La ética del esfuerzo

No sé cuántas veces he leído un párrafo de David Bohm en el libro The life purpose de Adrienne Carol que, parece, no puedo dejar. La primera vez lo entendí con la razón pero no con el corazón. La segunda me pareció iluminarme repentinamente, experimentar eso que los japoneses llaman  satori, pero como dejé para más tarde apuntar mis conclusiones, perdí la luz. La  comprensión candorosa se esfumó. Desde entonces he vuelto una y otra vez a ese fragmento,  tratando de atrapar lo que se me escapó la segunda vez.

Lo acepto. Me obsesioné con ese párrafo que habla de la auto-contemplación. Eso que algunos llaman mindfullness. La he practicado mientras limpio la cocina, limpio el baño o tiendo la  cama, incluso cuando siento pereza de hacer algo y así he aprendido que no se tiene pereza,  sino que se siente pereza. De fondo, cuando hago este ejercicio, no suena Bach ni All India  Radio ni Dead can dance. Hago el ejercicio con la banda sonora natural del lugar donde  vivo: los perros falderos de los vecinos, berrinches de niños descontrolados, parlantes  haciendo ruegos para que compres ciruelas sangre de todo, “de cultivos altamente  tecnificados”, y para que vendas la chatarra que acumulas en casa. La auto-contemplación no  siempre es agradable pues también se trata de que descubras lo que te molesta y cómo  reaccionas ante ello.

Mi obsesión, sin embargo tiene una razón. Ayer, chateando con un amigo, leí en palabras  ajenas algo que ya había pensado con las mías: hackeo mental. Sostengo la idea de que si  logro comprender cómo se forman las creencias, de cualquier tipo, seré capaz de desmontar  las que defiendo con vehemencia, a pesar de que me complican la vida a diario. En ese  párrafo Bohm plantea la posibilidad de dejar de ver los problemas como tales para empezar a  verlos como paradojas. En lugar de decir quiero ser fiel pero no puedo dejar de coquetear  con señoritas bonitas, y eso es un problema, el autor propone ver la situación en términos  de quiero ser fiel, pero me siento como Superman cada vez que coqueteo con una señorita  bonita. La clave, ahora lo entiendo mejor, está en la sensación y más allá, en la emoción.

Al final de ese párrafo se dice que la paradoja sólo dejará de ser tal cuando se haya  visto, sentido y comprendido la raíz del comportamiento, es decir la creencia, que es la  que hace que a una situación indeseada la llamemos problema. Yo, para ayudarme en este  proceso, me he dedicado a apuntar las creencias que tengo y que me impiden vivir  experiencias que anhelo. Es un ejercicio que se da como tarea en las consultas de muchos  terapeutas. El objetivo es que después, con lista en mano, el cliente se dedique a buscar  pruebas de realidad que le demuestren su error perceptual, porque la creencia no es más que  una interpretación, interpretación que se cree corresponde con la realidad.

El ejercicio de buscar pruebas de realidad a veces sirve y a veces no, pero ¿por qué? La  razón, creo son las creencias, así parezca redundante. Si yo creo que todos los hombres son  infieles en lugar de buscar hombres fieles me dedicaré, aunque sea inconscientemente, a  confirmar esa creencia. Si alguien me desafía para que encuentre a uno honesto y leal puede  que con esfuerzo lo halle, pero también es muy probable que en lugar de conceder que hay  más de uno así justifique su existencia diciendo que es sólo una excepción y que muy  seguramente en algún punto de su vida fue o será infiel.

Otro ejemplo para acabar de entender mejor cómo las creencias crean un sesgo, un filtro a  través del que todo se juzga. En psicoanálisis hay un mecanismo de defensa que se denomina  racionalización. Se trata de justificar con razones racionales los actos propios o de poner  una barrera entre la información que se recibe y los esquemas mentales preexistentes. La  racionalización es entonces lo que hace posible que adolescentes expongan de forma  impecable el uso y los beneficios de métodos anticonceptivos para, meses más tarde, vivir  embarazos no planeados y padecer enfermedades de transmisión sexual. ¿Cómo es posible que  atraviesen tales circunstancias si tenían la información necesaria para evitarlas? Pues  porque creyeron que esos métodos anticonceptivos estaban bien para los demás, pero que  ellos, drogados con la sensación de invencibilidad propia de la adolescencia, estaban al  margen de esos peligros. Sentían que eso no les iba a pasar, creían que eran inmunes y  actuaron de forma coherente con sus creencias.

Otra autora que me gusta mucho y a la que estoy volviendo es Brené Brown. Ella tiene un  dicho que traducido es algo así como “de la cabeza, al corazón, a la mano” y que quiere  decir que una idea debe ir al corazón antes de convertirse en un hecho, de lo contrario  difícilmente llegará a ser real, o puede que lo haga, pero no tendrá alma, no tendrá  carisma. Con las creencias es justamente así.

Otro autor, mi amigo Gustavo Fernández, llama la atención sobre el hecho de que en el  centro de las sociedades están las creencias, rodeadas, a su vez por las ideas, que  producen conductas y comportamientos y que, finalmente, forman lo que llamamos sociedad.  Como ya sabemos no hay una sola sociedad sino varias. Sociedades adelantadas, sociedades  secretas, alta sociedad, etc. Cada una de ellas comparte un grupo de creencias que las  sostiene y que debe ser compartida por sus integrantes para que la sociedad permanezca  estable a través del tiempo, para que su existencia no se vea amenazada. Así se empieza a  entender porqué cuestionar creencias, familiares y sociales, nos hace blanco de críticas y  de ataques. Cuestionar es per se un acto revolucionario, contestatario, insurgente. Cuestionar creencias equivale a señalar lo que no funciona y a ser ese individuo  desagradable que debería quedarse callado para que los demás puedan seguir mansamente  dormidos. Sin embargo, serlo, ser manso, agradable, aceptar las creencias de la sociedad a  la que se pertenece también equivale a no ser uno mismo, es igual a negar la esencia propia  pues en la medida en que aceptas y defiendes las creencias que te rodean niegas lo que tú  eres, dejas de lado tu misión verdadera para hacer sonreír a los demás mientras tú mueres  por dentro.

Profesión: Incomodadora

Así podría definir mi trabajo por estos días. No sólo organizo eventos herbales y  oníricos sino que observo constantemente lo que creo, el porqué lo creo y los reflejos que  tiene esa creencia en la realidad compartida. Es incómodo, sobre todo para los que viven en  cajitas cómodas, pero como dije más arriba también es adictivo, obsesiona.

Ser incomodadora profesional no es fácil, el nombre ya debe dar una pista. Para acechar  creencias hasta su raíz no es suficiente con identificarlas, apuntarlas en el diario  personal bajo el título “creencias”, escrito en un color vivo e ir a lavar platos. Para  desenterrarlas, comprenderlas con el corazón y abandonar las que ya no son funcionales hace  falta tener la tenacidad de un perro de caza que no suelta presa o la de un niño que repite  hasta que lo callan el sonido que acaba de descubrir. Seguir hasta lo que parece un  infierno una creencia es una tarea que la mente, custodia del orden social, entorpece y  obstaculiza tanto como puede, pues sabe bien que si se abandona la creencia inútil ella va  a dejar de ser lo que es, sabe perfectamente que tendrá que dejar de contar esas historias  que le gustan tanto, que sabe de memoria y que construyen una máscara con la que has andado  por el mundo durante años, una que llevas para sentirte seguro y vestido, una máscara que  no eres tú.

Just for fun

Otro día le decía a una amiga que sólo por diversión debería disfrazarme de drag queen  porque al fin y al cabo con mi estatura siempre existirá la posibilidad de que donde vivo  me confundan con un hombre, entonces ¿por qué no  materializar la ilusión? Seguimos  riéndonos y jugando a imaginar cómo me vería con tacos altos, maquillaje recargado y uñas  largas, estilo que se aleja mucho del que creo mío. Quizás un día, mejor una noche, vaya a  bailar porque creo que no me gusta bailar y porque, como dice Alejandro Jodorowsky en  Psicomagia, vivimos dentro de personajes que buscan ser persona, que quieren acercarse cada vez más a su identidad real, a esa que no se etiqueta con ingeniero, psicóloga, Johanna,  Isabella, ni con “ama los helados y las caminatas a la luz de la luna”. Es eso que nadie  puede hacer ni mucho menos ser por ti, eso que te muestran los sueños nocturnos y que  practicas en sueños lúcidos.

El esfuerzo también vale

De nuevo voy con el escritor Martín Caparrós y con esa entrevista en la que cuestiona la  ética del éxito, y vuelvo a él porque ahora estoy más de acuerdo con esa cuestión, con esa  crítica, más que la primera vez que la escuché.

La ética del éxito nos ha llevado a querer más, más de todo. De todo. Las creencias  sociales que defendemos nos exigen desear una casa más grande, más ropa, un auto más nuevo,  viajes a lugares más lejanos, lujos más costosos, más amigos en facebook, más likes, más  posgrados PERO también celebra y demanda que todo ese exceso se consiga con menos esfuerzo,  porque lo importante es tener y si se tiene sin “moler vidrio con el culo”, como dice el  esposo de otra amiga, todavía mejor. Si logras tener mucho y cada vez más mientras otros  se arrodillan estás en la senda correcta, en esa que lleva a ser un señor o una señora del  universo.

Lo que sigue ya lo sabes, ya lo escuchaste y lo leíste miles de veces. Lo importante es ser  no tener, lo importante es lo interno no lo externo y el trilladísimo “lo esencial es  invisible a los ojos”, pero sigues viviendo, como yo, para afuera, así sea parcialmente y  todo está bien. No vengo a cantar perfección, a lo que vengo es a hacerle prensa al  esfuerzo.

A todos, como escribí en Adicción a ganar, nos criaron de una u otra manera a la voz de haz algo que dé plata, algo que sea rentable, algo que te haga rico porque rico siempre comparte lugar con  exitoso. La fama es el tercero en discordia, opcional y que a la gente realmente poderosa  no le interesa porque siempre es más cómodo manipular desde las sombras. Pero riqueza y  éxito son requisitos sine qua non. Vive para ser rico y exitoso, haz todo lo que esté en tus  manos para lograrlo y si puedes tercerizar el esfuerzo muchísimo mejor, pero en eso,  justamente en el esfuerzo yace la transformación. En el trabajo consciente está el cambio.

No propongo que nos vayamos todos a una comuna hippie a arar la tierra y a hacer trabajos  forzados. Si a alguno le suena el plan que empiece cuanto antes, pero como no sueño con  irme a vivir al campo sino a una ciudad de unos 200.000 habitantes, no soy quien para hablar de  trabajar la tierra como método de iluminación. El esfuerzo que resalto aquí es uno muy  distinto.

Esfuerzo es, junto a la constancia, clave para hacer que la esencia propia estalle y no  una sola vez sino miles, cientos de miles. Cada vez que me he esforzado para llevar a cabo  algo que me importa, algo que deseo con el corazón me he transformado. El resultado no  siempre fue un éxito, dejé muchos proyectos inconclusos, pero en todo aquello en lo que  puse amor abrí una puerta, creé una alternativa que antes no existía y que me llevó a un  lugar más alto, no en la pirámide corporativa sino en la que me acerca a completar mi  misión y eso es lo que realmente me importa. Cometer un error de principiante cuando llevas quince años trabajando en tu rama duele, pero duele más darte cuenta de que tienes todo lo que deseaste e incluso más y que sigues estando insatisfecho porque esa persona que te importa no te admira, no te quiere o no te valora. Pasarte la vida esforzándote para ser alguien exitoso y darte cuenta al final que peleaste y luchaste por algo que no te llena, no duele, arde insoportablemente. El esfuerzo, como estoy descubriendo mientras escribo esto, no vale si es el medio para llegar  a un fin que no me interesa. El esfuerzo debe calibrarse antes de hacerlo, no como la  herramienta que me permitirá llegar a la meta que deseo sino como el artefacto que me  transformará y que develará mi identidad real. Visto así el trabajo, los inconvenientes,  los obstáculos y los contratiempos son fáciles de amar pues no son lo que me impide llegar  a mi amada meta sino lo que me hace falta para ser la versión mejor de mí misma.

Ser exitoso, como lo veo y lo vivo, no es estar entre los mejores estudiantes del país en  tu carrera ni que tu jefe te de un aumento de sueldo más grande del que pediste, es la  sensación de plenitud que viene de hacer aquello para lo que eres bueno, es ser tú al  margen de lo que la sociedad y tu familia te dicen que debes hacer. Es escuchar y seguir  esa voz interna, que sabes tuya y no ajena, con miedo pero con más curiosidad de conocer el  estado al que te llevará.

No abogo por renuncias, divorcios y mudanzas cinematográficas, abogo por  observar, por descubrir las creencias que defiendes y que sostienen una máscara con la que  te identificas, que no eres tú y que te impiden descubrir tu ser auténtico. En eso sigo, a  pesar de las distracciones de la mente, a la que debo aprender a callar, no sólo cuando  estoy sentada en mi mat meditando sino cuando barro mi casa y promociono mis eventos. Esta  es una tarea diaria, constante, una que me llevará a esa transformación que sólo se puede  dar a través del esfuerzo. Hoy en día creo en el esfuerzo incluso cuando se cree que el  objetivo es imposible, pues como el éxito deja de ser lo más importante, se puede trabajar  por la transformación que sí o sí ocurrirá y que, en muchos casos, también llevará a  experimentar eso que tanto se deseó. Si al final consigo lo que quiero, la zanahoria aparentemente inalcanzable pues bien, tendré otra alegría, y otra más si termino siendo millonaria, pero sea como fuere lo crucial es tener claro, desde el comienzo, que el esfuerzo es muchísimo más valioso de lo que se nos quiere hacer creer.

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