Cielos e infiernos personales

En un libro que no recuerdo, pero que quizás todavía tengo, leí un relato que iba más o menos así:

Va un guerrero a visitar a un monje zen. Después de saludarlo le pregunta:

−Maestro, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?

−Lo siento, pero no puedo responder esa pregunta.

La respuesta desata la furia del guerrero que grita al monje, lo insulta y le echa en cara todo lo que el pueblo hace para mantener al monasterio donde vive. Cuando el guerrero se calla repentinamente el monje le dice:

−Eso es el infierno.

El guerrero queda desconcertado con la respuesta. Reflexiona un momento y con aire calmado dice:

−Perdóneme maestro. No debí reaccionar de ese modo. Ahora lo entiendo.

−Y eso, es el cielo.

Los infiernos son personales y, desde el ángulo que tengo en este momento preciso, creo que tienen muchísimo que ver con los juicios que hacemos.

Hace algunos meses empecé una tarea larga, incómoda y necesaria: la exploración de mi

árbol genealógico. Larga, incómoda, necesaria, adjetivos que reflejan juicios. Juzgo todo el tiempo, intento detener al mono loco de los platillos, lo distraigo repitiendo mantras pero sé que siempre está ahí, sin embargo a veces mi vocación de confesora es más fuerte.

He vivido muchas situaciones que me han mostrado que inspiro confianza. Escucho en silencio relatos, historias que después recuerdo a medias o sin detalles. No siempre hago preguntas pero de todos modos me cuentan pasajes de vidas ajenas. Escucho y olvido. Evito dar consejos y desaparezco. Puedo entender bien a esos narradores, a esos que se sienten como pecadores atribulados. Yo misma, por miedo a la intimidad, a veces desnudo mi vida con gente a la que conozco poco o nada. Es uno de mis patrones para evitar vínculos dolorosos, algo que hago para disfrazar de debilidad mi fortaleza verdadera. A veces este modo de actuar sale bien y otras no tanto. A veces la exploración personal hecha a fondo te hace experimentar situaciones desagradables, situaciones que te hacen querer tirar lejos tu intuición, como la calavera que carga Vasalisa en uno de los cuentos que analiza Clarissa Pinkola-Estés en su Mujeres que corren con los lobos, pero muy pronto recuerdas que cuando te metes de veras, a consciencia en esto, en crecer, en ser completo sabes que hacerlo, que renunciar a los mensajes de tu intuición, sería una tontería.

Hoy escritos del pasado vienen a acecharme en la forma de disgustos familiares. Hace meses escribí varios textos catárticos en los que revelaba secretos ancestrales que había descubierto recientemente. Mientras lo hacía empecé a prepararme para irme a vivir a una cueva, con la cabeza cubierta con una bolsa de papel y vistiendo una letra escarlata. Sabía que los textos que había publicado en mi blog personal iban a encender furias pero estaba tan reventada, tan sensible que sabía que si no lo compartía con alguien, así fuera un lector fantasma, iba a enfermarme en el cuerpo.

Al tiempo hice las cosas que me alivian: meditar, caminar, escribir a mano, hablar. Busqué a quienes sentí que podrían tratarme con compasión, a quienes confié no me harían trizas. Si me equivoqué o no lo sé, lo que sí sé, porque lo recuerdo bien, es que lo hice temiendo sus juicios, suponiendo que me mirarían como superiores morales, y que me dirían “ya está, todo va bien, va a pasar” en tono condescendiente, y ¿cómo no iba a esperar esa reacción si vivimos en un mundo que nos premia por creernos mejores que el resto? En ese momento elegí olvidar que si hurgamos en el pasado de alguien SIEMPRE vamos a encontrar secretos sucios. Aun así puse en bandeja la posibilidad de que alguien más temeroso que yo viniera a dárselas de valiente. Lo que pasó a continuación me sorprendió.

Las personas con las que hablé no me miraron con ojos piadosos, desde la perfección y el orgullo sino que se sentaron conmigo en el suelo y descubrieron sus vergüenzas, así llamadas no porque en realidad creyeran que fueran manchas, sino porque como a muchos les habían enseñado que así debían verlas. Supe y sigo sabiendo de abandonos, de abusos, de abortos, de infidelidades y hasta hubo quien me envidió por intentar hablar abiertamente de temas dolorosos con familiares, algo que luego no se cristalizó. Las charlas se dieron, y se siguen dando, en situaciones privadas y en las que la sensación de protección predominaba, por eso nunca me siento con la libertad de ventilar situaciones a las que no estoy conectada a través de la sangre, la convivencia o los apellidos. Las únicas que decidí dejar al descubierto fueron las mías y las de los míos. ¿Me arrepiento?, es algo que me pregunto, no, no me arrepiento.

Cuando empecé a hablar de esos parientes a los que creía santos, cuando los bajé de los altares que yo misma les construí, para darme cuenta de que eran tan humanos como yo me dolió pero también me sentí liberada. Sentí que le quitaba costras a mi esencia, cubierta durante demasiado tiempo por los deberías y los planes frustrados de mis ancestros. Y también me sentí menos sola. Mientras hablaba y escuchaba me daba cuenta de que yo no era tan aborrecible, tan miserable ni tan despiadada como había imaginado porque putas, presos y locos hay en todas las familias.

Hoy que ha venido la lluvia que pronostiqué llegaría hace unos meses me doy cuenta de que estoy haciendo lo que debo. Estoy en este mundo para escribir ficción y no ficción, para aprender, para ser deliciosamente yo y no el remedo vacío de alguien más. Si antes no abracé mi esencia con la intensidad que lo hago ahora, fue porque durante demasiado tiempo temí que los juicios crueles y afilados que lancé a otros regresaran a mí, por eso me esforzaba para ocultar mi lado poluto, flaco, imperfecto o para mostrarlo sólo fugazmente. Ahora que mantengo esos mismos juicios en un mínimo y que me auto-contemplo cotidianamente para evitar hacer con otros lo que no quiero que ellos hagan conmigo soy más fuerte y más libre. Ya no soy visitante frecuente de infiernos personales.

Cada día renuncio más a ser buena y también renuncio a ser mala, pero no renuncio a ser un ser completo. Como dice un lama en un libro que está leyendo una amiga: soy el violador y el niño violado. No, revisar tu árbol familiar no es cómodo ni sencillo y si así te lo está vendiendo tu tallerista de constelaciones de turno dudaría de su idoneidad.

Largo, incómodo y necesario, así es el trabajo personal, al menos cuando te lo tomas en serio.

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