendieron, sin embargo su exposición me sirvió para pensar, para seguir reflexionando. El final y no creo estar arruinándole el documental a nadie, lo dedica a hablar de las asociaciones de personas que, como lo ve él, son el futuro para proteger lo que queda del medio ambiente y ganar algo de libertad, pues como dice Emilio Carrillo, economista y ex político, debemos aceptar que somos esclavos. Gustavo Fernández mi amigo parapsicólogo agrega que además de ser esclavos somos de una categoría inferior a los de épocas pasadas pues ellos, al menos, eran albergados, alimentados y vestidos por sus amos, nosotros en cambio trabajamos para tener un techo, para comer y para vestirnos y, engañados, nos creemos libres.

Adiós, cursos de fin de semana

Ejercí poco y de mala gana el área clínica de la carrera que estudié, psicología, y lo hice así por algo que sólo vine a comprender con los años. Los psicólogos como los médicos son vistos como redentores, esas personas que se encargan de resolver los problemas ajenos. He oído muchas veces el comentario “con sólo ir al médico me siento bien” y conozco su equivalente en la psicología. Un cliente va al psicólogo y le deja sus problemas para que los resuelva, luego vuelve para recoger la solución, planchadita y bien perfumada.

Sé que no todos los psicólogos aceptan este trato, que algunos les hacen ver a sus clientes que el trabajo deben hacerlo ellos, si de veras quieren sentirse mejor y cambiar lo que no les gusta de sus vidas. Los terapeutas honestos les explican a sus clientes que ellos son sólo catalizadores, agentes de cambio que les muestran lo que deben hacer mientras los acompañan en el proceso, pero seamos honestos por un momento, en esta sociedad adicta al “dámelo ya y dámelo gratis”, realmente ¿crees que no hay más de un terapeuta, coach, etc. dispuesto a hacer promesas de fantasía a cambio de 300 dólares la sesión? Claro que los hay y cuando esto se supo en el mundo de la autoayuda y la superación personal más de uno se subió, y se sigue subiendo al barco, para montar su negocio, financiado por intolerantes a la frustración y cortoplacistas.

Me encanta dar cursos, talleres o como quieras llamarlos. Gozo transmitiendo lo que sé, pero descubrí también que cuando das un curso de 3, 4 horas en un fin de semana muchas personas, así no lo digan, llegan con la expectativa de arreglar sus problemas sin cambiar sus vidas. Esperan que un pase mágico, una palabra o un mantra los haga sentir mejor sin salir de su zona cómoda. Qué cómodo.

Me gusta transmitir lo que sé pero cada vez tengo más claro que prefiero hacerlo a través de charlas, que no dejan de ser la versión liviana de un libro, porque qué pereza leer un libro, sin embargo como lo veo también tienen una ventaja, las expectativas son menores. Los asistentes a las conferencias van por curiosidad, para matar el tiempo, para acompañar a alguien o para no sentir aburrimiento, entretanto puede pasar que se enganchan con el tema y quieren saber más. Si se completa un círculo virtuoso, terminarán buscando más material, más charlas, más libros del tema y, si todo sigue así, involucrándose en reflexiones que generarán cambios de conducta, duraderos o no. En resumen me gusta ponérsela difícil a la gente. En este paradigma de “el cliente siempre tiene la razón y por eso hay que darle todo mascado y digerido”, me atrevo a poner obstáculos con la esperanza de que el trabajo que tengan que hacer para sobrepasarlos los lleve a cambios valiosos y necesarios.

La trampa del cómo

Desde que pude hablar empecé a hacer preguntas, y nunca me detuve, sin embargo durante mucho tiempo estuve haciendo las preguntas equivocadas.

En mis trabajos como entrevistadora aprendí que las preguntas que comienzan con la fórmula “por qué” son traicioneras. Cuando preguntas ¿por qué trabajas? o ¿por qué te gusta tu mujer? pones a tu interlocutor a la defensiva, aprietas un botón para que empiece a justificarse. El porque, así, con las partículas por y que escritas de forma continua, sirve para dar razones, para dar explicaciones, así no se entienda o no se sepa nada. Es como pedirle una opinión en una reunión a ese charlatán de oficina que sólo habla por miedo a que alguien diga que es estúpido. La solución es, pensé alguna vez, preguntar ¿cómo? Después de haber llegado a esa conclusión ya no hacía preguntas tipo ¿por qué trabajas aquí?, sino ¿cómo te sientes en tu trabajo?, así, creía yo, no contaminaba la respuesta y recogía información valiosa y sí, todo fue muy bien durante un tiempo.

El cómo puede ser inocuo, útil y amigable, pero cuando está en la base de libros titulados Cómo hacerse rico en 30 días, o Cómo perder 10 kilos en una semana muestra su lado perverso. La industria editorial, la de los suplementos nutricionales y otras más usan estas fórmulas rápidas e indoloras para vender jugando con el miedo, miedo a la escasez, miedo a no tener tiempo suficiente, tiempo a que los demás no me quieran por ser gorda…

Una vez entendí esto, que el por qué provoca una justificación, no siempre genuina, y que el cómo puede resultar en recetas prácticas pero irrepetibles, reflexioné y dejé de hacer tantas preguntas. Entonces empecé a usar mi curiosidad de otro modo.

Ahora me esfuerzo para ver el mundo desde otro ángulo: señalo lo que no me gusta y muestro lo que hago yo. No me pregunto ¿qué tiene la gente en la cabeza para comportarse de ese modo?, pero tampoco doy fórmulas del tipo 10 consejos para elevar tu nivel de consciencia ni 15 claves para alcanzar el nirvana. Me tomo a mí misma como mi propia rata de laboratorio y desde esta posición relato lo que creo me ha servido y lo que no. A pesar de que es muy difícil, así evito criticar a los demás y, también muy importante, decirles en tono de ser iluminado lo que deben hacer para cambiar sus vidas oscuras y miserables.

Esto no es un consejo, es lo que yo hago

Las preguntas que me hago en este momento de mi vida son dos: ¿cuál es el beneficio? y ¿cuál es el miedo? Las encontré mientras hacía listas como las que mencioné más arriba. Observé cómo me comporto cuando me expongo a la poca publicidad que todavía no he podido eludir, qué pienso cuando elijo productos en el supermercado y cada cuánto cambio objetos de mi inventario. El denominador común que encontré fueron esas dos preguntas.

Si veo una oferta que me ofrece 4 quesos juntos en un empaque frente a 4 sueltos por el mismo precio ¿cuál es el beneficio?, ¿qué puedo llevarlos cómodamente a casa?, ¿que evito el molesto trabajo de agarrarlos uno por uno para meterlos en la bolsa de compras?, luego me pregunto ¿cuál es el miedo? La mente del que diseñó la “oferta”  espera que yo sienta miedo a no tener, miedo a la escasez, y anticipa que temerosa buscaré una forma de ahorrar, situación para la que ya se ha preparado con una oferta falsa de “empaque grande y amarrado” es más barato que “suelto y pequeño”, fácil de desmentir con sumas o multiplicaciones.

Soy capaz de hacer preguntas infinitas en una situación así. Si vender productos sueltos sale lo mismo que venderlos amarrados, ¿entonces los estoy pagando a un precio más alto del que debería?, ¿vale la pena gastar tantos recursos para producir un empaque extra para presentar la oferta?, ¿por qué no venden revistas en este supermercado?… y así, pero estas preguntas sólo me distraerían de los objetivos que pretendo cumplir con las preguntas iniciales: 1) establecer el valor del beneficio, mejor aún si es a largo plazo y beneficia a una comunidad grande, y 2) reconocer mi motivación real, que debe ser distinta de evitar una consecuencia negativa a corto plazo.

Cuando pregunto ¿cuál es el beneficio? intento eludir la respuesta automática de mi cerebro, inmerso durante años en un mundo de consumo, lista para justificar mi compra, pero además cuando pregunto ¿cuál es el miedo? traigo a la conversación a un sabio muy ignorado, al menos por mí: el corazón.  El miedo, el terror, el susto o como quieran llamarlo, porque no pretendo imponer terminología sino mostrar la estructura que está detrás de mi comportamiento, es un indicador bastante fiable de mi motivación verdadera y la de los publicistas, que saben (sabemos) muy bien cómo usar los miedos ajenos para aumentar reacciones y ventas. “¿Has pensado en que todos usan el jabón con el que lavas tu zona íntima?” es una pregunta que apela al miedo a la enfermedad, a los gérmenes y previsiblemente es respondida con la orden de comprar un producto específico: “usa jabón calendulita, con extractos de caléndula natural, que cuidan tu zona íntima con delicadeza y candor”. Otro ejemplo, “¿has pensado en todas las manos que tocan la bolsa de agua que te llevas a la boca?, ¡qué asco!”, (de nuevo miedo a los gérmenes y, por ende, a la enfermedad), “pero no te preocupes, para eso inventamos la nueva presentación personal de agua diamante. Búscala en tu tienda más cercana.” El beneficio de esta última parece ser sólido, irrefutable pero, de veras ¿es así? A corto plazo mis hermosas manitas y mi preciosa boquita van a llegar al agua de forma higiénica pero a largo plazo, con miles de personas haciendo lo mismo estaremos acumulando toneladas de basura no reciclable. Además en un nivel micro el costo incidental de ese producto, más caro que su predecesor, hará que mis gastos sean un poco mayores lo que a su vez cargará sólo un poco más la cuota de mi tarjeta de crédito y sólo me esclavizará un poquito más, pero a quién le importa si somos unos sapitos muy felices nadando en agua cada vez más calentita.

El color del futuro

Emilio Carrillo, el economista, ex político y ahora conferencista que mencioné unos párrafos atrás, le dio tres consejos a una mujer que preguntaba cómo llevar un negocio en tiempos tan turbulentos. Por alguna razón que desconozco, su respuesta hizo una huella honda en mi memoria: evita endeudarte con los bancos, enfócate en los mercados locales y haz una planeación a largo plazo. Los tres consejos iban en oposición clara a lo que se ve en las grandes corporaciones que ganan plata pidiendo préstamos para apostar, imponen tendencias globales y trastean capitales de una geografía a otra, e idean objetivos para el trimestre siguiente, no para el lustro siguiente. Nunca mejor dicho eso de que hay que vivir aquí y ahora.

Después de todos los documentales y películas que he visto, de lo que he oído cuando he viajado, y de los artículos que he leído que hablan de cómo fuimos cómplices en el proceso que le dio forma a esta crisis económica, un término político y elegante para táctica-de-ricos-y-poderosos-para-multiplicar-ganancias-súbitamente, creo haber encontrado una historia breve para entender cómo afecta a una persona común. Es la siguiente:

Irina siempre ha soñado con tener una casa propia, pues cree que ser propietaria es mejor que pagar arriendo porque así asegura un techo y se quita de encima una preocupación para cuando esté vieja.

Un día Hugo, un amigo le ofrece un negocio fácil. Le venderá a cuotas una casa que tiene. La única garantía que necesita es el miedo de Irina a quedarse pobre y sola en la calle. Irina nunca ha tenido plata suficiente para pagar las cuotas de una deuda así, pero cree que conseguirá más y que Hugo siempre renegociará la deuda. Hugo, por su lado, ha estado yéndose de fiesta con la plata que le presta Irina y con la de las tarjetas de crédito. Un día el banco que le dio las tarjetas le dice que tiene que pagar todo, no sólo el pago mínimo, ahí se da cuenta de que no va a poder cubrir la deuda, por lo que decide acudir a su papá, dueño de una fábrica de cremalleras, para que lo saque del apuro. El papá, que hace todo para que su retoñito no sufra, le paga las deudas, pero para cubrir el gasto no planeado, recorta los sueldos de los empleados que no despide, entre los que está Irina. Hugo, por su parte, saca de la casa a Irina, vuelve a venderla a crédito y además compra un seguro que lo proteja en caso de que el nuevo “propietario” sea incapaz de pagar su deuda.

Ahora cambiamos Hugo por Bancos, el papá de Hugo por Gobierno, y a Irina por clase media precaria y ya tenemos la explicación de la crisis que, según explican los que más entienden de términos económicos enrevesados, es otro capítulo en la historia de decadencia que se gesta mientras peleo con Netflix porque no tiene la película que quiero ver y actualizo otra vez mi perfil de Facebook para ver si, por fin, tengo notificaciones nuevas.

En medio de todo me atrevo a ser optimista. El desastre económico, ambiental y social parece inminente pero puede ser detenido, para eso es necesario acumular una masa crítica de personas conscientes, una característica que no se alcanza sólo creyendo en una divinidad ni siendo más espirituales sino haciendo preguntas que lleven a cambiar razones, emociones y acciones. Preguntarme ¿cuál es el beneficio? y ¿cuál es el miedo? apela a mi razón para encontrar soluciones útiles a largo plazo y a mis emociones, que me muestran los motivos genuinos de mis acciones, lo que resume el modo en que tomo decisiones y en el que me resisto de forma pacífica a las tácticas de manipulación comercial, política y social, ejercidas por individuos que, como es fácil comprobar, actúan con inercia más que con premeditación.

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