¿Qué tienen en común un libro de hierbas, una española desaparecida y un guerrillero asesinado?

En mis vagabundeos informáticos encontré un libro que da información de la altamisa, esquivo nombre común, que hace referencia a especies presentes en España y que, al mismo tiempo, menciona prácticas de medicina ancestral de la comunidad indígena arhuaca. No acababa de entender porqué tenía información precisa y recurrente de plantas de uso común en Colombia hasta que, sin buscar, todo empezó a cobrar sentido.

El sábado pasado escuché la versión del jueves, 20 de abril de 2017 de Dos en la noche, un podcast español que me gusta mucho, producido por el periodista Íker Jiménez. En el, la también periodista, Carmen Porter, comenta los avances que se han hecho recientemente en cuanto a la desaparición de una chica española de 18 años, que después de decir que iba a casa de un amigo, no volvió a comunicarse con su familia. De momento lo que se sabe es que probablemente esté en Perú, pasando el tiempo con una secta denominada Gnosis y que fue fundada en Colombia por Víctor Manuel Gómez, muerto ya, que firmaba sus libros con el pseudónimo de Samael Aun Weor. Ya en este punto todo empezó a aclararse en mi cabeza. Este es el autor del libro que encontré semanas atrás.

Después de revisar un poco, para confirmar que lo que había dicho Porter era correcto, aparecieron otras sorpresas.

Según Dope, Inc. escrito por Lyndon Larouche, economista estadounidense, la Iglesia Cristiana Gnóstica Universal de Colombia, que es como se registró legalmente en 1974 esta secta, estuvo involucrada en el secuestro de una mujer perteneciente a un grupo anti-drogas en la década del 80. Durante su reclusión fue sometida a procedimientos de lavado de cerebro basados en un libro también escrito por Samael Aun Weor.

Después de leer el capítulo completo, busqué la entrevista a Jaime Bateman Cayón, en su momento guerrillero del ahora inexistente M-19, que se cita allí, en la que supuestamente hablaba del poder de los Gnósticos, grupo al que su madre perteneció y que a través de “cadenas” le enviaba protección para que no fuera capturado. Pero de supuesto nada.

No encontré la entrevista en un medio peruano, como se menciona en el libro, sino en uno colombiano. Curiosamente ya la había leído hace años en otro libro que reúne varias entrevistas hechas a integrantes del M-19. Es muy interesante lo que relata, en especial el episodio en el que, huyendo del ejército logra escabullirse a pesar de estar a pasos de los soldados. Su narración tiene muchos puntos en común con otro relato del etnobotánico Wade Davis que, en una charla TED, cuenta cómo en una ocasión los rezos y las creencias de los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta lo salvaron de ser secuestrado cuando, en medio de un recorrido por los alrededores, ellos convocaron una niebla espesa que impidió que un frente guerrillero los viera pese a estar, de nuevo, a pasos de distancia.

Si se busca información acerca de Víctor Manuel Gómez, el fundador de Gnosis se encuentran muchas cosas. Más allá de qué es cierto y qué es fábula está claro que fue una persona que se documentó a fondo y que, en mi opinión, algo tuvo que haber aprendido de los mamos, mamas, o como se diga, de la Sierra Nevada de Santa Marta, porque de otro modo no entiendo que haya tantas coincidencias entre relatos de personas tan disímiles y que difícilmente se conocen entre sí.

Referencias
El libro de hierbas
El podcast que menciono
Entrevista a Bateman Cayón
Capítulo del libro de Lyndon Larouche

Foro que reúne opiniones a favor y en contra de la Iglesia Gnóstica

Desmantelando creencias

La afirmación de algunos físicos teóricos de que vivimos en un mundo de infinitas dimensiones paralelas parece muy difícil de entender, pero si observas de cerca el modo en que nos comportamos los seres humanos la entenderás mejor.

Cada quien elige transitar el mundo desde dentro de una burbuja formada por creencias que piensa comparte con los demás o por lo menos lo hace hasta que choca de frente con otra burbuja, en especial cuando la burbuja ajena es muy diferente de la propia. Creemos que todos vemos azul lo azul y amarillo lo amarillo, cuando lo cierto es que hasta la percepción del color varía de individuo a individuo pues depende de la cantidad de conos, células oculares encargadas de percibir el color. Así algunos ven verde lo azul, otros ven azul lo verde y otros, los daltónicos o ciegos frente a los colores, ven el mundo como si fuese gris y opaco.

El mundo no es lo que es, es como decidimos verlo. Lo crítico está en que muchas veces, prácticamente todas las veces, decidimos sobre la base de información incompleta.

Libres nos decimos, libres nos creemos porque desde niños fuimos educados para obviar la cárcel, para adornar los barrotes y para defenderlos a muerte. Lo más probable es que llores y patalees, a tu manera, cuando alguien trata de cambiarte la realidad, cuando un intruso se atreve a cuestionar tus conceptos de bondad y maldad, porque para eso, repito, hemos sido educados.

¿Querer algo es igual a creer algo?

De un tiempo para acá vengo haciendo listados de mis creencias. ¿Qué me impide alcanzar lo que deseo?, ¿querer algo es igual a creer que lo merezco?, y si no, ¿por qué creo que no lo merezco?, ¿es verdad que soy un ser bajo, inmundo y miserable que sólo merece castigos? Para no perderlas de vista y para intentar callar la narración constante de mi rutina que hace mi mente, las apunto. Lo hago para poder volver a ellas de un modo menos subjetivo, para que cuando esa, mi mente me haya distraído lo suficiente pueda volver a la evidencia, para poder confrontar la parte racional de porqué no me permito cambiar. Cambiar un día es muy fácil, cambiar veinte ya no tanto y seguir así hasta la muerte ni te cuento.

A la mente, a la que digo ser yo, mí misma, le encanta ser como es. Es cómodo, práctico, estable, predecible y seguro, hasta que un día deja de serlo. La estabilidad tiene excelente prensa en el mundo de los humanos por eso lloramos la pérdida de los contratos a término indefinido con prestaciones sociales, por eso nos preocupamos cuando cambia (cambiamos) el clima y cuando esos a los queremos tantos deciden emprender procesos innecesarios de transformación personal, pues nos molesta mucho que reaccionen de modos inesperados. Nos gusta que nuestra página para ver películas y series esté siempre en el mismo lugar y aunque nos gustaría que los precios que pagamos por bienes y servicios siguieran iguales, pagamos gustosos las alzas con tal de que todo siga igual, aunque en realidad todo cambia porque la inmutabilidad es anti natura.

Yo no soy diferente. Si lo fuera probablemente ya me habría transformado en nagual y viajaría de dimensión en dimensión con la fuerza de mi corazón. Yo también le permito a mi mente que sea mi carcelera, se lo permito porque me sigo aferrando a lo conocido y porque lo inimaginable me aterra. Soy igual a los demás, así para ellos sea más cómodo enajenarme para poder denostarme, así crea que soy mejor que muchos cuando me siento invencible. Debajo están los miedos profundos e impalpables, nacidos en las creencias.

Desde que me entregué al estudio de las mías, porque ¿qué otras me afectan más si no las propias?, he avanzado un poco. He identificado presencias que antes ni siquiera veía y que me impiden llegar a los estados que busco. Antes sólo me enfocaba en los lindos mapas de sueños y en las luminosas afirmaciones positivas. Ahora veo todo desde un rincón, tratando de entender dónde está el botón mágico, cómo apretarlo para dar un gran salto cuántico y llegar a ser un ser iluminado o, para empezar, menos endeudado. Soy clara respecto a lo que quiero aunque ya no me enfoco tanto en cómo lo quiero ni en para cuándo lo quiero, aunque muchas guías de crecimiento personal hagan énfasis en los límites temporales.

El tiempo se ha transformado en otra cualidad que observo con curiosidad. A veces se dilata y a veces se contrae. Esto ha ocurrido no sólo porque vivo en dimensiones diferentes desde que trabajo con sueños, con plantas y, ahora también, con árboles, sino porque soy un poco más consciente de que mientras mis creencias sigan siendo las mismas todo va a seguir igual. Usando mi razón he identificado algunas que están ahí, brillantes, redondas, hinchadas pero sigo sin encontrar una herramienta punzante adecuada para estallarlas. Sé que la clave para cambiar las que me limitan está en la emoción pero en lugar de adentrarme en ese camino dejo que los días se me vayan preocupándome, quejándome amargamente y preguntándome ¿por qué a mí?, ¿por qué yo?

Mi mente de mono no amaestrado ADORA esa rutina, la de la quejadera, la de la narración inútil de hechos cotidianos que ingenuamente creo me hacen quien soy. Incontables veces me repito que disfruto mucho dar clases pero que no soporto estar acompañada todo el tiempo, que me encanta la sensación de estar en una casa limpia y ordenada pero que siempre tengo cosas más importantes que cuidar de ella, perder tiempo en facebook, por ejemplo. Sé que no soy la única que hace todo esto, pero me regodeo comportándome como si lo fuera, como si una conspiración secreta me impidiera llegar a donde quiero y sí, la conspiración existe, pero no es secreta, lo sé porque yo hago parte de ella.

Mi casa no está como está no porque el hada del polvo venga a ensuciar todos los días sino porque es más fácil y tiene más fanáticos el quejarse de lo que no funciona que trabajar para que la realidad inmediata cambie. Sé cómo quiero sentirme y sé qué es lo que tengo que hacer para lograrlo, pero con la ayuda de mi siempre constante mente me distraigo para evitarlo. En más de una ocasión la música me ayuda a reconstruir sensaciones de plenitud que he vivido, pero en lugar de seguir apoyándome en ella elijo quedarme en un pantano en el que no hago nada para acercarme a lo deseado ni para alejarme de lo detestado. Algo muy típico del cuerpo mental.

No soy diferente, pero tampoco soy miserable

En el pasado he logrado alcanzar metas que creí imposibles. Siendo mi enemiga peor me convencí de que no era lo suficiente querible, competente, disciplinada u ordenada para vivir algunas experiencias, a pesar de todo esto trabajé para hacer viajes, estar en relaciones y conseguir experiencias que me hicieron crecer y que desafiaron mis creencias previas. Hice de mis flaquezas fortalezas pero no lo logré recitando matrams (así se escribe originalmente la palabra) todo el día ni encendiéndole las mil y una varas de incienso a Ganesh. Lo hice emprendiendo acciones en la dirección deseada aunque no creída, en esa que quería vivir pero para la que creía no estaba preparada. Me preparé para experimentar lo que anhelaba hasta que lo hice posible en esta realidad. Ahora trato de repetir el conjuro.

Revisé partes de mi pasado y me di cuenta de que no pasé de adorar la comida chatarra a que me encantara la comida sana a base de putear las hamburguesas y los perros calientes. En mi cabeza siempre estuvo claro, incluso siendo adolescente, que para mi salud a largo plazo era mejor seguir una dieta saludable en lugar de una saturada con sodio y grasa, sin embargo no dejé la coca cola y las papas fritas de golpe. Después de copiosos y deliciosos empachos un día no soporté la indigestión y vi que las manos me temblaban involuntariamente como resultado de la cafeína, pero eso no significó que en mi vida volví a tomar gaseosa. Significó que volví a hacerlo de cuando en cuando, cada vez menos, con la consciencia de que es una bebida que mi cuerpo no necesita pero que se le antoja a mi mente. El proceso que seguí, como lo veo se parece al que se da cuando se buscan otros cambios.

Todos los días quiero escribir pero en lugar de escribir unas pocas líneas todos los días pienso en hacerlo, quiero hacerlo y, por lo tanto, no llego a ningún lado. Pensar está bien, que muy bien. Cuando quiero hacer cuentas simples y no necesito calculadora para ello me alegro, pero cuando quiero ir de un estado emocional a otro la mente es inútil. Simplemente no es un órgano hecho para ello.

Sin corazón no hay acción

“De la cabeza, al corazón, a la mano.”  Brené Brown

La actitud es una parienta muy cercana de la creencia. No sé si son primas hermanas o medio hermanas, pero sea como fuere ambas se parecen en algo: son muy emocionales.

Para lograr un cambio, sin importar su tipo o clasificación moral, es necesario que la emoción esté presente. Un adolescente acepta la invitación de un amigo para probar drogas por miedo a quedarse solo. Un padre de familia troca descanso por un pago extra para darle un futuro mejor a su hijo. Decides cambiar tu vida porque a pesar de ser muy cómoda sientes que ya no es de tu talla. El adolescente sabe con la cabeza que la droga puede enfermarlo. El padre entiende que la falta de descanso deteriora su desempeño como trabajador, y como padre. Sabes que es más fácil seguir en automático, en especial cuando hay toda una sociedad diciéndote que es lo más conveniente, PERO hay algo que no se siente bien y es entonces cuando los pensamientos se multiplican, sin que llegue la acción.

La acción suele aparecer cuando no hay más remedio o cuando tu estado de consciencia cambia, lo cual, sin excepción está amarrado a la emoción. Esta es la explicación parcial de porqué existen los problemas.

El trabajo que tenía antes de dedicarme a dar charlas de herbolaria onírica no me gustaba pero pagaba bien. Cuando lo obtuve mi motivación para hacerlo era aprender de periodismo sin tener que estudiar la carrera pero luego, cuando la curva de aprendizaje se aplanó y lo que cobraba por escribir no aumentó empecé a aburrirme. Lo seguí haciendo porque me permitió ahorrar para hacer viajes que deseaba, pero al volver a casa sentía lo mismo: desazón. Estuve varios años así, oyendo los consejos de amigos que me decían que aguantara porque al fin y al cabo era un trabajo entretenido y fácil, uno que me dejaba tiempo para completar proyectos personales y para seguir tirando. Y tenían razón parcialmente, pero como alumnos destacados de esta sociedad hablaban por ella y a través de sus propios temores, de sus propias creencias. Al final completé dos proyectos que me interesaban, un libro de numerología onírica y una baraja, pero el sentimiento de insatisfacción no se apagó.

Hoy así me lamente de no haber empezado antes con este nuevo camino sé que difícilmente habría podido actuar de otro modo. Un estado de consciencia distinto no había alcanzado mi corazón y sin eso es casi imposible cambiar el rumbo. A menos que tu fuente segura y confiable de ingresos desaparezca.

Benditas sean las crisis

Desde que empezó la llamada crisis económica de 2008 nunca volvimos a la “normalidad”, pero a pesar de ello miles de personas ganan más planta que antes y hacen sus sueños realidad. Las creencias también son útiles para explicar este fenómeno.

Cuando ves la crisis como una catástrofe y no como un momento para reinventarte produces tu propia derrota. El año pasado (2016) cuando, a pesar de exponerme a muy pocas noticias, supe que las proyecciones económicas seguían siendo pesimistas pensé en algo que apunté en una de las libretas que me gusta llevar conmigo: “las crisis vienen para ayudarte a diferenciar lo que es imprescindible de lo que no lo es”. Tengo amigos que mientras han estado en trabajos muy bien pagados se han dedicado a coleccionar música, películas y libros, para luego, cuando el salario se reduce, lamentarse por haber acumulado tantas cosas que no usan. Curiosamente son los mismos seres compasivos que me expresan su admiración por los viajes que he hecho y los proyectos que he comenzado, más allá del resultado. Sin importar el lugar de cada uno de nosotros en este escenario a todos se nos escapaba algo, al menos hasta hace poco.

Ellos gozaron las experiencias de comprar y coleccionar, yo gocé mis viajes y mis intentos de transformación pero ninguno tenía claro porque hacía lo que hacía. Yo, desde que me lo pregunto, siento que cada vez estoy un paso más cerca de la razón pero ella siempre es más veloz.

Todavía hoy, un año después de haber hecho un viaje con el que soñé durante décadas, siento que lo soñé. Mientras recorría algunas calles europeas temía que alguien me despertara en cualquier momento y que la ilusión terminara, pero no fue así. Si lo fue es uno de los sueños más estables que he experimentado. Puedo ver imágenes, recuerdos y escritos de ese entonces y mostrárselos a mis amigos que parecen ver lo mismo que yo. Pero volvamos a la sensación.

Con todo y contratiempos en ese mes experimenté muchas veces ese algo agradable, difícil de explicar y parecido a lo que se siente cuando uno está enamorado. Esa sensación de que todo está en orden, en el lugar y momento justos, esos cuandos que uno afirma serían perfectos para morir.

No sé cuánto tiempo he estado buscando esas sensaciones, queriendo reproducirlas fuera de tiempo y espacio, intentando encontrar una forma de recrearlas independiente de una experiencia o de un objeto, quizás todo empezó con mi interés por los temas trascendentales, pero ahora puedo decir que estoy más cerca de mi meta. La música que, como lo entiendo desde el corazón, no es placebo ni nocebo, me ha servido para acercarme a estados emocionales que necesito experimentar de algún modo si quiero ser capaz de cambiar mi estado de consciencia.

Está perfecto tener claros los objetivos que se quiere alcanzar, el camino que hay que seguir para llegar a ellos, asignarle un presupuesto a la labor, anticipar contratiempos y tácticas para afrontarlos pero todo eso es absolutamente inútil si comienzo con la certeza de que el objetivo es imposible de alcanzar y esto es justamente lo que me ha pasado miles de veces. Razones múltiples me han llevado a creer, con certeza ósea, que algunos estados no me corresponden, que no estoy hecha para disfrutarlos, así al imaginarme gozándolos se me humedezcan los ojos, sienta aleteo de mariposas en el estómago y dolorcitos raros en la punta de la nariz. Cada quien conoce bien los anhelos propios y cada quien, si hurga lo suficiente, encuentra las razones no tan ocultas que le impiden alcanzarlos.

Las creencias pueden parecer afirmaciones estúpidas y vacuas, palabras a las que no hay que darles tanta atención y que siempre se pueden combatir bebiendo pócimas o sahumando la casa con hierbas, mas lo cierto es que si no se reconocen, si no se les concede la importancia que tienen y si no se asume con seriedad y constancia el propósito de desafiarlas, la realidad seguirá tan estable y cómoda como siempre.

Me aburrí de estar deformada por esa comodidad, por eso sigo eligiendo la tarea de cambiar las mías para, si logro resistirme a las distracciones, ser plenamente y, en el proceso, disfrutar de un modo más frecuente e intenso esa sensación inefable que unos llaman gozo y otros felicidad.

Cielos e infiernos personales

En un libro que no recuerdo, pero que quizás todavía tengo, leí un relato que iba más o menos así:

Va un guerrero a visitar a un monje zen. Después de saludarlo le pregunta:

−Maestro, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?

−Lo siento, pero no puedo responder esa pregunta.

La respuesta desata la furia del guerrero que grita al monje, lo insulta y le echa en cara todo lo que el pueblo hace para mantener al monasterio donde vive. Cuando el guerrero se calla repentinamente el monje le dice:

−Eso es el infierno.

El guerrero queda desconcertado con la respuesta. Reflexiona un momento y con aire calmado dice:

−Perdóneme maestro. No debí reaccionar de ese modo. Ahora lo entiendo.

−Y eso, es el cielo.

Los infiernos son personales y, desde el ángulo que tengo en este momento preciso, creo que tienen muchísimo que ver con los juicios que hacemos.

Hace algunos meses empecé una tarea larga, incómoda y necesaria: la exploración de mi

árbol genealógico. Larga, incómoda, necesaria, adjetivos que reflejan juicios. Juzgo todo el tiempo, intento detener al mono loco de los platillos, lo distraigo repitiendo mantras pero sé que siempre está ahí, sin embargo a veces mi vocación de confesora es más fuerte.

He vivido muchas situaciones que me han mostrado que inspiro confianza. Escucho en silencio relatos, historias que después recuerdo a medias o sin detalles. No siempre hago preguntas pero de todos modos me cuentan pasajes de vidas ajenas. Escucho y olvido. Evito dar consejos y desaparezco. Puedo entender bien a esos narradores, a esos que se sienten como pecadores atribulados. Yo misma, por miedo a la intimidad, a veces desnudo mi vida con gente a la que conozco poco o nada. Es uno de mis patrones para evitar vínculos dolorosos, algo que hago para disfrazar de debilidad mi fortaleza verdadera. A veces este modo de actuar sale bien y otras no tanto. A veces la exploración personal hecha a fondo te hace experimentar situaciones desagradables, situaciones que te hacen querer tirar lejos tu intuición, como la calavera que carga Vasalisa en uno de los cuentos que analiza Clarissa Pinkola-Estés en su Mujeres que corren con los lobos, pero muy pronto recuerdas que cuando te metes de veras, a consciencia en esto, en crecer, en ser completo sabes que hacerlo, que renunciar a los mensajes de tu intuición, sería una tontería.

Hoy escritos del pasado vienen a acecharme en la forma de disgustos familiares. Hace meses escribí varios textos catárticos en los que revelaba secretos ancestrales que había descubierto recientemente. Mientras lo hacía empecé a prepararme para irme a vivir a una cueva, con la cabeza cubierta con una bolsa de papel y vistiendo una letra escarlata. Sabía que los textos que había publicado en mi blog personal iban a encender furias pero estaba tan reventada, tan sensible que sabía que si no lo compartía con alguien, así fuera un lector fantasma, iba a enfermarme en el cuerpo.

Al tiempo hice las cosas que me alivian: meditar, caminar, escribir a mano, hablar. Busqué a quienes sentí que podrían tratarme con compasión, a quienes confié no me harían trizas. Si me equivoqué o no lo sé, lo que sí sé, porque lo recuerdo bien, es que lo hice temiendo sus juicios, suponiendo que me mirarían como superiores morales, y que me dirían “ya está, todo va bien, va a pasar” en tono condescendiente, y ¿cómo no iba a esperar esa reacción si vivimos en un mundo que nos premia por creernos mejores que el resto? En ese momento elegí olvidar que si hurgamos en el pasado de alguien SIEMPRE vamos a encontrar secretos sucios. Aun así puse en bandeja la posibilidad de que alguien más temeroso que yo viniera a dárselas de valiente. Lo que pasó a continuación me sorprendió.

Las personas con las que hablé no me miraron con ojos piadosos, desde la perfección y el orgullo sino que se sentaron conmigo en el suelo y descubrieron sus vergüenzas, así llamadas no porque en realidad creyeran que fueran manchas, sino porque como a muchos les habían enseñado que así debían verlas. Supe y sigo sabiendo de abandonos, de abusos, de abortos, de infidelidades y hasta hubo quien me envidió por intentar hablar abiertamente de temas dolorosos con familiares, algo que luego no se cristalizó. Las charlas se dieron, y se siguen dando, en situaciones privadas y en las que la sensación de protección predominaba, por eso nunca me siento con la libertad de ventilar situaciones a las que no estoy conectada a través de la sangre, la convivencia o los apellidos. Las únicas que decidí dejar al descubierto fueron las mías y las de los míos. ¿Me arrepiento?, es algo que me pregunto, no, no me arrepiento.

Cuando empecé a hablar de esos parientes a los que creía santos, cuando los bajé de los altares que yo misma les construí, para darme cuenta de que eran tan humanos como yo me dolió pero también me sentí liberada. Sentí que le quitaba costras a mi esencia, cubierta durante demasiado tiempo por los deberías y los planes frustrados de mis ancestros. Y también me sentí menos sola. Mientras hablaba y escuchaba me daba cuenta de que yo no era tan aborrecible, tan miserable ni tan despiadada como había imaginado porque putas, presos y locos hay en todas las familias.

Hoy que ha venido la lluvia que pronostiqué llegaría hace unos meses me doy cuenta de que estoy haciendo lo que debo. Estoy en este mundo para escribir ficción y no ficción, para aprender, para ser deliciosamente yo y no el remedo vacío de alguien más. Si antes no abracé mi esencia con la intensidad que lo hago ahora, fue porque durante demasiado tiempo temí que los juicios crueles y afilados que lancé a otros regresaran a mí, por eso me esforzaba para ocultar mi lado poluto, flaco, imperfecto o para mostrarlo sólo fugazmente. Ahora que mantengo esos mismos juicios en un mínimo y que me auto-contemplo cotidianamente para evitar hacer con otros lo que no quiero que ellos hagan conmigo soy más fuerte y más libre. Ya no soy visitante frecuente de infiernos personales.

Cada día renuncio más a ser buena y también renuncio a ser mala, pero no renuncio a ser un ser completo. Como dice un lama en un libro que está leyendo una amiga: soy el violador y el niño violado. No, revisar tu árbol familiar no es cómodo ni sencillo y si así te lo está vendiendo tu tallerista de constelaciones de turno dudaría de su idoneidad.

Largo, incómodo y necesario, así es el trabajo personal, al menos cuando te lo tomas en serio.

La ética del esfuerzo

No sé cuántas veces he leído un párrafo de David Bohm en el libro The life purpose de Adrienne Carol que, parece, no puedo dejar. La primera vez lo entendí con la razón pero no con el corazón. La segunda me pareció iluminarme repentinamente, experimentar eso que los japoneses llaman  satori, pero como dejé para más tarde apuntar mis conclusiones, perdí la luz. La  comprensión candorosa se esfumó. Desde entonces he vuelto una y otra vez a ese fragmento,  tratando de atrapar lo que se me escapó la segunda vez.

Lo acepto. Me obsesioné con ese párrafo que habla de la auto-contemplación. Eso que algunos llaman mindfullness. La he practicado mientras limpio la cocina, limpio el baño o tiendo la  cama, incluso cuando siento pereza de hacer algo y así he aprendido que no se tiene pereza,  sino que se siente pereza. De fondo, cuando hago este ejercicio, no suena Bach ni All India  Radio ni Dead can dance. Hago el ejercicio con la banda sonora natural del lugar donde  vivo: los perros falderos de los vecinos, berrinches de niños descontrolados, parlantes  haciendo ruegos para que compres ciruelas sangre de todo, “de cultivos altamente  tecnificados”, y para que vendas la chatarra que acumulas en casa. La auto-contemplación no  siempre es agradable pues también se trata de que descubras lo que te molesta y cómo  reaccionas ante ello.

Mi obsesión, sin embargo tiene una razón. Ayer, chateando con un amigo, leí en palabras  ajenas algo que ya había pensado con las mías: hackeo mental. Sostengo la idea de que si  logro comprender cómo se forman las creencias, de cualquier tipo, seré capaz de desmontar  las que defiendo con vehemencia, a pesar de que me complican la vida a diario. En ese  párrafo Bohm plantea la posibilidad de dejar de ver los problemas como tales para empezar a  verlos como paradojas. En lugar de decir quiero ser fiel pero no puedo dejar de coquetear  con señoritas bonitas, y eso es un problema, el autor propone ver la situación en términos  de quiero ser fiel, pero me siento como Superman cada vez que coqueteo con una señorita  bonita. La clave, ahora lo entiendo mejor, está en la sensación y más allá, en la emoción.

Al final de ese párrafo se dice que la paradoja sólo dejará de ser tal cuando se haya  visto, sentido y comprendido la raíz del comportamiento, es decir la creencia, que es la  que hace que a una situación indeseada la llamemos problema. Yo, para ayudarme en este  proceso, me he dedicado a apuntar las creencias que tengo y que me impiden vivir  experiencias que anhelo. Es un ejercicio que se da como tarea en las consultas de muchos  terapeutas. El objetivo es que después, con lista en mano, el cliente se dedique a buscar  pruebas de realidad que le demuestren su error perceptual, porque la creencia no es más que  una interpretación, interpretación que se cree corresponde con la realidad.

El ejercicio de buscar pruebas de realidad a veces sirve y a veces no, pero ¿por qué? La  razón, creo son las creencias, así parezca redundante. Si yo creo que todos los hombres son  infieles en lugar de buscar hombres fieles me dedicaré, aunque sea inconscientemente, a  confirmar esa creencia. Si alguien me desafía para que encuentre a uno honesto y leal puede  que con esfuerzo lo halle, pero también es muy probable que en lugar de conceder que hay  más de uno así justifique su existencia diciendo que es sólo una excepción y que muy  seguramente en algún punto de su vida fue o será infiel.

Otro ejemplo para acabar de entender mejor cómo las creencias crean un sesgo, un filtro a  través del que todo se juzga. En psicoanálisis hay un mecanismo de defensa que se denomina  racionalización. Se trata de justificar con razones racionales los actos propios o de poner  una barrera entre la información que se recibe y los esquemas mentales preexistentes. La  racionalización es entonces lo que hace posible que adolescentes expongan de forma  impecable el uso y los beneficios de métodos anticonceptivos para, meses más tarde, vivir  embarazos no planeados y padecer enfermedades de transmisión sexual. ¿Cómo es posible que  atraviesen tales circunstancias si tenían la información necesaria para evitarlas? Pues  porque creyeron que esos métodos anticonceptivos estaban bien para los demás, pero que  ellos, drogados con la sensación de invencibilidad propia de la adolescencia, estaban al  margen de esos peligros. Sentían que eso no les iba a pasar, creían que eran inmunes y  actuaron de forma coherente con sus creencias.

Otra autora que me gusta mucho y a la que estoy volviendo es Brené Brown. Ella tiene un  dicho que traducido es algo así como “de la cabeza, al corazón, a la mano” y que quiere  decir que una idea debe ir al corazón antes de convertirse en un hecho, de lo contrario  difícilmente llegará a ser real, o puede que lo haga, pero no tendrá alma, no tendrá  carisma. Con las creencias es justamente así.

Otro autor, mi amigo Gustavo Fernández, llama la atención sobre el hecho de que en el  centro de las sociedades están las creencias, rodeadas, a su vez por las ideas, que  producen conductas y comportamientos y que, finalmente, forman lo que llamamos sociedad.  Como ya sabemos no hay una sola sociedad sino varias. Sociedades adelantadas, sociedades  secretas, alta sociedad, etc. Cada una de ellas comparte un grupo de creencias que las  sostiene y que debe ser compartida por sus integrantes para que la sociedad permanezca  estable a través del tiempo, para que su existencia no se vea amenazada. Así se empieza a  entender porqué cuestionar creencias, familiares y sociales, nos hace blanco de críticas y  de ataques. Cuestionar es per se un acto revolucionario, contestatario, insurgente. Cuestionar creencias equivale a señalar lo que no funciona y a ser ese individuo  desagradable que debería quedarse callado para que los demás puedan seguir mansamente  dormidos. Sin embargo, serlo, ser manso, agradable, aceptar las creencias de la sociedad a  la que se pertenece también equivale a no ser uno mismo, es igual a negar la esencia propia  pues en la medida en que aceptas y defiendes las creencias que te rodean niegas lo que tú  eres, dejas de lado tu misión verdadera para hacer sonreír a los demás mientras tú mueres  por dentro.

Profesión: Incomodadora

Así podría definir mi trabajo por estos días. No sólo organizo eventos herbales y  oníricos sino que observo constantemente lo que creo, el porqué lo creo y los reflejos que  tiene esa creencia en la realidad compartida. Es incómodo, sobre todo para los que viven en  cajitas cómodas, pero como dije más arriba también es adictivo, obsesiona.

Ser incomodadora profesional no es fácil, el nombre ya debe dar una pista. Para acechar  creencias hasta su raíz no es suficiente con identificarlas, apuntarlas en el diario  personal bajo el título “creencias”, escrito en un color vivo e ir a lavar platos. Para  desenterrarlas, comprenderlas con el corazón y abandonar las que ya no son funcionales hace  falta tener la tenacidad de un perro de caza que no suelta presa o la de un niño que repite  hasta que lo callan el sonido que acaba de descubrir. Seguir hasta lo que parece un  infierno una creencia es una tarea que la mente, custodia del orden social, entorpece y  obstaculiza tanto como puede, pues sabe bien que si se abandona la creencia inútil ella va  a dejar de ser lo que es, sabe perfectamente que tendrá que dejar de contar esas historias  que le gustan tanto, que sabe de memoria y que construyen una máscara con la que has andado  por el mundo durante años, una que llevas para sentirte seguro y vestido, una máscara que  no eres tú.

Just for fun

Otro día le decía a una amiga que sólo por diversión debería disfrazarme de drag queen  porque al fin y al cabo con mi estatura siempre existirá la posibilidad de que donde vivo  me confundan con un hombre, entonces ¿por qué no  materializar la ilusión? Seguimos  riéndonos y jugando a imaginar cómo me vería con tacos altos, maquillaje recargado y uñas  largas, estilo que se aleja mucho del que creo mío. Quizás un día, mejor una noche, vaya a  bailar porque creo que no me gusta bailar y porque, como dice Alejandro Jodorowsky en  Psicomagia, vivimos dentro de personajes que buscan ser persona, que quieren acercarse cada vez más a su identidad real, a esa que no se etiqueta con ingeniero, psicóloga, Johanna,  Isabella, ni con “ama los helados y las caminatas a la luz de la luna”. Es eso que nadie  puede hacer ni mucho menos ser por ti, eso que te muestran los sueños nocturnos y que  practicas en sueños lúcidos.

El esfuerzo también vale

De nuevo voy con el escritor Martín Caparrós y con esa entrevista en la que cuestiona la  ética del éxito, y vuelvo a él porque ahora estoy más de acuerdo con esa cuestión, con esa  crítica, más que la primera vez que la escuché.

La ética del éxito nos ha llevado a querer más, más de todo. De todo. Las creencias  sociales que defendemos nos exigen desear una casa más grande, más ropa, un auto más nuevo,  viajes a lugares más lejanos, lujos más costosos, más amigos en facebook, más likes, más  posgrados PERO también celebra y demanda que todo ese exceso se consiga con menos esfuerzo,  porque lo importante es tener y si se tiene sin “moler vidrio con el culo”, como dice el  esposo de otra amiga, todavía mejor. Si logras tener mucho y cada vez más mientras otros  se arrodillan estás en la senda correcta, en esa que lleva a ser un señor o una señora del  universo.

Lo que sigue ya lo sabes, ya lo escuchaste y lo leíste miles de veces. Lo importante es ser  no tener, lo importante es lo interno no lo externo y el trilladísimo “lo esencial es  invisible a los ojos”, pero sigues viviendo, como yo, para afuera, así sea parcialmente y  todo está bien. No vengo a cantar perfección, a lo que vengo es a hacerle prensa al  esfuerzo.

A todos, como escribí en Adicción a ganar, nos criaron de una u otra manera a la voz de haz algo que dé plata, algo que sea rentable, algo que te haga rico porque rico siempre comparte lugar con  exitoso. La fama es el tercero en discordia, opcional y que a la gente realmente poderosa  no le interesa porque siempre es más cómodo manipular desde las sombras. Pero riqueza y  éxito son requisitos sine qua non. Vive para ser rico y exitoso, haz todo lo que esté en tus  manos para lograrlo y si puedes tercerizar el esfuerzo muchísimo mejor, pero en eso,  justamente en el esfuerzo yace la transformación. En el trabajo consciente está el cambio.

No propongo que nos vayamos todos a una comuna hippie a arar la tierra y a hacer trabajos  forzados. Si a alguno le suena el plan que empiece cuanto antes, pero como no sueño con  irme a vivir al campo sino a una ciudad de unos 200.000 habitantes, no soy quien para hablar de  trabajar la tierra como método de iluminación. El esfuerzo que resalto aquí es uno muy  distinto.

Esfuerzo es, junto a la constancia, clave para hacer que la esencia propia estalle y no  una sola vez sino miles, cientos de miles. Cada vez que me he esforzado para llevar a cabo  algo que me importa, algo que deseo con el corazón me he transformado. El resultado no  siempre fue un éxito, dejé muchos proyectos inconclusos, pero en todo aquello en lo que  puse amor abrí una puerta, creé una alternativa que antes no existía y que me llevó a un  lugar más alto, no en la pirámide corporativa sino en la que me acerca a completar mi  misión y eso es lo que realmente me importa. Cometer un error de principiante cuando llevas quince años trabajando en tu rama duele, pero duele más darte cuenta de que tienes todo lo que deseaste e incluso más y que sigues estando insatisfecho porque esa persona que te importa no te admira, no te quiere o no te valora. Pasarte la vida esforzándote para ser alguien exitoso y darte cuenta al final que peleaste y luchaste por algo que no te llena, no duele, arde insoportablemente. El esfuerzo, como estoy descubriendo mientras escribo esto, no vale si es el medio para llegar  a un fin que no me interesa. El esfuerzo debe calibrarse antes de hacerlo, no como la  herramienta que me permitirá llegar a la meta que deseo sino como el artefacto que me  transformará y que develará mi identidad real. Visto así el trabajo, los inconvenientes,  los obstáculos y los contratiempos son fáciles de amar pues no son lo que me impide llegar  a mi amada meta sino lo que me hace falta para ser la versión mejor de mí misma.

Ser exitoso, como lo veo y lo vivo, no es estar entre los mejores estudiantes del país en  tu carrera ni que tu jefe te de un aumento de sueldo más grande del que pediste, es la  sensación de plenitud que viene de hacer aquello para lo que eres bueno, es ser tú al  margen de lo que la sociedad y tu familia te dicen que debes hacer. Es escuchar y seguir  esa voz interna, que sabes tuya y no ajena, con miedo pero con más curiosidad de conocer el  estado al que te llevará.

No abogo por renuncias, divorcios y mudanzas cinematográficas, abogo por  observar, por descubrir las creencias que defiendes y que sostienen una máscara con la que  te identificas, que no eres tú y que te impiden descubrir tu ser auténtico. En eso sigo, a  pesar de las distracciones de la mente, a la que debo aprender a callar, no sólo cuando  estoy sentada en mi mat meditando sino cuando barro mi casa y promociono mis eventos. Esta  es una tarea diaria, constante, una que me llevará a esa transformación que sólo se puede  dar a través del esfuerzo. Hoy en día creo en el esfuerzo incluso cuando se cree que el  objetivo es imposible, pues como el éxito deja de ser lo más importante, se puede trabajar  por la transformación que sí o sí ocurrirá y que, en muchos casos, también llevará a  experimentar eso que tanto se deseó. Si al final consigo lo que quiero, la zanahoria aparentemente inalcanzable pues bien, tendré otra alegría, y otra más si termino siendo millonaria, pero sea como fuere lo crucial es tener claro, desde el comienzo, que el esfuerzo es muchísimo más valioso de lo que se nos quiere hacer creer.

Los juegos del miedo

Si presentas un problema grave de forma dramática sin ofrecer una solución, la persona que lo escucha se preocupará momentáneamente y luego se olvidará de él, porque si no puede hacer nada para arreglarlo, ¿para qué recordarlo? Siento que algo así hice con Adicción a ganar, el artículo que escribí hace unos días. Sólo señalé dilemas morales que hacen parte de un problema más grande y más serio pero sin mostrar el modo en el que actúo en el presente cuando estoy al frente de situaciones en las que algo o alguien quieren manipularme usando el miedo. En este artículo, por lo tanto, muestro la esencia que hay detrás de mi resistencia a creer en soluciones mágicas, fáciles y vacías.

Adicción a ganar fue algo extraño. Fue difícil de escribir, fue incómodo, doloroso, profundo y necesario. Un amigo me llamó para darme las gracias por haberlo escrito, además algunas personas de mi lista de correo me respondieron diciéndome que mis reflexiones las habían tocado de una forma o de otra, pero no voy a seguir con las autoalabanzas, lo que pretendo es plantear un proyecto de solución para esta zombificación en la que vivimos.

Después de escribir ese artículo, quedé con ganas de saber más, de entender mejor los problemas que vivimos como especie desde antes de que yo naciera. Algo me llevó a ver The big short (La gran apuesta) una película que sabía existía pero que había aplazado.

Ya conocía Inside job, el documental de la misma temática y ya había leído algún artículo complejo pero honesto acerca de cómo la economía pasó de estar basada en la producción y en el comercio a ser un casino sofisticado e internacional, pero sea como fuere, necesitaba hurgar más, sentir más dolor, asquearme casi hasta la náusea para entender cómo permitimos que todo esto pasara y luego obligarme a darme una respuesta a la pregunta de ¿qué hacer?

Vi la película y luego fui a dormir. Al día siguiente sentí la necesidad de saber más, de ver si una mente brillante era capaz de proponer soluciones a este atolladero tan complicado y apestoso en el que vivimos. Me permito usar el plural porque en este planeta estamos transitando todos, nos guste o no. Busqué Requiem por el sueño americano, ese documental en el que Noam Chomsky, lingüista y activista estadounidense, cuenta lo que ha visto en su vida larga y las conclusiones a las que ha llegado, pero era más de lo mismo, aunque era lo que quería ver. En una entrevista extensa señala los principios en los que está basado el sistema inequitativo de la economía actual, principios con los que estoy más o menos familiarizada por lo que no me sorprendieron, sin embargo su exposición me sirvió para pensar, para seguir reflexionando. El final y no creo estar arruinándole el documental a nadie, lo dedica a hablar de las asociaciones de personas que, como lo ve él, son el futuro para proteger lo que queda del medio ambiente y ganar algo de libertad, pues como dice Emilio Carrillo, economista y ex político, debemos aceptar que somos esclavos. Gustavo Fernández mi amigo parapsicólogo agrega que además de ser esclavos somos de una categoría inferior a los de épocas pasadas pues ellos, al menos, eran albergados, alimentados y vestidos por sus amos, nosotros en cambio trabajamos para tener un techo, para comer y para vestirnos y, engañados, nos creemos libres.

Adiós, cursos de fin de semana

Ejercí poco y de mala gana el área clínica de la carrera que estudié, psicología, y lo hice así por algo que sólo vine a comprender con los años. Los psicólogos como los médicos son vistos como redentores, esas personas que se encargan de resolver los problemas ajenos. He oído muchas veces el comentario “con sólo ir al médico me siento bien” y conozco su equivalente en la psicología. Un cliente va al psicólogo y le deja sus problemas para que los resuelva, luego vuelve para recoger la solución, planchadita y bien perfumada.

Sé que no todos los psicólogos aceptan este trato, que algunos les hacen ver a sus clientes que el trabajo deben hacerlo ellos, si de veras quieren sentirse mejor y cambiar lo que no les gusta de sus vidas. Los terapeutas honestos les explican a sus clientes que ellos son sólo catalizadores, agentes de cambio que les muestran lo que deben hacer mientras los acompañan en el proceso, pero seamos honestos por un momento, en esta sociedad adicta al “dámelo ya y dámelo gratis”, realmente ¿crees que no hay más de un terapeuta, coach, etc. dispuesto a hacer promesas de fantasía a cambio de 300 dólares la sesión? Claro que los hay y cuando esto se supo en el mundo de la autoayuda y la superación personal más de uno se subió, y se sigue subiendo al barco, para montar su negocio, financiado por intolerantes a la frustración y cortoplacistas.

Me encanta dar cursos, talleres o como quieras llamarlos. Gozo transmitiendo lo que sé, pero descubrí también que cuando das un curso de 3, 4 horas en un fin de semana muchas personas, así no lo digan, llegan con la expectativa de arreglar sus problemas sin cambiar sus vidas. Esperan que un pase mágico, una palabra o un mantra los haga sentir mejor sin salir de su zona cómoda. Qué cómodo.

Me gusta transmitir lo que sé pero cada vez tengo más claro que prefiero hacerlo a través de charlas, que no dejan de ser la versión liviana de un libro, porque qué pereza leer un libro, sin embargo como lo veo también tienen una ventaja, las expectativas son menores. Los asistentes a las conferencias van por curiosidad, para matar el tiempo, para acompañar a alguien o para no sentir aburrimiento, entretanto puede pasar que se enganchan con el tema y quieren saber más. Si se completa un círculo virtuoso, terminarán buscando más material, más charlas, más libros del tema y, si todo sigue así, involucrándose en reflexiones que generarán cambios de conducta, duraderos o no. En resumen me gusta ponérsela difícil a la gente. En este paradigma de “el cliente siempre tiene la razón y por eso hay que darle todo mascado y digerido”, me atrevo a poner obstáculos con la esperanza de que el trabajo que tengan que hacer para sobrepasarlos los lleve a cambios valiosos y necesarios.

La trampa del cómo

Desde que pude hablar empecé a hacer preguntas, y nunca me detuve, sin embargo durante mucho tiempo estuve haciendo las preguntas equivocadas.

En mis trabajos como entrevistadora aprendí que las preguntas que comienzan con la fórmula “por qué” son traicioneras. Cuando preguntas ¿por qué trabajas? o ¿por qué te gusta tu mujer? pones a tu interlocutor a la defensiva, aprietas un botón para que empiece a justificarse. El porque, así, con las partículas por y que escritas de forma continua, sirve para dar razones, para dar explicaciones, así no se entienda o no se sepa nada. Es como pedirle una opinión en una reunión a ese charlatán de oficina que sólo habla por miedo a que alguien diga que es estúpido. La solución es, pensé alguna vez, preguntar ¿cómo? Después de haber llegado a esa conclusión ya no hacía preguntas tipo ¿por qué trabajas aquí?, sino ¿cómo te sientes en tu trabajo?, así, creía yo, no contaminaba la respuesta y recogía información valiosa y sí, todo fue muy bien durante un tiempo.

El cómo puede ser inocuo, útil y amigable, pero cuando está en la base de libros titulados Cómo hacerse rico en 30 días, o Cómo perder 10 kilos en una semana muestra su lado perverso. La industria editorial, la de los suplementos nutricionales y otras más usan estas fórmulas rápidas e indoloras para vender jugando con el miedo, miedo a la escasez, miedo a no tener tiempo suficiente, tiempo a que los demás no me quieran por ser gorda…

Una vez entendí esto, que el por qué provoca una justificación, no siempre genuina, y que el cómo puede resultar en recetas prácticas pero irrepetibles, reflexioné y dejé de hacer tantas preguntas. Entonces empecé a usar mi curiosidad de otro modo.

Ahora me esfuerzo para ver el mundo desde otro ángulo: señalo lo que no me gusta y muestro lo que hago yo. No me pregunto ¿qué tiene la gente en la cabeza para comportarse de ese modo?, pero tampoco doy fórmulas del tipo 10 consejos para elevar tu nivel de consciencia ni 15 claves para alcanzar el nirvana. Me tomo a mí misma como mi propia rata de laboratorio y desde esta posición relato lo que creo me ha servido y lo que no. A pesar de que es muy difícil, así evito criticar a los demás y, también muy importante, decirles en tono de ser iluminado lo que deben hacer para cambiar sus vidas oscuras y miserables.

Esto no es un consejo, es lo que yo hago

Las preguntas que me hago en este momento de mi vida son dos: ¿cuál es el beneficio? y ¿cuál es el miedo? Las encontré mientras hacía listas como las que mencioné más arriba. Observé cómo me comporto cuando me expongo a la poca publicidad que todavía no he podido eludir, qué pienso cuando elijo productos en el supermercado y cada cuánto cambio objetos de mi inventario. El denominador común que encontré fueron esas dos preguntas.

Si veo una oferta que me ofrece 4 quesos juntos en un empaque frente a 4 sueltos por el mismo precio ¿cuál es el beneficio?, ¿qué puedo llevarlos cómodamente a casa?, ¿que evito el molesto trabajo de agarrarlos uno por uno para meterlos en la bolsa de compras?, luego me pregunto ¿cuál es el miedo? La mente del que diseñó la “oferta”  espera que yo sienta miedo a no tener, miedo a la escasez, y anticipa que temerosa buscaré una forma de ahorrar, situación para la que ya se ha preparado con una oferta falsa de “empaque grande y amarrado” es más barato que “suelto y pequeño”, fácil de desmentir con sumas o multiplicaciones.

Soy capaz de hacer preguntas infinitas en una situación así. Si vender productos sueltos sale lo mismo que venderlos amarrados, ¿entonces los estoy pagando a un precio más alto del que debería?, ¿vale la pena gastar tantos recursos para producir un empaque extra para presentar la oferta?, ¿por qué no venden revistas en este supermercado?… y así, pero estas preguntas sólo me distraerían de los objetivos que pretendo cumplir con las preguntas iniciales: 1) establecer el valor del beneficio, mejor aún si es a largo plazo y beneficia a una comunidad grande, y 2) reconocer mi motivación real, que debe ser distinta de evitar una consecuencia negativa a corto plazo.

Cuando pregunto ¿cuál es el beneficio? intento eludir la respuesta automática de mi cerebro, inmerso durante años en un mundo de consumo, lista para justificar mi compra, pero además cuando pregunto ¿cuál es el miedo? traigo a la conversación a un sabio muy ignorado, al menos por mí: el corazón.  El miedo, el terror, el susto o como quieran llamarlo, porque no pretendo imponer terminología sino mostrar la estructura que está detrás de mi comportamiento, es un indicador bastante fiable de mi motivación verdadera y la de los publicistas, que saben (sabemos) muy bien cómo usar los miedos ajenos para aumentar reacciones y ventas. “¿Has pensado en que todos usan el jabón con el que lavas tu zona íntima?” es una pregunta que apela al miedo a la enfermedad, a los gérmenes y previsiblemente es respondida con la orden de comprar un producto específico: “usa jabón calendulita, con extractos de caléndula natural, que cuidan tu zona íntima con delicadeza y candor”. Otro ejemplo, “¿has pensado en todas las manos que tocan la bolsa de agua que te llevas a la boca?, ¡qué asco!”, (de nuevo miedo a los gérmenes y, por ende, a la enfermedad), “pero no te preocupes, para eso inventamos la nueva presentación personal de agua diamante. Búscala en tu tienda más cercana.” El beneficio de esta última parece ser sólido, irrefutable pero, de veras ¿es así? A corto plazo mis hermosas manitas y mi preciosa boquita van a llegar al agua de forma higiénica pero a largo plazo, con miles de personas haciendo lo mismo estaremos acumulando toneladas de basura no reciclable. Además en un nivel micro el costo incidental de ese producto, más caro que su predecesor, hará que mis gastos sean un poco mayores lo que a su vez cargará sólo un poco más la cuota de mi tarjeta de crédito y sólo me esclavizará un poquito más, pero a quién le importa si somos unos sapitos muy felices nadando en agua cada vez más calentita.

El color del futuro

Emilio Carrillo, el economista, ex político y ahora conferencista que mencioné unos párrafos atrás, le dio tres consejos a una mujer que preguntaba cómo llevar un negocio en tiempos tan turbulentos. Por alguna razón que desconozco, su respuesta hizo una huella honda en mi memoria: evita endeudarte con los bancos, enfócate en los mercados locales y haz una planeación a largo plazo. Los tres consejos iban en oposición clara a lo que se ve en las grandes corporaciones que ganan plata pidiendo préstamos para apostar, imponen tendencias globales y trastean capitales de una geografía a otra, e idean objetivos para el trimestre siguiente, no para el lustro siguiente. Nunca mejor dicho eso de que hay que vivir aquí y ahora.

Después de todos los documentales y películas que he visto, de lo que he oído cuando he viajado, y de los artículos que he leído que hablan de cómo fuimos cómplices en el proceso que le dio forma a esta crisis económica, un término político y elegante para táctica-de-ricos-y-poderosos-para-multiplicar-ganancias-súbitamente, creo haber encontrado una historia breve para entender cómo afecta a una persona común. Es la siguiente:

Irina siempre ha soñado con tener una casa propia, pues cree que ser propietaria es mejor que pagar arriendo porque así asegura un techo y se quita de encima una preocupación para cuando esté vieja.

Un día Hugo, un amigo le ofrece un negocio fácil. Le venderá a cuotas una casa que tiene. La única garantía que necesita es el miedo de Irina a quedarse pobre y sola en la calle. Irina nunca ha tenido plata suficiente para pagar las cuotas de una deuda así, pero cree que conseguirá más y que Hugo siempre renegociará la deuda. Hugo, por su lado, ha estado yéndose de fiesta con la plata que le presta Irina y con la de las tarjetas de crédito. Un día el banco que le dio las tarjetas le dice que tiene que pagar todo, no sólo el pago mínimo, ahí se da cuenta de que no va a poder cubrir la deuda, por lo que decide acudir a su papá, dueño de una fábrica de cremalleras, para que lo saque del apuro. El papá, que hace todo para que su retoñito no sufra, le paga las deudas, pero para cubrir el gasto no planeado, recorta los sueldos de los empleados que no despide, entre los que está Irina. Hugo, por su parte, saca de la casa a Irina, vuelve a venderla a crédito y además compra un seguro que lo proteja en caso de que el nuevo “propietario” sea incapaz de pagar su deuda.

Ahora cambiamos Hugo por Bancos, el papá de Hugo por Gobierno, y a Irina por clase media precaria y ya tenemos la explicación de la crisis que, según explican los que más entienden de términos económicos enrevesados, es otro capítulo en la historia de decadencia que se gesta mientras peleo con Netflix porque no tiene la película que quiero ver y actualizo otra vez mi perfil de Facebook para ver si, por fin, tengo notificaciones nuevas.

En medio de todo me atrevo a ser optimista. El desastre económico, ambiental y social parece inminente pero puede ser detenido, para eso es necesario acumular una masa crítica de personas conscientes, una característica que no se alcanza sólo creyendo en una divinidad ni siendo más espirituales sino haciendo preguntas que lleven a cambiar razones, emociones y acciones. Preguntarme ¿cuál es el beneficio? y ¿cuál es el miedo? apela a mi razón para encontrar soluciones útiles a largo plazo y a mis emociones, que me muestran los motivos genuinos de mis acciones, lo que resume el modo en que tomo decisiones y en el que me resisto de forma pacífica a las tácticas de manipulación comercial, política y social, ejercidas por individuos que, como es fácil comprobar, actúan con inercia más que con premeditación.

Esto es un sueño, el piso de arriba también

En esa época, que ya parece tan lejana, en la que era común brincar de un canal a otro para ver que había en televisión, me encontré muchas veces con imágenes que me atraían pero que no me capturaban: un hombre con el pelo rubio platinado recibía un sobre de otro hombre canoso y con bigote. La película ya había empezado, por lo que siempre iba a otro canal para ver algo más.

The thirteenth floor o El piso 13, como la titularon en español, da la idea de una historia de horror, de casas embrujadas o de fantasmas, no de una que se ilustra la existencia de mundos paralelos pero de esto se trata.

En la práctica de los sueños lúcidos se aconseja hacer pruebas de realidad cotidianas y recordar que esto que comúnmente se llama “vida real” no es más que un sueño, más denso y coherente (?) que los que se tienen mientras se duerme, pero sueño al fin. The thirteen floor es una historia de cómo la mente humana puede crear ilusiones complejas, contundentes y que sólo a través del cuestionamiento serio y constante es posible desenmascarar.

Esta película fue estrenada en 1999, el mismo año en que salió la primera parte de The Matrix pero está muy lejos del ya clásico, en cuanto a efectos especiales, sin embargo eso es una ventaja. La historia, que me sorprendió hasta el final y que resuelve bien los planteamientos de la primera mitad, se cuenta suavemente sin la distracción de peleas ni persecuciones espectaculares porque, a mi entender, es algo entre drama y suspenso, lo que le da espacio para plantear cuestiones morales como lo que vivo en la realidad virtual, ¿afecta a mi realidad real?; lo que vivo en sueños ¿sigue su propio curso cuando estoy despierto?; si este mundo es una ilusión y no puedo controlar nada, ¿de qué sirve preocuparme por lo que pasará más adelante? y la popular ¿qué pasa si muero en otra realidad?

No voy a dar respuestas ni a contar detalles de esta película que durante años intenté ver, que luego olvidé y que ahora es una de mis favoritas. Me basta con decir que verla me ayudó a recordar una máxima que se lee en El Kybalión: Todo es mente.

Adicción a ganar

Pachita ganaba plata porque sanaba, no sanaba para ganar plata, esa es la idea que leí de nuevo en el libro Psicomagia de Alejandro Jodorowsky y que me hace reflexionar de nuevo.

Esta vez no voy a defenderlo con toda la fuerza que hay en mis huesos. Leerlo después transitar durante varios años la dimensión onírica ha hecho que lo disfrute más pero también que lo critique más. Ya no paso por alto sus contradicciones, como cuando dice que las sustancias alucinógenas deben consumirse fuera de rituales chamánicos pero luego se escandaliza porque a los hongos se los comen con la pizza en Ámsterdam. Hoy lo que me causa comezón es otro asunto, la bendita abundancia.

Lo sé, parezco monotemática, quizás lo soy y no quiero aceptarlo. Veo señales y más señales de lo que se supone debo eludir pero sin encontrar muy bien aquellas de lo que debo abrazar, sin embargo sigo. La quietud me parece síntoma de muerte en vida.

Si no triunfas no existes

Recuerdo que el escritor argentino Martín Caparrós habló, en una entrevista que escuché hace años, de lo molesto que lo tenía la cultura del éxito. Se hace algo sólo para perseguir el éxito y si no se logra sólo queda una alternativa obvia: el fracaso. Él proponía movernos hacia la cultura del esfuerzo, a la idea de intentar algo por el esfuerzo, porque cuando intentas algo te transformas, más allá de si logras o no tu objetivo y la verdad es que esa propuesta resonó conmigo.

Desde niña he vivido bajo la premisa de que lo que haga debe ser rentable, de que si me dedico a algo debe darme lo suficiente para vivir y sé que no soy la excepción, como una tía mía que de niña aprendió a hacer “faldas” para sus muñecas. Agarraba pedazos de tela, los cerraba con costuras simples y ya estaban listas las prendas para Martica, Josefina y Antonina. Después de ese descubrimiento imaginó que se haría rica vendiendo faldas, pero al tiempo que no podía explicarse porque su madre no era millonaria si hacer plata era tan sencillo. Muchos años después otra niña, de otra generación caería en la misma tentación, creyendo que con sólo apuntar sus sueños de cada noche tendría listo el guión para rodar una película taquillera. Ese era su plan para hacerse rica de grande. Sin importar la idea o la fantasía que tuvimos en la infancia, todos los que crecimos en el mundo regido por el afán de ganancia económica hemos jugado con la creencia de que el dinero es igual a felicidad o, por lo menos, a la mitad de la felicidad.

Hace unas semanas hablaba de nuevo con una amiga que se autodenomina budista. Me decía que ha reevaluado el concepto de felicidad, que lo ha cambiado por el de gozo porque al final del día lo que cuenta es si fuiste capaz o no de gozar con lo que tienes a mano. Al margen de que a pasarla bien le llames felicidad o gozo, concluimos, otra vez, como todas aquellas en las que nos sentamos a arreglar el mundo, que hemos comprado, sin cuestionarlo mucho, un modelo de éxito que está demasiado ligado a la riqueza material. Para ilustrar el modo de vida al que aspiramos ahora, le hablé de un profesor de origami al que conozco, que a punta de plegar papel compró su casa, encontró el amor y vive tan gozosa y satisfactoriamente como puede. Su vida, claro está, no le interesa a los periódicos ni a los noticieros del mediodía, porque si el gozo no va acompañado de fortunas enormes no es noticia.

Y si no estamos en este mundo para hacernos ricos hasta límites casi inimaginables, entonces ¿qué hacemos? Para servir, eso creo. ¿A quién o cómo? No lo sé. Sigo buscando respuestas, pero por ahora me concentro en cambiar la mentalidad.

Vamos a hacer lo que más se venda

Me aterra y me asombra a partes iguales lo metida que tengo en la cabeza la idea de que debo hacer algo para ganar plata, que ese es el fin último y más respetable. Cuando tuve que elegir una carrera el que fuera capaz de encontrar un trabajo bien pagado basada en X profesión era una cuestión fundamental. En esa época a quien se le ocurría decir en público que quería estudiar Filosofía y letras o Educación Física se le miraba, sin falta, con la misma expresión que se suele dedicar a quien anuncia que tiene una enfermedad terminal. Intenté eludir esa presión pero no pude. Quería estudiar Literatura pero el sólo pensar en lo que diría mi mamá si pasaba el examen de una universidad pública hizo que nunca lo intentara en serio, pero al final ganó el corazón.

Hace un rato pensaba en que sin importar lo que haga vuelvo acá, a esto, a las letras. A veces dibujo, a veces recorto, a veces cocino, a veces me unto las manos de tierra y así según me dejo llevar por mis caprichos creativos, pero en todas las ocasiones vuelvo a esta actividad como medio de reflexión y de comprensión, para darle orden a un mundo deliciosamente caótico. Pero mis merodeos nunca son inocentes, o al menos no dejan de lado el tema de la ganancia económica.

Sin importar si estoy dibujando mandalas, jugando con cuentas de plástico o haciendo una lectura de tarot ellas, las tentaciones de la avaricia, siempre vienen a visitarme. Surgen turgentes, lubricadas y brillantes y hablan con preguntas como ¿podrías cobrar por esto?, ¿cuánto?, ¿a quién?, ¿hasta cuándo? El gozo intrínseco que proviene de la actividad en sí se ve turbado por el interés financiero, y no se trata de que esté mal pensar en de dónde saldrá la plata para pagar mis gastos, lo que nubla mis pensamientos es que ese interés se interpone, enturbia la alegría, la hace pasar a un segundo plano, uno en el que el disfrute, en el que la práctica de un don o de una virtud se transforma en una herramienta más para recibir monedas y billetes, capacidad que vista así no se diferencia mucho de un martillo o de una escopeta.

Cuando todo se reduce a cuánto puedo cobrar por esto o por lo otro no importa si estás pensando en abrir una tienda de postres o si estás considerando unirte a la mafia rusa, pero ¿qué pasa cuando tienes obligaciones duras como mantener una familia o pagar ese posgrado de un tema que te encanta y que apenas llevas por la mitad?, ¿largas todo y te dedicas a ser un hippie maloliente? No es tan sencillo, nunca lo es.

En este momento hablo con la tranquilidad que me da saber que tengo cómo cubrir mis gastos durante las próximas semanas, por eso también es vital para mí escribir este texto ahora y no dentro de quince días, pues para entonces es muy probable que ya piense distinto, que sienta distinto. En este punto tengo frescas las conclusiones a las que he llegado después de analizar mi historia como redactora de agencia de publicidad, más exactamente para la cuenta de un banco.

Decir, listo, adiós, me voy, es fácil cuando tienes medios para mantenerte pero cuando no el tema se complica por eso quiero ir más allá.

¿Lo dejo o sigo?

Ver la Divinidad en una situación es fácil cuando, por ejemplo, trabajas como profesora en un jardín de infantes. Así sea un trabajo agotador, puedes decirte que estás preparando a las generaciones que mejorarán el mundo, lo mismo pasa cuando cultivas alimentos orgánicos o cuando buscas la cura para una enfermedad huérfana e incurable pero siempre, sin excepción, es posible encontrar manchas en tu labor intachable. ¿Qué pasa si un día descubres que ese colegio que te paga por educar a los niños rechaza a los hijos de padres separados porque no son suficientemente “buenos”? o ¿qué tal si te enteras de que esos tomates y esas lechugas tan chulas que produces son especies invasivas en el ecosistema donde las cultivas? o ¿cómo procedes cuando te das cuenta de que todo el esfuerzo que has hecho para aislar la cepa de la enfermedad servirá para que un laboratorio enorme gane muchas fortunas cobrando el medicamento resultante a un precio inalcanzable para la mayoría? ¿Qué haces entonces?, ¿te vas a trabajar como cajero a un banco o como redactor a una agencia de publicidad?

En su momento tuve que encarar este dilema, pero para mí fue fácil resolverlo. Aunque no tenía hijos ni deudas grandes y me sabía mal lo que me pedía mi jefe, seguí adelante cuando tuve que escribir textos para ayudarle a un banco a aumentar sus ya abultadas ganancias. Tampoco me gustó cuando, en otro trabajo, me pidieron que persuadiera a los empleados de una transportadora de valores, a través de un comunicado interno, para que desistieran de unirse al sindicato, esto en una época en la que eran presionados, más que de costumbre, para que los dueños de la empresa pudieran recibir más ganancias. En ambos casos me quedé un poco más y me quedé por lo que muchos nos quedamos, por plata. En un tercer escenario me habían contratado para analizar la burocracia de instituciones sanitarias que autorizan y entregan medicamentos, pero en un punto no pude más. Sentí que la información que estaba recopilando sería usada para modificar leyes que beneficiarían más a la industria farmacéutica. Y ahora me pregunto: si hubiese seguido haciendo esos trabajos ¿habría sido capaz de ver a la Divinidad en esos escenarios? Lo dudo. Creo que sólo soy capaz de vislumbrarla con menos bruma ahora que he ganado un poco de la perspectiva que da el tiempo.

En el caso del banco, cuando tenía que crear, junto al creativo gráfico, piezas para la comunicación interna y para los clientes, podía consolarme diciendo que el banco seguramente daba créditos a pequeños empresarios para que pusieran en marcha sus negocios y que los descuentos que daba el comercio, por pagos con tarjeta de crédito, le servirían a alguien para comprar un regalo con el que expresaría su aprecio a un ser querido. En el segundo pensé que quizás uno de los dueños de la transportadora de valores era el mecenas de algún artista genial que le estaba dejando un legado cultural enorme a la humanidad  y ya en el caso del laboratorio farmacéutico me quedé sin argumentos, por lo que empecé a pensar, apoyada en una historia que leí en The purpose of your life de Carol Adrienne, que a veces lo que debes hacer es trabajar para que la gente despierte, renuncie y busque un trabajo o una forma de vida más acorde con sus principios y valores.

Me gustaría decir que en todos los casos fui yo la que se fue convencida de que hacía lo mejor, pero lo cierto es que del trabajo de redactora me despidieron, porque ya no era necesaria ahí y porque, en términos cósmicos, era momento para vivir otras experiencias. Quizás si de mí hubiese dependido terminar ese ciclo todavía estaría ahí manipulando empleados ingenuos con miedos y letras.

Revolución Divina

No propongo que armes un escándalo en tu lugar de trabajo ni que mandes al diablo el extracto de tu tarjeta de crédito porque al fin y al cabo, ¿quién carajos soy yo para decirte qué hacer? Lo que planteo es la posibilidad de aprender a ver la Divinidad en las situaciones que vives, sobre todo cuando son difíciles. Si, por ejemplo, eres el encargado de evaluar requisitos para pagar pólizas de seguros, puedes ver tu labor como el filtro necesario para que la reciba quien corre el riesgo de quedarse sin casa, en lugar de que vaya a quien la derrochará comprando zapatos y relojes. Te garantizo que muchas veces sentirás que estás frente a un desafío, como cuando a un abogado le dan un número límite para las jubilaciones que puede aprobar trimestralmente o cuando al administrador de una farmacia le dicen que sólo puede entregar x cantidad de medicamentos por mes, sin importar cuántos pacientes aparezcan ni la gravedad de sus padecimientos. Lo que puedo decir, desde mi experiencia única y subjetiva, es que cuando estés listo la vida te pondrá en otro lugar, entretanto lo que te queda es despertar, poco a poco, ganar consciencia de que el mundo está roto pero que se puede arreglar, ganar consciencia de que cada paso que das en esa dirección te acerca a circunstancias que te ayudarán a crecer.

Pensar de este modo, aprendiendo a identificar todos esos momentos en los que pienso cosas como “voy a aprender programación de computadores porque es un oficio muy bien pagado”, “a Jairo le va bien porque gana mucha plata en la empresa que montó” aunque no sé si está sano o si es feliz en su matrimonio, me ayudan a darme cuenta de que si hago las cosas con la motivación equivocada lo que voy a conseguir son resultados ídem. Sin embargo monitorear constantemente mis motivaciones no es lo único que hago.

Resistirme a la avalancha de mensajes que quieren mantenerme asustada, hambrienta e insatisfecha para que consuma lo que necesito y lo que no es más simple si me junto con personas que piensan de un modo similar. Los grupos de soñadores con los que me reúno, física y virtualmente, las tardes de té y cartas y las comidas con amigos me sirven muchísimo para ver otras realidades, para recordar que no soy un quijote solo por el mundo intentarlo cambiarlo. Muchísimos estamos subidos en esta ola de pensamientos y de acciones pero a menudo nos aislamos, por lo que creemos que somos pocos y que le estamos apostando a una utopía. e animé a escribir un artículo largo, denso pero necesario para contactar con más personas interesadas en vivir de otro modo, y si no para al menos recordarles que no están solas y que lo que hacen a diario, así parezca chiquito, cuenta. Esta es una de las aplicaciones positivas de las redes sociales y de los medios de comunicación instantáneos, para esto también sirve Internet aunque lo olvidemos tan a menudo.

Yo no sé dónde voy a aterrizar ni cómo pero cada día me preocupo menos por eso. Practico aquello de no suponer nada y de agradecer todo, problemas incluidos, para fortalecer mi intuición, así además le resto energía a la adicción a ganar, esa que se disfraza de motivos razonables y que me lleva a tomar decisiones basada en el miedo a la escasez y en la avaricia. Siguiendo la brújula de mi corazón a diario elijo hacer lo que me gusta en lugar de lo que me dicta el miedo, con esta guía pongo al servicio de otros mis talentos, al tiempo que siento un gozo que no se puede traducir en plata pero que, paradójicamente, me provee con todo lo que necesito.

Vuelven los experimentos oníricos

El año pasado organicé, con personas que viven en distintos lugares, varios experimentos en torno a los sueños. Usamos símbolos visuales, música e intentamos cumplir misiones públicas y secretas buscando establecer una conexión atemporal e independiente del espacio físico. Los resultados nos animaron a seguir adelante, por eso hace unos días publiqué una convocatoria para seguir con este proceso. Algunas personas han dicho que están interesadas en participar en esta etapa nueva, pero aunque no hay requisitos sí es conveniente hacer una preparación sencilla para sacarle el provecho máximo a los ejercicios que estoy por proponer. Lo primero es el registro de sueños. El efecto de las instrucciones que pongo más abajo sólo podrá ser comprobado si se establece una línea de base, es decir un punto de partida con el cual se pueden hacer comparaciones, no entre soñadores sino dentro del marco de la actividad onírica personal. Me explico mejor para los principiantes. Si carezco de un registro de mis sueños será muy difícil establecer si el exponerme a un estímulo o situación específica afecta o no mi actividad onírica. Por el contrario, si tengo relatos detallados de mis viajes nocturnos, al implementar algún cambio en mi rutina de descanso podré señalar su efecto, en caso de producirse, de ahí la importancia de llevar un nocturnario o diario de sueños, como expliqué en el artículo al que lleva el enlace. En los experimentos oníricos a veces se completa una fase en la que los participantes se familiarizan con la dinámica y se preparan para las etapas posteriores. Este caso completaremos la preparación con unos símbolos conocidos por algunos de nosotros. Hace casi seis meses mi amigo Gustavo Fernández propuso meditar frente a imágenes presentes en Chavín de Huántar, Perú. Quienes quieran saber más de su propuesta pueden leer este artículo y el otro que se menciona ahí. En el primer enlace encuentran tres imágenes. La idea, como se explica allí, es imprimirlas, colorearlas y meditar frente a ellas durante 10, 20 minutos al día. Si alguien se acerca por primera vez a la meditación le diré en líneas MUY generales que se trata de observar la imagen dejando que los pensamientos que surjan vayan y vengan. Si quiere profundizar en el tema y probar con otras técnicas de meditación puede consultar a autores como Osho o a los pertenecientes a la Sociedad Teosófica. Este no es el lugar para describir en detalle esta práctica, pues si lo hiciera perdería el hilo y el objetivo que nos trae. Recapitulando la idea es leer este artículo, descargar una de las imágenes que hay allí, imprimirla, colorearla, meditar frente a ella a diario durante una semana (hasta el 18 de enero de 2017) y al tiempo registrar los sueños que se tengan. Si mientras hace esto alguien nota algún cambio significativo en sus sueños puede enviarme un mensaje con la experiencia a elsuenosignificado@gmail.com Aclaro que NO haré interpretaciones de sueños. Usaré la información recibida para sacar conclusiones en torno al ejercicio, para ver si los símbolos influyen o no en la actividad onírica y cómo. Una vez terminada la fase de preparación pasaremos al experimento en sí, eso será la semana próxima. Si alguien tiene alguna pregunta puede enviarla a mi correo.

Fin de la fase de preparación y comienzo de la fase definitiva

Calculo que a esta altura todos hemos completado la fase de preparación de este experimento, por eso paso a dar las instrucciones siguientes.

La imagen que usaremos será la misma, la elegida con antelación por cada quien y coloreada para este fin. El cambio estará en el horario.

Cada uno eligió un momento para la meditación frente a una de las imágenes de Chavín de Huántar, así que la idea es seguir con el ejercicio pero en otro momento del día. Yo, por ejemplo, completé la fase de preparación en el rato previo al comienzo de mi descanso, así que ahora estoy observando la imagen que coloreé horas antes de dormir, en las tardes.

Esta fase nueva del experimento debe durar mínimo 7 días. Si alguien quiere extenderla o incluso meditar cada día durante más tiempo del que lo hizo antes, en la fase de preparación, es libre de hacerlo. Le pido por favor, si me envía algún relato de su experiencia, que aclare en él cuánto tiempo meditó en promedio en cada etapa, preparación y experimento en sí, y en qué horario. Éstos relatos o comentarios deben enviármelos a más tardar el 31 de enero, en caso de que quieran que los incluya en las conclusiones.

Algunas personas ya me han enviado información acerca de los efectos que ha tenido en su actividad onírica y de descanso la fase de preparación, así que animo a los demás a hacer lo mismo. Como comenté antes al final del experimento redactaré un documento resumiendo los hallazgos.

Recuerden seguir registrando tantos recuerdos oníricos como les sea posible. Son MUY importantes para saber si la observación de las imágenes elegidas tiene algún efecto en los sueños.

De nuevo, si alguien tiene preguntas quedo atenta a ellas para responderlas.

Diario de la abundancia – Once

De unas semanas para acá he estado envuelta en hechos de abundancia que me han alegrado la vida y, aunque no los busqué con mucha consciencia, empiezo a entender cómo llegaron a mi camino.

Hace meses empecé a escribir esta serie de artículos al tiempo que me familiarizaba con el mundo de la canalización espiritual, así, entre la abundancia y la capacidad de acceder a realidades paralelas a esta, comprobé otra vez que la magia no es sólo juntar ingredientes y herramientas para seguir al pie de la letra un ritual. Más importante que toda la parafernalia mágica es la sintonía, que corazón y mente estén en pos de un mismo objetivo que luego se materializará a través de la acción. No sirve de nada tener velas de primera y yerbas orgánicas para diseñar tu ritual, si tu intención no es clara o te falta fe todo se irá al traste.

Rechazo inconsciente de la abundancia

No sé bien qué acababa de ver o de escuchar. Sé sí que estaba en la habitación de invitados de mi casa. Estaba sentada sobre la cama con la mirada en algún punto entre el techo y el clóset, cuando de repente la claridad me abrazó. Crecí en Bogotá en la década de los 80s, en el centro de la ciudad para ser más exacta y esta experiencia me enseñó de un modo doloroso que si llevas puestas joyas de oro puedes convertirte en objetivo de los ladrones y yo, siendo niña pequeña, no fui la excepción.

Recuerdo que iba de la mano de uno de mis abuelos cuando un hombre me arrancó desde atrás y con movimientos veloces, las candongas / aros de oro que llevaba puestas. No grité, no lloré y me aguanté el ardor que sentí en las orejas después del hecho. Cuando llegué a casa mis familiares se dieron cuenta de la pérdida pero hizo más eco el estoicismo con el que atravesé ese hecho que la falta material. En años siguientes me regalaron más joyas similares, porque era la tendencia entre mi generación y mi grupo social, pero indefectiblemente perdía alguna hasta que el par quedaba cojo. Lentamente y sin mucha consciencia, pasé a usar joyas de plata, pues sentía que así me adornaba sin llamar la atención de los ladrones. Cuando cumplí 15 años mi papá me regaló un anillo de oro bastante discreto, además de un reloj con marco dorado, también sobrio, pero ni esas joyas, ni la pulsera de oro que alguna vez encontrara en la calle mi abuelo paterno, y que heredé tras su muerte, pasaron a hacer parte de mi ajuar consuetudinario. Me refugié una y otra vez en la diosa Luna, en la plata femenina y segura.

Durante años no fui consciente de lo que hacía hasta esa noche en el cuarto de huéspedes. Creo que antes había estado viendo un video que me mostró Beatriz, una amiga, acerca de un curso de abundancia. Supongo que reflexionaba acerca del simbolismo de los billetes colombianos y del modo en que debes entregarlos para desearle abundancia y prosperidad a quien los recibe, esto como parte de un ciclo mayor en el que la energía circula siempre buscando el Bien Universal. No sé cuál fue el disparador, pero sea cual en ese momento fuere tuve la certeza de que mi rechazo hacia las joyas de oro me estaba afectando de un modo negativo.

Abundancia es equilibrio

La plata se relaciona con la Luna, la maternidad, la pasividad, la oscuridad, lo húmedo, etc. y como complemente el oro se asocia con el Sol, la paternidad, lo activo, lo luminoso y lo seco, entre otros aspectos. En ese punto supe, como si la verdad me viniera de afuera, que al evitar usar joyas de oro rechazaba a mi padre que, no casualmente, me regaló unos aretes de ese material y el anillo que me rehusaba a ponerme. Ya había hablado del anillo con un amigo joyero, mayor que yo y también habitante de esta ciudad desde hace décadas. Me había dicho que no debía temer usarlo porque era bastante discreto, sin embargo, como siempre que no quieres o no estás lista para elevar tu consciencia, archivé su opinión en un rincón de mi mente y seguí haciendo lo que se me daba la gana, hasta esa noche.

A la siguiente oportunidad usé los aretes, el anillo y otro anillo más que encontré hace unos meses, bañado en oro, y que se ajustó con perfección a uno de mis dedos. Algo en mí empezó a cambiar, aunque más adecuado sería decir que algo en mí siguió cambiando. El hecho solo de usar joyas de oro me hizo sentir que merezco que me pasen muchas cosas positivas, más de las que me pasan ya y que agradezco a diario. Enfatizó la seguridad en mí misma que existe en mí, me dio autonomía y fortaleza para hablar con los demás y me sirvió para ser más consciente. Entendí que al usar inconscientemente sólo joyas de plata amputo una parte de mí, honro sólo la parte femenina de mi árbol genealógico y me sintonizo con las historias de madres solteras, abandonadas y lastimadas de las que está lleno el mundo. Quiero algo más, otras vivencias, otros sentires y por eso no es funcional para mí pasarme los días despotricando de los hombres y convirtiéndome en una feminista peluda y lesbiana, así sea de modo simbólico. Entiendo que en mí existe el principio femenino y el principio masculino. Decidir usar, con consciencia, las joyas de oro que llegaron a mí a través de mis figuras paternas se transformó en un acto psicomágico constante que me abrió todavía más las puertas de la abundancia. En los días que siguieron vinieron ventas esporádicas de los juguetes oníricos y herbales que hago, encargos de plantas de lavanda francesa y peticiones para hacer lecturas de cartas.

Y cuando ya no esperaba nada más otro hecho divertido ocurrió. Un pago de trabajo que suelo recibir dos meses después de enviar la factura, esta vez llegó en la mitad del tiempo, una sorpresa que me alegró todavía más las Fiestas Saturnales de este año.

La magia de los billetes

En el video que me pasó Beatriz también se sugiere una forma especial en la que deben guardarse los billetes en la billetera, doblados de mayor a menor, el mayor envolviendo a los demás. He de decir que practiqué durante un par de semanas este consejo pero algo no acababa de acomodarse en mí, quizás sea porque tengo una billetera grande y cómoda y ver los billetes arrinconados y doblados me transmitía una sensación de angustia leve. En general soy de guardarlos abiertos, viéndose primero el de menor denominación y ordenados de menor a mayor. Intenté cambiar el orden, de mayor a menor pero de inmediato me embargó una sensación de desamparo. Sentí que tener el billete más grande encima de los demás me quitaba respaldo, como si mi casa perdiera una de sus paredes. Volví a organizarlos del modo en que acostumbro, sin dobleces y con las caras de los personajes históricos mirándome y sentí que la armonía regresaba.

De un tiempo para acá observo los billetes y los doy por el lado que siento más próspero. El asunto se ha convertido en un juego sano, en especial con los billetes nuevos que están entrando en circulación, un juego que me recuerda lo que ya dije en otro artículo, que la plata no es más que un símbolo de algo más grande, de la energía que va y viene y que si deja de llegar es porque a nivel inconsciente se ha creado un bloqueo que impide su entrada. Yo me alegro de haber encontrado y liberado uno de los míos, ahora la tarea sigue, para hacer que la abundancia siga circulando y para buscar los obstáculos que todavía no he reconocido, pero que me impiden llegar a ser el ser pleno que me propongo alcanzar.

Santa Compaña, Ánimas del Purgatorio y la Cruz en la baraja Lenormand

Desde hace un tiempo siento que canalizo mensajes del Otro Lado, y aunque
este hecho me daba mucho miedo he aprendido a aceptarlos y a limpiar el canal
de comunicación para evitar ser usada por presencias oportunistas. A pesar de
mis precauciones, que no son sino otra expresión de miedo humano, a veces
recibo revelaciones tan contundentes, que así no haya completado el ritual
previo para comunicarme con ángeles, devas, elementales o como quieras
llamarlos, no puedo dejar pasar. Uno de esos mensajes es el tema de esta
columna.

A principios del mes pasado se me ocurrió celebrar Halloween, pero pronto
cambié de parecer. Teniendo en cuenta que me siento más cercana al mito
español de la Santa Compaña y a que me guste o no tengo ascendencia en esas
latitudes, me pareció mejor dedicarle esa fecha a algunos de mis ancestros,
esos que he aprendido a reconocer a través de mi árbol familiar y que ahora
sé influyen en mí así no los haya conocido. Con este objetivo en mente empecé
a recoger relatos de la Santa Compaña, Halloween y otras leyendas.

Encontré historias más o menos conocidas relacionadas con el papel de Odín en
el panteón vikingo, encargado de recoger a los muertos en las batallas y de
reconocer a los mejores guerreros, sumándolos a su ejército personal, algo
similar a lo que pasa con Gotan y su furia nórdica, pero más allá de estos
relatos tan bellos como sangrientos, aunque también lejanos, aparecieron
figuras más cercanas y casi palpables: las Ánimas del Purgatorio.

Algunos las llamas las benditas o las Santas Ánimas del Purgatorio
refiriéndose en ambos casos a almas de muertos que no pudieron entrar
directamente al cielo ni al infierno. La tradición católica, dentro de la
cual fui criada, les otorga el poder de hacer milagros, sin importar cuán
difíciles sean, aunque, según me explicó mi abuela paterna, conceden todo
menos plata, dinero en metálico.

Mi primer contacto con esta figura viene por el lado materno. La anécdota que
recuerdo es así: Mi abuela Fabiola, la materna, era adolescente y un amigo le
pregunta si quiere aprender a manejar. Ella, que creció en una época en la
que eso no era muy común, una mujer manejando, acepta entusiasmada, el único
problema es que el carro con el que debe hacer sus primeras lecciones es un
camión. En un descuido, y por falta de cálculo, atropella a un hombre que
pierde el conocimiento y tiene que ser llevado a un hospital para que lo
atiendan. Fabiola, preocupadísima por el desenlace de la situación, se
encomienda a las Santas Ánimas del Purgatorio. Les reza pidiéndoles que por
favor hagan que el hombre se recupere por completo. Como en la mayoría de los
casos, o en todos los que he escuchado a la fecha, el pedido es concedido,
hecho que renueva la fe que mi abuela Fabiola tiene en las Santas ánimas del
Purgatorio.

Cuenta mi mamá que con el tiempo mi abuela siguió rezándoles, no siempre para
pedirles algo -ni siquiera sé si pidió alguna vez que la curaran del cáncer
que la llevó a la tumba- todo lo que sé es que ella seguía rezándoles y que
cuando dejaba de hacerlo oía golpecitos en la pared o en la cama, que
aprendió a asociar con recordatorios de las almas pidiendo sus rezos. Con
firmeza se dirigió a ellas diciéndoles que con mucho gusto les rezaría pero
que si lo olvidaba no se atrevieran a molestarla. ¿Lo cumplieron? No lo sé,
pero he oído más historias en que olvidos similares han causado, a juicio de
sus protagonistas, estruendos fuertes e inexplicables que de inmediato
asocian con el incumplimiento de una promesa a las Santas Ánimas del
Purgatorio. Sin embargo no siempre son tan escurridizas.

Hablando de este tema, un amigo que poco bromea con asuntos espirituales, me
contó que practica la costumbre de dejar monedas detrás de la puerta de
entrada a algún lugar como pago anticipatorio del favor que recibirá de las
Ánimas del Purgatorio. Afirmó que en una ocasión su protección fue tan
contundente y material que, tras haber dejado las monedas en la puerta de su
negocio, uno de sus clientes le dijo que había visto a uno de sus empleados
de pie y con los brazos cruzados al frente de la puerta, avistamiento que
ocurrió durante el día y cuando el local estaba completamente vacío. Este
amigo me explicó que el pago a las ánimas se completa al regreso, juntando
las monedas y poniendo el excendente necesario para pagar una misa en nombre
de estos seres en pena.

Cuando le conté a mi abuela Ana María, la paterna, esta historia me contó que
ella también había tenido un encuentro bastante palpable con las Ánimas del
Purgatorio. Una noche en la que dormía sola vio formarse un portal luminoso
en una de las paredes de su habitación, de él emergieron varias sombras que
rodearon su cama. Una se acercó más y le ofreció la mano que ella aceptó sin
temor. Al tacto era como la de un agricultor muy experimentado, áspera y
cubierta por callos. La figura hizo el gesto de querer decirle un secreto
pero sólo en ese momento mi abuela sintió miedo por lo que les dijo “si me
asustan no les rezo más”, así se quedó sin saber de qué se trataba la visita.
El único mensaje que recuerda es la petición grupal de rezar mucho, mucho.
Tras su protesta las ánimas salieron por donde entraron sin molestarla más.
Otra escena que recuerda, relacionada con las almas en pena, es una en la que
después de pedirles un ramo de fresias que no había tenido tiempo de comprar,
las encontró en la cocina de forma inexplicable, pues ninguno de los
familiares con los que vivía en ese momento le dio razón de la aparición de
las flores, tan bien escogidas y tan bien cortadas.

Y los testimonios de mi amigo y de mis abuelas son sólo unos pocos. En el
programa de radio Luna Blu de octubre de 2015, dedicado a este y otros temas
de misterio, los oyentes contaron varias historias más en las que la
invocación de las Ánimas del Purgatorio sirvió como escudo de protección en
momentos de peligro. Invocarlas no sólo impidió la ocurrencia de hechos
desagradables sino que los gamberros llegaron a ver acompañada a su víctima
potencial.

Santa compaña y la cruz de las cartas Lenormand

Ahora dejo de lado los avistamientos no tan etéreos relacionados con las
ánimas del purgatorio para centrarme en aquello que descubrí reflexionando y
canalizando.

La Santa Compaña, la Compaña o la Huestía, como también se le llama en España
a un fenómeno similar pero que suele verse en escenarios rurales, tiene un
aspecto característico: muchas veces va encabezada por un vivo. Las versiones
que se cuentan de la historia a partir de este detalle varían mucho.

Algunos dicen que esa persona a la que se ve viva morirá muy pronto, otros
afirman que lo hará en un año y que mientras tanto se volverá pálida,
comenzará a enfermarse de un modo inexplicable y perderá peso hasta llegar a
la tumba. Se advierte tambien, al contar esta historia, que el vivo o
cualquier otro integrante de la procesión intentará entregar algo al testigo,
una luz, una cruz o un envoltorio, a lo que se debe responder diciendo “cruz
tengo” o simplemente mostrando que se tiene las manos ocupadas, así sea con
piedras o palos recogidos a la vera del camino, pero ¿cuál es el significado
real de este gesto?

C. G. Jung el famoso psiquiatra suizo aprendió a interpretar los sueños de
sus pacientes y los propios estudiando mitología a fondo. En esta disciplina
encontró las bases para entender los códigos y las dinámicas de las escenas
creadas por el inconsciente, lo que le permitía responder las preguntas de
sus consultantes y descifrar los mensajes que intentaban comunicar los viajes
nocturnos. Yo, de un modo similar, pero mucho más modesto, menos metódico y
más inconsciente (quizás por esto mismo descubrí lo que descubrí) concluí que
ese vivo que encabeza la procesión de la compaña o que invita a cargar un
ataúd, como se cuenta en algunas regiones de Colombia, es un símbolo del
“tonto útil” o “idiota útil” de muchas familias.

El vivo que conduce a los muertos es un arquetipo del personaje que se echa
encima la cruz, las cargas, las responsabilidades, los problemas de su clan y
que por lo mismo enferma físicamente, envejece prematuramente y muere, aunque
muchas veces al último, pues su resistencia física y psicológica, de la que
todos abusan porque él o ella lo permite, hace que los entierre a todos. Tal
vez este personaje sea el mismo que tiene pulsiones tanáticas, ese que se
despide de todos preparándose de buena gana para la muerte porque la ve como
un descanso pero que, muy a pesar suyo, se queda esperándola durante años y
más años.

En la baraja Lenormand, de origen cristiano, como lo explica Rana George en
su libro The Essential Lenormand, la cruz simboliza justamente eso, las
preocupaciones, los problemas, las cargas con las que debemos andar por la
vida, esas que algunos sueltan y delegan tan tranquilamente mientras que
otros las asumen con rigor por temor o creyendo que es un deber indelegable.

Dejar ir y dar la bienvenida

El pasado 31 de octubre recordando todo lo que había leído, oído y visto
acerca de la Santa Compaña y las Ánimas del Purgatorio me animé a improvisar
un acto psicomágico con la decena de personas que respondieron mi llamado.
Usando salvia seca, tizas de colores y velas nos metimos en círculos
protectores y de poder, hicimos una limpia, despedimos a nuestros ancestros y
recibimos a los que están por nacer. Fue un encuentro bonito y equilibrado en
el que participamos todos, en el que nos apoyamos mutuamente, por eso creo
que, como reflejo de lo que debemos hacer en la vida, nos sirvió para asumir
responsabilidades sin aprovecharnos de nadie, porque hace falta recordar que
cuando no hago mi parte esta debe ser completada por alguien más, porque
nuestra presencia en este plano, en este planeta o como quieran llamarle
nunca es gratuita.