Desmantelando creencias

La afirmación de algunos físicos teóricos de que vivimos en un mundo de infinitas dimensiones paralelas parece muy difícil de entender, pero si observas de cerca el modo en que nos comportamos los seres humanos la entenderás mejor.

Cada quien elige transitar el mundo desde dentro de una burbuja formada por creencias que piensa comparte con los demás o por lo menos lo hace hasta que choca de frente con otra burbuja, en especial cuando la burbuja ajena es muy diferente de la propia. Creemos que todos vemos azul lo azul y amarillo lo amarillo, cuando lo cierto es que hasta la percepción del color varía de individuo a individuo pues depende de la cantidad de conos, células oculares encargadas de percibir el color. Así algunos ven verde lo azul, otros ven azul lo verde y otros, los daltónicos o ciegos frente a los colores, ven el mundo como si fuese gris y opaco.

El mundo no es lo que es, es como decidimos verlo. Lo crítico está en que muchas veces, prácticamente todas las veces, decidimos sobre la base de información incompleta.

Libres nos decimos, libres nos creemos porque desde niños fuimos educados para obviar la cárcel, para adornar los barrotes y para defenderlos a muerte. Lo más probable es que llores y patalees, a tu manera, cuando alguien trata de cambiarte la realidad, cuando un intruso se atreve a cuestionar tus conceptos de bondad y maldad, porque para eso, repito, hemos sido educados.

¿Querer algo es igual a creer algo?

De un tiempo para acá vengo haciendo listados de mis creencias. ¿Qué me impide alcanzar lo que deseo?, ¿querer algo es igual a creer que lo merezco?, y si no, ¿por qué creo que no lo merezco?, ¿es verdad que soy un ser bajo, inmundo y miserable que sólo merece castigos? Para no perderlas de vista y para intentar callar la narración constante de mi rutina que hace mi mente, las apunto. Lo hago para poder volver a ellas de un modo menos subjetivo, para que cuando esa, mi mente me haya distraído lo suficiente pueda volver a la evidencia, para poder confrontar la parte racional de porqué no me permito cambiar. Cambiar un día es muy fácil, cambiar veinte ya no tanto y seguir así hasta la muerte ni te cuento.

A la mente, a la que digo ser yo, mí misma, le encanta ser como es. Es cómodo, práctico, estable, predecible y seguro, hasta que un día deja de serlo. La estabilidad tiene excelente prensa en el mundo de los humanos por eso lloramos la pérdida de los contratos a término indefinido con prestaciones sociales, por eso nos preocupamos cuando cambia (cambiamos) el clima y cuando esos a los queremos tantos deciden emprender procesos innecesarios de transformación personal, pues nos molesta mucho que reaccionen de modos inesperados. Nos gusta que nuestra página para ver películas y series esté siempre en el mismo lugar y aunque nos gustaría que los precios que pagamos por bienes y servicios siguieran iguales, pagamos gustosos las alzas con tal de que todo siga igual, aunque en realidad todo cambia porque la inmutabilidad es anti natura.

Yo no soy diferente. Si lo fuera probablemente ya me habría transformado en nagual y viajaría de dimensión en dimensión con la fuerza de mi corazón. Yo también le permito a mi mente que sea mi carcelera, se lo permito porque me sigo aferrando a lo conocido y porque lo inimaginable me aterra. Soy igual a los demás, así para ellos sea más cómodo enajenarme para poder denostarme, así crea que soy mejor que muchos cuando me siento invencible. Debajo están los miedos profundos e impalpables, nacidos en las creencias.

Desde que me entregué al estudio de las mías, porque ¿qué otras me afectan más si no las propias?, he avanzado un poco. He identificado presencias que antes ni siquiera veía y que me impiden llegar a los estados que busco. Antes sólo me enfocaba en los lindos mapas de sueños y en las luminosas afirmaciones positivas. Ahora veo todo desde un rincón, tratando de entender dónde está el botón mágico, cómo apretarlo para dar un gran salto cuántico y llegar a ser un ser iluminado o, para empezar, menos endeudado. Soy clara respecto a lo que quiero aunque ya no me enfoco tanto en cómo lo quiero ni en para cuándo lo quiero, aunque muchas guías de crecimiento personal hagan énfasis en los límites temporales.

El tiempo se ha transformado en otra cualidad que observo con curiosidad. A veces se dilata y a veces se contrae. Esto ha ocurrido no sólo porque vivo en dimensiones diferentes desde que trabajo con sueños, con plantas y, ahora también, con árboles, sino porque soy un poco más consciente de que mientras mis creencias sigan siendo las mismas todo va a seguir igual. Usando mi razón he identificado algunas que están ahí, brillantes, redondas, hinchadas pero sigo sin encontrar una herramienta punzante adecuada para estallarlas. Sé que la clave para cambiar las que me limitan está en la emoción pero en lugar de adentrarme en ese camino dejo que los días se me vayan preocupándome, quejándome amargamente y preguntándome ¿por qué a mí?, ¿por qué yo?

Mi mente de mono no amaestrado ADORA esa rutina, la de la quejadera, la de la narración inútil de hechos cotidianos que ingenuamente creo me hacen quien soy. Incontables veces me repito que disfruto mucho dar clases pero que no soporto estar acompañada todo el tiempo, que me encanta la sensación de estar en una casa limpia y ordenada pero que siempre tengo cosas más importantes que cuidar de ella, perder tiempo en facebook, por ejemplo. Sé que no soy la única que hace todo esto, pero me regodeo comportándome como si lo fuera, como si una conspiración secreta me impidiera llegar a donde quiero y sí, la conspiración existe, pero no es secreta, lo sé porque yo hago parte de ella.

Mi casa no está como está no porque el hada del polvo venga a ensuciar todos los días sino porque es más fácil y tiene más fanáticos el quejarse de lo que no funciona que trabajar para que la realidad inmediata cambie. Sé cómo quiero sentirme y sé qué es lo que tengo que hacer para lograrlo, pero con la ayuda de mi siempre constante mente me distraigo para evitarlo. En más de una ocasión la música me ayuda a reconstruir sensaciones de plenitud que he vivido, pero en lugar de seguir apoyándome en ella elijo quedarme en un pantano en el que no hago nada para acercarme a lo deseado ni para alejarme de lo detestado. Algo muy típico del cuerpo mental.

No soy diferente, pero tampoco soy miserable

En el pasado he logrado alcanzar metas que creí imposibles. Siendo mi enemiga peor me convencí de que no era lo suficiente querible, competente, disciplinada u ordenada para vivir algunas experiencias, a pesar de todo esto trabajé para hacer viajes, estar en relaciones y conseguir experiencias que me hicieron crecer y que desafiaron mis creencias previas. Hice de mis flaquezas fortalezas pero no lo logré recitando matrams (así se escribe originalmente la palabra) todo el día ni encendiéndole las mil y una varas de incienso a Ganesh. Lo hice emprendiendo acciones en la dirección deseada aunque no creída, en esa que quería vivir pero para la que creía no estaba preparada. Me preparé para experimentar lo que anhelaba hasta que lo hice posible en esta realidad. Ahora trato de repetir el conjuro.

Revisé partes de mi pasado y me di cuenta de que no pasé de adorar la comida chatarra a que me encantara la comida sana a base de putear las hamburguesas y los perros calientes. En mi cabeza siempre estuvo claro, incluso siendo adolescente, que para mi salud a largo plazo era mejor seguir una dieta saludable en lugar de una saturada con sodio y grasa, sin embargo no dejé la coca cola y las papas fritas de golpe. Después de copiosos y deliciosos empachos un día no soporté la indigestión y vi que las manos me temblaban involuntariamente como resultado de la cafeína, pero eso no significó que en mi vida volví a tomar gaseosa. Significó que volví a hacerlo de cuando en cuando, cada vez menos, con la consciencia de que es una bebida que mi cuerpo no necesita pero que se le antoja a mi mente. El proceso que seguí, como lo veo se parece al que se da cuando se buscan otros cambios.

Todos los días quiero escribir pero en lugar de escribir unas pocas líneas todos los días pienso en hacerlo, quiero hacerlo y, por lo tanto, no llego a ningún lado. Pensar está bien, que muy bien. Cuando quiero hacer cuentas simples y no necesito calculadora para ello me alegro, pero cuando quiero ir de un estado emocional a otro la mente es inútil. Simplemente no es un órgano hecho para ello.

Sin corazón no hay acción

“De la cabeza, al corazón, a la mano.”  Brené Brown

La actitud es una parienta muy cercana de la creencia. No sé si son primas hermanas o medio hermanas, pero sea como fuere ambas se parecen en algo: son muy emocionales.

Para lograr un cambio, sin importar su tipo o clasificación moral, es necesario que la emoción esté presente. Un adolescente acepta la invitación de un amigo para probar drogas por miedo a quedarse solo. Un padre de familia troca descanso por un pago extra para darle un futuro mejor a su hijo. Decides cambiar tu vida porque a pesar de ser muy cómoda sientes que ya no es de tu talla. El adolescente sabe con la cabeza que la droga puede enfermarlo. El padre entiende que la falta de descanso deteriora su desempeño como trabajador, y como padre. Sabes que es más fácil seguir en automático, en especial cuando hay toda una sociedad diciéndote que es lo más conveniente, PERO hay algo que no se siente bien y es entonces cuando los pensamientos se multiplican, sin que llegue la acción.

La acción suele aparecer cuando no hay más remedio o cuando tu estado de consciencia cambia, lo cual, sin excepción está amarrado a la emoción. Esta es la explicación parcial de porqué existen los problemas.

El trabajo que tenía antes de dedicarme a dar charlas de herbolaria onírica no me gustaba pero pagaba bien. Cuando lo obtuve mi motivación para hacerlo era aprender de periodismo sin tener que estudiar la carrera pero luego, cuando la curva de aprendizaje se aplanó y lo que cobraba por escribir no aumentó empecé a aburrirme. Lo seguí haciendo porque me permitió ahorrar para hacer viajes que deseaba, pero al volver a casa sentía lo mismo: desazón. Estuve varios años así, oyendo los consejos de amigos que me decían que aguantara porque al fin y al cabo era un trabajo entretenido y fácil, uno que me dejaba tiempo para completar proyectos personales y para seguir tirando. Y tenían razón parcialmente, pero como alumnos destacados de esta sociedad hablaban por ella y a través de sus propios temores, de sus propias creencias. Al final completé dos proyectos que me interesaban, un libro de numerología onírica y una baraja, pero el sentimiento de insatisfacción no se apagó.

Hoy así me lamente de no haber empezado antes con este nuevo camino sé que difícilmente habría podido actuar de otro modo. Un estado de consciencia distinto no había alcanzado mi corazón y sin eso es casi imposible cambiar el rumbo. A menos que tu fuente segura y confiable de ingresos desaparezca.

Benditas sean las crisis

Desde que empezó la llamada crisis económica de 2008 nunca volvimos a la “normalidad”, pero a pesar de ello miles de personas ganan más planta que antes y hacen sus sueños realidad. Las creencias también son útiles para explicar este fenómeno.

Cuando ves la crisis como una catástrofe y no como un momento para reinventarte produces tu propia derrota. El año pasado (2016) cuando, a pesar de exponerme a muy pocas noticias, supe que las proyecciones económicas seguían siendo pesimistas pensé en algo que apunté en una de las libretas que me gusta llevar conmigo: “las crisis vienen para ayudarte a diferenciar lo que es imprescindible de lo que no lo es”. Tengo amigos que mientras han estado en trabajos muy bien pagados se han dedicado a coleccionar música, películas y libros, para luego, cuando el salario se reduce, lamentarse por haber acumulado tantas cosas que no usan. Curiosamente son los mismos seres compasivos que me expresan su admiración por los viajes que he hecho y los proyectos que he comenzado, más allá del resultado. Sin importar el lugar de cada uno de nosotros en este escenario a todos se nos escapaba algo, al menos hasta hace poco.

Ellos gozaron las experiencias de comprar y coleccionar, yo gocé mis viajes y mis intentos de transformación pero ninguno tenía claro porque hacía lo que hacía. Yo, desde que me lo pregunto, siento que cada vez estoy un paso más cerca de la razón pero ella siempre es más veloz.

Todavía hoy, un año después de haber hecho un viaje con el que soñé durante décadas, siento que lo soñé. Mientras recorría algunas calles europeas temía que alguien me despertara en cualquier momento y que la ilusión terminara, pero no fue así. Si lo fue es uno de los sueños más estables que he experimentado. Puedo ver imágenes, recuerdos y escritos de ese entonces y mostrárselos a mis amigos que parecen ver lo mismo que yo. Pero volvamos a la sensación.

Con todo y contratiempos en ese mes experimenté muchas veces ese algo agradable, difícil de explicar y parecido a lo que se siente cuando uno está enamorado. Esa sensación de que todo está en orden, en el lugar y momento justos, esos cuandos que uno afirma serían perfectos para morir.

No sé cuánto tiempo he estado buscando esas sensaciones, queriendo reproducirlas fuera de tiempo y espacio, intentando encontrar una forma de recrearlas independiente de una experiencia o de un objeto, quizás todo empezó con mi interés por los temas trascendentales, pero ahora puedo decir que estoy más cerca de mi meta. La música que, como lo entiendo desde el corazón, no es placebo ni nocebo, me ha servido para acercarme a estados emocionales que necesito experimentar de algún modo si quiero ser capaz de cambiar mi estado de consciencia.

Está perfecto tener claros los objetivos que se quiere alcanzar, el camino que hay que seguir para llegar a ellos, asignarle un presupuesto a la labor, anticipar contratiempos y tácticas para afrontarlos pero todo eso es absolutamente inútil si comienzo con la certeza de que el objetivo es imposible de alcanzar y esto es justamente lo que me ha pasado miles de veces. Razones múltiples me han llevado a creer, con certeza ósea, que algunos estados no me corresponden, que no estoy hecha para disfrutarlos, así al imaginarme gozándolos se me humedezcan los ojos, sienta aleteo de mariposas en el estómago y dolorcitos raros en la punta de la nariz. Cada quien conoce bien los anhelos propios y cada quien, si hurga lo suficiente, encuentra las razones no tan ocultas que le impiden alcanzarlos.

Las creencias pueden parecer afirmaciones estúpidas y vacuas, palabras a las que no hay que darles tanta atención y que siempre se pueden combatir bebiendo pócimas o sahumando la casa con hierbas, mas lo cierto es que si no se reconocen, si no se les concede la importancia que tienen y si no se asume con seriedad y constancia el propósito de desafiarlas, la realidad seguirá tan estable y cómoda como siempre.

Me aburrí de estar deformada por esa comodidad, por eso sigo eligiendo la tarea de cambiar las mías para, si logro resistirme a las distracciones, ser plenamente y, en el proceso, disfrutar de un modo más frecuente e intenso esa sensación inefable que unos llaman gozo y otros felicidad.

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