Diario de la abundancia – Final

La cadena de sincronicidades me había dado la sensación de que era invencible, pero en el camino venían acontecimientos que me mostrarían para qué había recibido esa fuerza.

No sé cuándo comencé a apoyar la iniciativa de un familiar para hacer nuestro árbol genealógico. Mi deseo de conocer esa información surgió de la lectura de libros de Alejandro Jodorowsky y me lo revolvió la autobiografía de Jung. Comencé a acariciar esa iniciativa sospechando con la mente, pero no con el corazón, que en cualquier momento se iba a transformar en una bestia furiosa a la que tendría que enfrentar en el momento menos pensado, momento que llegó hace poco.

Por historias cercanas, que maquillaba con exceso para hacerlas menos espantosas, batallo con la idea de romper relaciones establecidas para comenzar romances nuevos. No importa si el matrimonio en el que se irrumpe está a punto de desbarrancarse o si el intruso se está metiendo entre dos personas que están predestinadas a estar juntas hasta que la rutina las separe. En mi modelo sesgado del mundo ser el otro o la otra todavía tiene mucho de aborrecible.

El bien y el mal son categorías morales que nos hacen la vida de a cuadritos y que nos llevan a hacernos preguntas como: si es cierto que Lewis Carroll era pedófilo, ¿deberíamos hacer hogueras en todo el mundo para quemar todos los libros que escribió? Si una especie en vías de extinción se alimenta de otra ídem ¿a cuál protegemos primero? Si un nazi fue un empleado estrella en una cámara de gas pero luego es un abuelito y vecino ejemplar ¿qué viene siendo?, ¿un criminal maldito o un desgraciado redimido? Las preguntas no son fáciles y las respuestas tampoco, por eso me costó tanto trabajo admitir que los amantes, los terceros en relaciones que se supone deben ser de dos, no son malos, son simplemente personas que eligen que eso es lo que quieren vivir. Decirlo en voz alta mientras me miraba al espejo no sólo me produjo una risa nerviosa sino que me lavó la mirada, tampoco hasta el punto de querer ser la amante de alguien para vivir la situación por dentro, pero sí me ayudó a entender algunas de mis reacciones y el modo en que ese prejuicio me había hecho víctima de motivaciones ajenas. El asunto fue tan sorpresivo y tan catalizador para mi círculo inmediato que respuestas que esperaba aparecieron sin que las buscara conscientemente. Un par de amigos se sorprendió al saber que una mujer con un aire de independencia y con tanto dominio de sí misma, como yo, se dejara llevar por prejuicios salidos del siglo antepasado, pero así fue.

Entre más hurgo, no sólo en mi inconsciente sino en el árbol familiar, más me doy cuenta de que lo que considero bueno y malo depende muchísimo de la mentalidad de mis padres, de mis abuelos, de mis bisabuelos y hasta de mis tatarabuelos, aunque ignore hasta sus nombres. Creía que porque están muertos y enterrados estaba a salvo de la influencia de sus vidas, cuando lo cierto es que sus experiencias formaron las de mis antepasados más recientes y por consecuencia las mías.

Este tipo de exploraciones no las hago con el dedo acusador listo para apuntar al exterior, las hago para, como dice el adagio popular, no repetir la historia que desconozco, para no hacer eso que no quiso hacer mi tía, mi abuela o mi hermana pero que de todos modos hizo a la edad que tengo ahora, eso que cambió para siempre el resto de su camino. No recomiendo a nadie hacer exploraciones de este tipo sino hasta sentirse preparado para las embestidas, porque los esqueletos que salen del clóset son todo menos elegantes y bien vestidos. Los duelos llegan puntuales para que despidas la visión del mundo que tenías hasta ese momento. Duele sí, pero es necesario, duele y no tiene marcha atrás porque una vez conoces la realidad, porque una vez escuchas el horror de las historias de los tuyos el horror se hace tuyo, pero lo hace para liberarte, para abrirte la puerta a las posibilidades infinitas, esas a las que no tenías acceso porque estabas amordazado con ignorancia y con silencio. La buena noticia, sin embargo, es que una vez abrazas a tus demonios y renuncias a ver el mundo a blanco y negro ocurren hechos que pensabas nunca verías con tus propios ojos.

Cuidado con el rayo láser

La capacidad de manifestar en el mundo físico lo que está en el plano de los deseos, usando como combustible la emoción intensa es tan poderosa como un rayo láser. Del hecho se hace mención en el Curso de autodefensa psíquica de Gustavo Fernández y en The purpose of your life de Carol Adrienne. Lo que pocos te dicen es que la emoción enfocada es una herramienta poderosísima que se activa en cualquier momento.

Ya estaba advertida yo. Ya había visto pruebas suficientes de que los cambios que estoy haciendo en mi vida son profundos y por lo tanto me decía “prepárate porque te vas a sorprender, porque cualquier cosa puede pasar”, pero una cosa es que te lo digas en tus conversaciones mentales y otra muy distinta verlas materializadas en la sala de tu casa un domingo en la tarde.

Un día de pensamientos desordenados se me ocurrió llamar a O. Muchas veces quisimos vernos de nuevo pero todo se oponía. Esa tarde con la mente calma le envié un mensaje sin esperar respuesta, pero respondió y en medio de una conversación larga terminamos haciendo una cita para el día siguiente. Yo tenía dudas pero seguí adelante, de veras me apetecía verle de nuevo después de tanto tiempo. Hicimos confesiones, nos miramos a los ojos, jugamos a ser espejos mutuos, casi literalmente, y nos prometimos no dejar pasar tanto tiempo hasta el próximo encuentro. Esa noche dormí regular y al día siguiente, para las 8 de la noche ya sabía qué tenía que hacer y lo hice. No consulté mi decisión con nadie porque entendí que si lo hacía ese alguien opinaría con base en sus deseos y en sus miedos, y yo ya tenía bastante de ambos como para agregar más a la fórmula. No sé cuáles serán las consecuencias futuras de mis actos pero el haberme hecho responsable de ellos me sirvió para encontrar la claridad que buscaba.

Soltar las costumbres viejas

Dejar de comportarte como siempre da miedo, un miedo putísimo, pero es necesario. Ese paso tienes que darlo en algún momento si quieres dejar vicios, sobre todo mentales, para vivir de un modo más feliz. El camino no es fácil, en parte porque lo primero que hace falta es aceptar tu responsabilidad en el estado de las cosas que te rodean. Para lograr un cambio verdadero necesitas dar varios pasos, uno detrás de otro, sobre todo después de caerte, seguir andando hasta que comienzas a vislumbrar el cambio deseado. No sirve de nada que sigas culpando a los demás y creando excusas para no actuar, para inspirar lástima, porque cuando lo haces el único lastimado eres tú.

No sé hasta dónde me va a llevar esta racha angelico-psicomágica o hasta cuándo me va a durar esta valentía de cambiar incluso cuando no sé qué opción es mejor que otra. De momento sólo sé que cuando decidimos aceptar la capacidad infinita que tenemos para enfocarnos y manifestar cualquier resultado la vida despierta se parece cada vez más a una película de ciencia ficción. ¿Matrix quizás? Por las dudas voy a volver a ver toda la trilogía mientras empiezo la otra tarea que me propuse mientras escribía este diario: recapitular los acontecimientos de mi vida que me llevaron a convertirme en una guardiana de sueños, pero eso será en otro de mis blogs.

Adenda

Algunos de los contenidos de Enric Corbera a los que me expuse mientras preparaba mi curso Vida llena, corazón contento fueron:

La abundancia y la espiritualidad van de la mano

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Creencias conscientes: El camino a la libertad emocional

 

Diario de la abundancia – Parte nueve

Reacción en cadena

Hacer cosas con las manos siempre se me ha dado bien. De niña, sin importar si moldeaba arcilla, plegaba papel o cosía, mis artesanías sobresalían. Ahora, de adulta, he descubierto que no sólo me salen bien tareas que demandan motricidad fina sino que tienen un efecto añadido: mientras las hago el mundo se detiene, por lo que el acto cotidiano se convierte en meditación.

En parte por este gusto por las manualidades y en parte porque disfruto jugando los actos psicomágicos −tomando prestado el término de Alejandro Jodorowsky− me parecen herramientas fantásticas para enviarle tus recados al universo. Sí, ya sabemos que hacemos parte de él, sí, siempre estamos conectados con él pero también sí, a cada rato olvidamos que nos escucha, sobre todo cuando no logramos conectar emoción y deseo.

En distintas épocas de mi vida he experimentado con mapas de los sueños, como se le llama comúnmente a los collages de imágenes que representan las metas deseadas, pero también con otros juegos mágicos que me han acercado a las realidades que he querido manifestar. Una de ellas la aprendí recientemente a través de Corbera, aunque él mismo relata que la aprendió de Napoleón Hill. El ejercicio va así: en el centro de una hoja escribes la cantidad que quieres ganar mensualmente, luego escribes alrededor las acciones que te llevarán a obtener esa suma: contratos que se están gestionando, el local nuevo que quieres abrir, la feria a la que quieres asistir, etc. Cada una de esas alternativas representa una punta de una estrella que alimentará tu objetivo. Para contrarrestar las limitaciones y la falta de confianza, escribes “y mucho más” cerca de la cifra central, además, en un lugar preponderante, escribes “sabiduría para gestionar toda esta abundancia”.

Ejercicios como este ayudan a enfocar intenciones y energías, pero no sirven de nada si son otro síntoma de una obsesión más que una expresión de confianza. Es como cuando le pido a alguien un favor y ese alguien acepta, pero yo sigo martillando con lo mismo. Si sé que lo va a hacer no necesito repetir la petición. Con el Cosmos es parecido. Si pides con certeza, convencido de que lo tuyo ya está, de que ya existe y que sólo es cuestión de tiempo-espacio para llegar a ello no necesitas pensar en tu meta todo el día ni hacer de ella un mantra.

Cuando hice el ejercicio de la estrella tenía muy claros los materiales que quería usar. Un papel especial para ponerle onda al ejercicio, unos bolígrafos metalizados para que quedara más bonito y así. Al final se me fueron horas coloreando todo para que las fuentes de ganancias tuvieran un efecto superpuesto sobre el papel, por lo que me olvidé de revisar si alguien me había enviado algún mensaje para solicitar mis servicios o comprar alguna de las plantas de lavanda, que vendí por esos días, y fue eso precisamente lo que pasó mientras dibujaba y coloreaba.

En algún momento suspendí el ejercicio, para comer o para ir al baño. Al regresar revisé mis mensajes y ahí estaba la primera de una serie nueva de señales confirmatorias. Una persona que antes había preguntado detalles acerca de los servicios que ofrezco quería concertar un encuentro conmigo, tan pronto como fuera posible, para consultar las cartas Lenormand.

La estrella con las fuentes de ganancia la hice un domingo y el lunes siguiente tenía una reunión con soñadores principiantes. Esa noche, en medio de una vibra alucinante, el trabajo que mi contertulio y yo estamos haciendo para que las personas se conecten con el mundo onírico, fue reconocido de modo material cuando algunos de los asistentes pagaron lo que consumimos. Además de eso los bastones oníricos que llevé fueron comprados y un kit de herramientas oníricas fue separado sin que siquiera lo hubiese terminado.

Al día siguiente di la lectura de cartas concertada y en la tarde recibí un mensaje pletórico del consultante. Me escribía para contarme que el tema que habíamos tratado en la mañana había sido confirmado de forma contundente a través de una serie de correos que había recibido. Y cuando creía que ya era suficiente encontré otra señal pequeña pero muy significativa.

Ese mismo día, para seguir desafiando mis esquemas, fui a almorzar a un restaurante que me causaba mucha curiosidad. Siempre está lleno de negros, lo que para mí era señal de comida de mar deliciosa. No me equivoqué, además, por la generosidad de las porciones no pude terminar lo que pedí. En ese punto cuestioné mi reacción automática. Ya estaba intentando llamar la atención del mesero cuando recordé dos cosas: 1) en casa tenía comida preparada con antelación para la noche y 2) antes de regresar a ella quería consultar un libro en la biblioteca, entonces ¿cuál era el motivo real de lo que iba a hacer?, ¿evitarme la tarea de cocinar? o ¿atragantarme con comida que no necesitaba para impedir que la tiraran?, o dicho de otro modo ¿me sentía culpable por una acción ajena que ni siquiera había ocurrido? Entonces hice lo único que me pareció coherente con el modo de vida que llevo ahora: pagué y di propina, convencida de que más abundancia estaba en camino y en minutos lo comprobé.

Para guardar tus cosas en los casilleros de la Biblioteca Luis Ángel Arango es necesario depositar una moneda de 200 pesos de las grandes. Cuando revisé mi billetera sólo tenía 150 en monedas, la alternativa era ir a comprar algo a la cafetería para que en el cambio me dieran la que necesitaba. Este pensamiento tardó lo que un relámpago, después de tenerlo llevé mi mirada al suelo. Tirada ahí estaba una moneda de 50 pesos de las nuevas, tan diminuta que parece diseñada para jugar Monopolio. La recogí y con el resto fui a la cafetería para pedirle al empleado que las cambiara por la de la denominación que me hacía falta.

Ese día recibí otra prueba más de que la energía también se había desbloqueado a niveles un poco más grandes. Después de esperar durante un rato largo una respuesta de Catalina, la yerbatera urbana, acerca de cuándo y dónde daría mi curso de abundancia, encontré un mensaje suyo con toda la información.

Replantearme esquemas y juicios morales no sólo me había servido para empezar a ver el mundo de todos los días como una realidad distinta, sino que con la modificación intencional de mi mentalidad estaba a punto de ver reacciones ajenas que parecían haber sido producidas por varitas mágicas o al menos por agentes del destino invisibles, al mejor estilo de la película The adjustment bureau.

Diario de la abundancia – Parte ocho

Crisis = Oportunidad

Las crisis son oportunidades, oportunidades para, por ejemplo, aumentar tu creatividad. Cuando tu alacena no tiene muchos ingredientes tienes la oportunidad de improvisar, probar y ensayar recetas insólitas y algo parecido pasa cuando tienes talento que todavía no se ha convertido en efectivo, y precisamente así, con talento, pagué mi segunda sesión en un tanque de aislamiento sensorial.

Después de mi primera experiencia de este tipo en Austria, quise saber si había algún centro de flotación en Bogotá, pues estaba segura de que quería repetirla. Buscando encontré Gravedad Cero y en poco tiempo estaba hablando con uno de los dueños, ahora amigo mío. En nuestra primera reunión acordamos que yo escribiría algunos artículos para el blog de su empresa y que me los pagaría con sesiones de flotación, acuerdo que honramos y que me ayudó a entender mejor la importancia de soltar.

El valor de la palabra

El pago que había dado por esa sesión había sido la traducción de un video en el que Joe Rogan, un comediante estadounidense y usuario frecuente de este artefacto, describía su experiencia. Rogan hacía mucho énfasis en el dejarse llevar, en que para aprovechar al máximo ese entorno es necesario soltarse, dejarse ir, algo que no te sale a la primera. Cuando traducía el video sentía que hablaba desde la experiencia y no desde comentarios ajenos. La segunda vez que floté pude corroborar lo que decía este comediante.

Estar ahí, en oscuridad total, en silencio igual, muy consciente de tu ser, propicia la ocurrencia de varios fenómenos, sin embargo el que más me llamó la atención en ese momento fue el miedo a desaparecer. Por ratos, si estás relajado y quieto, los límites de tu cuerpo físico se desdibujan y sientes la necesidad imperiosa de sacudirte para corroborar que el agua está ahí, para recordar que existes. La pérdida de la confianza en el entorno se siente como un tirón interno, como cuando estás a punto de caer al vacío y una cuerda detiene el movimiento descendente. Paradójicamente si te mueves, si te resistes a soltarte pierdes el estado de unión con el entorno. Yo, en efecto, lo perdí en más de una ocasión, pero no lo veo como un fracaso.

Ese día, en mi camino al centro de flotación, oí la conversación de una mujer mintiéndole a su jefe acerca de en dónde iba. Me pregunté si no sería más fácil decir la verdad y cuánto tiempo sostendría esa situación a base de palabras falsas. Alejé mi cabeza de esa conversación y traté de enfocarme en algo más, pero no importaba, esa energía de dolor, de engaño ya me había tocado y estando dentro del tanque comprendí mejor los estragos de las mentiras. Uno de los valores más importantes que tenemos es la palabra. La palabra no sólo es una herramienta para intercambiar energías sino que refleja el pensamiento. La palabra es mayor, por eso, cuando la damos en vano, nos damos en vano, declaramos que no valemos o que valemos poco, que no se puede confiar en nosotros, lo que a su vez refleja lo poco que confiamos en nosotros mismos. Mentir es una negación de la abundancia que nos rodea, de aquello que nos pertenece.

En medio de la oscuridad y del silencio de ese tanque sentí la verdad de la verdad. Cada vez que mientes por temor a recibir una consecuencia negativa sólo alargas tu condena autoimpuesta, en parte por eso, para sentir que soy más libre cada vez, es que doy saltos de fe, así muchas veces olvide que la red de protección invisible siempre está ahí para sostenerme, por fortuna, como iba a comprobarlo de nuevo, el Cosmos también está siempre listo para enviarte recordatorios de que tomar riesgos vale la pena.

Diario de la abundancia – Parte siete

Mi casa olía a salvia, la cocina ya era un lugar menos asqueroso y yo empezaba a ver las consecuencias de lo que había hecho.

La primera noche después de escuchar la primera clase del curso de milagros vi cambios: tuve sueños caóticos y de batallas. La interpretación que les di es que mis esquemas mentales viejos, esos que me han hecho creer que me va tan bien como me puede ir, estaban siendo zarandeados, movimiento que no me tomó por sorpresa. Avisaban que esos intentos vanos y de chispa corta que había hecho en el pasado no eran suficientes, que para lograr los cambios permanentes que deseo me hacía falta comprometerme y soltar cuerdas que me daban seguridad falsa, por lo que seguí adentrándome en lo desconocido, aunque dolía.

Nadie te dice que los procesos de cambios radicales son fáciles porque no lo son. En algún punto prueban tus fuerzas y tu resistencia, obligándote a elegir si quieres seguir en la cajita cómoda que conoces o si quieres salir a explorar los alrededores sin la compañía de tu mantita protectora. Yo me atreví a hacer lo segundo y en ese punto necesitaba algo para cubrirme, un fuego tibio que me animara a seguir adelante. Como en otras ocasiones lo encontré en la meditación.

El dolor que sentía venía del miedo, de creer que estoy separada de mis metas y que por eso están muy lejos de mí, cuando lo cierto es que esa creencia, la de la separación es sólo una ilusión, un espejismo tan real y tan palpable que puede limitarte de un modo poderoso. Viendo las cosas de este modo entendí que mi meditación tenía que conectarme con el amor pues a menos que lo sientas visceralmente, del mismo modo que estás sintiendo el miedo, no lograrás cambiar la sintonía desde la que te estás aproximando a una situación. Hay varios ejercicios para lograrlo, el que usé lo descubrí en The purpose of your life y es simple. Me senté con la espalda recta, respiré profundamente durante unos minutos y luego me dejé llevar por recuerdos que tengo de tiempos felices, de cuando me he sentido invencible como superheroína y no tardé en sentirme mucho mejor. Mi objetivo no era idealizar el pasado pues si lo hiciera así caería en otra trampa, lo que buscaba era reconectarme con la alegría voy a volver a experimentar sí o sí. Mi objetivo al hacer esta meditación era intensificar la certeza de que la felicidad que conozco se repetirá.

Sé que el ejercicio funcionó porque me dejó con una molestia leve en los senos paranasales que asocio con desbloqueos emocionales. Por esos días ni siquiera había llovido como para achacarle la rinitis al clima. Traté mi malestar poniendo amatistas sobre mi chakra ajna y en pocos días estaba más que bien, lista para la siguiente ronda.

El siguiente paso era volver a flotar.

Diario de la abundancia – Parte seis

El tiempo, creía yo, se estaba acabando y tenía por delante muchísimo material sin leer y sin analizar antes de dar el curso de prosperidad, ese que en un primer momento llamé Cartera llena, corazón contento.

En lugar de dejarme pasmar por todo lo que me quedaba por hacer, agarré lápiz y papel y comencé a garabatear una estructura que me sirviera de guía para darle orden al contenido. En los ratos que no podía estar al frente del computador hacía sonar conferencias que me parecían útiles para el curso, ya fuera desde Ivoox o desde Youtube.

Tengo claro cómo llegué a Enric Corbera. Tampoco lo hice sola. Mi mamá, que lo descubrió por las sugerencias de Youtube, me habló de él, por lo que en algún momento vi uno de sus videos para darme una idea de cómo era, luego, como muchas otras cosas, lo dejé de lado.

Un día, otra vez mi mamá, vio un video en el que una mujer hablaba de una fórmula, mágica en apariencia, para resolver todos los problemas en una noche y, obviamente me lo mandó. Lo vi y cuando mencionó al físico francés Garnier-Malet, fui a buscarlo. Como en el caso del blog The Unlost la sugerencia me sirvió para llegar a lo que realmente me interesaba. Al principio no entendía nada de nada. La entrevista que le habían hecho a Garnier-Malet en una radio argentina tuve que oírla al menos dos veces para no sentirme en una clase de chino avanzado. Perdida todavía busqué otros videos para salir de dudas y así di con una clase magistral del tema impartida por Enric Corbera. Al final me pareció un tipo competente, por lo que en el futuro volvería a buscar los videos del catalán.

Manos y mente a la obra

Como parte de los preparativos del curso de abundancia que iba a dar había vuelto a apuntar uno a uno mis gastos para ser más consciente de mi relación con la plata, craso error. El estar tan enfocada en las facturas y en los recibos estaba haciendo que mis bolsillos se desocuparan más rápido que antes. No me di cuenta de inmediato pero sí antes de que fuera demasiado vergonzoso. Ese fin de semana, el último de agosto para ser más precisa, me propuse hacer magia. Dejé de lado lo que estaba haciendo y comencé a ejecutar las acciones que siempre me han ayudado a mover energía estancada.

Desde el día anterior venía pensando en que, sin falta, cada vez que me dedico a un proyecto personal que me importa mucho, alguien me llama para ofrecerme trabajo. Un poco ya había ocurrido pero no del modo decisivo que esperaba, lo que en últimas era un reflejo de lo que estaba pasando en mi interior.

Dispersa en varios archivos está una novela y un manual de interpretación de sueños en los que trabajo desde hace años. Sabiendo, por sueños insistentes, que debo cerrar esos ciclos, que debo escribir el desenlace de situaciones y personajes revisé por enésima vez los archivos y retomé la escritura. Los cambios vinieron de inmediato. Algunas personas desconocidas me llamaron para consultar las cartas Lenormand, para que las acompañara en sus análisis oníricos y así, pero todavía no pasaba nada más porque yo no había organizado más mi energía.

El producto de estas reflexiones fue la decisión firme de arreglar la cocina de mi casa. Llevaba varios días viendo el estado lamentable en el que estaba, otro reflejo de mi situación interior. Al analizar sueños la cocina representa, a grandes rasgos, el trabajo, el área productiva de un individuo, por lo que si necesitas manifestar los medios para seguir viviendo lo primero que debes hacer es poner en orden esa parte de tu casa y, por reflejo, de tu vida. Ese domingo tiré el reciclaje y lavé el escurridor de platos, tareas que me inspiraban una pereza atroz pero que sabía eran necesarias para que todo fluyera. De fondo seguía sonando Enric Corbera y yo seguía sacando mugre, pero no sólo material.

En cierto punto recordé un mapa de los sueños que había hecho hace años. Quería quemarlo para darle al Cosmos el mensaje de que me interesaba cerrar un capítulo de mi pasado, abrir las puertas al presente y prepararme para el futuro. Revoleé cosas en cajones y no encontré lo que buscaba sino lo que necesitaba. Me topé con un papel con la letra manuscrita de un ex novio. La pregunta fue inmediata ¿para qué carajos estoy guardando esto? El tipo en cuestión no sólo dejó de ser importante para mí sino que está casado. Por donde mirara el papel no tenía nada que hacer en mis pertenencias. Alisté mi caldero, quemé el papel y cuando terminé tiré las cenizas por el sanitario. A continuación encendí una flor de salvia y me concentré en su ardor. El humo me embriagó. Con él di una vuelta entera por mi casa, asegurándome, con la consciencia más que con los movimientos, de que su esencia llegara a todos los rincones. Y seguí limpiando la cocina. Ese día no terminé la tarea que me propuse pero al menos supe qué tenía que hacer.

Diario de la abundancia – Parte cinco

Aprender para seguir aprendiendo

No me gustan los clichés porque siento que perpetúan paradigmas y esquemas mentales obsoletos. Por ejemplo en Colombia, donde vivo, todos los diciembres desde ve tú a saber hace cuántos años suena la canción que agradece al año porque le dejó un burro, una yegua y una buena suegra. Y si me equivoqué mencionando a los personajes qué bueno, porque eso quiere decir que ese esquema mental no me limita tanto.

Pienso que cuando usamos una y otra vez las mismas expresiones para referirnos a situaciones parecidas no nos hacemos un favor sino todo lo contrario. Hablar de x modo porque todos lo hacen, porque es cómodo o por miedo a encajar, sólo calcifica más formas de pensamiento –egrégoros– que en muchas ocasiones son muy dañinas, de ahí que me esfuerce conscientemente por cambiar las expresiones para, como consecuencia, cambiar creencias limitantes, algo íntimamente relacionado con mi curso.

Toda esta circunvolución acerca de los clichés es para hablar de uno de ellos: nadie aprende tanto como cuando enseña. Si quieren también pueden llamarle meme, una idea preestablecida y que de tanto ser repetida quienes la oyen, sin siquiera cuestionarla, toman por cierta. Sí, seguro que hay profesores tan seguros de lo que saben que ni por error revisarán su cátedra pero no es mi caso. En el momento en que alguien me dice “queremos que dictes un curso de este tema” yo empiezo a recopilar mentalmente las fuentes que revisaré para preparar lo que debo enseñar. Cuando Catalina me mencionó el tema yo me armé de libros, artículos, audios y videos de varios autores para sacar lo mejor de todo, para dar el curso que a mí me gustaría recibir.

Coqueteos intelectuales

En 2014 yo, otra vez, no estaba contenta con el trabajo que tenía. Trabajaba en una revista de arquitectura, diseño y decoración que parecía el trabajo de mis sueños. La dicha que sentí al comienzo de ese ciclo había sido efímera y superficial. Que me pagaran por escribir artículos cada vez más cortos y de temas que me tenían sin cuidado, no me hacía sentir afortunada, por eso cuando la directora de la publicación me dijo que lo nuestro no estaba resultando no me sorprendí y sentí alivio. La pregunta “¿ahora qué voy a hacer?” era inevitable y la abracé con ganas.

Me gusta decir que llego a las fuentes que necesito sola, pero esto no es cierto, al menos no del todo. En algún momento muerto, cuando creía que lo mío era dedicarme a ser administradora de redes sociales, o community manager, como le dice la gente cool, tragué tantos artículos como pude del tema. En uno de esos atracones encontré un informe anual que hacía o hace, ahora estoy desactualizada, Technorati acerca del estado de la blogósfera, es decir acerca de lo que se hace con los blogs, especialmente en inglés. Así llegué a una red social para profesionales jóvenes – Brazen Careerist—que a su vez me llevó a The Unlost, el blog de una chica estadounidense a quien recuerdo porque en algún punto de su búsqueda dijo algo así como que cuando renunció a un trabajo sintió que si le hubiesen ofrecido quedarse porque iban a pagarle un millón de dólares de todos modos habría renunciado, porque tenía la certeza de que estar ahí no era lo que quería hacer. Esa mujer tiene unos momentos de luz excepcional, además cita sus fuentes, detalle harto interesante para mí.

Sintiéndome no-perdida, que sería mi traducción de “unlost”, porque al menos sabía lo que no quería, que no equivale a saber lo que se quiere, pero a eso llegaré luego, me propuse leer todas las entradas de su blog para sentirme todavía menos perdida. Estuve haciendo este ejercicio durante varios días hasta que encontré eso que buscaba pero que no sabía que buscaba: The purpose of your life de Carol Adrienne, un libro que llevo más de dos años leyendo y que retomé para preparar mi curso acerca de la abundancia.

El libro de Adrienne no es difícil en sí, tampoco se trata de que me demore más porque, ya que puedo, lo estoy leyendo en inglés. El libro es lento de leer si te lo tomas en serio, justo como lo he hecho yo. Es un manual mezclado con historias de personas que sienten que han hallado su camino. La autora escribe muy bien y además es sincera. Cuenta cómo se equivocó al interpretar sincronicidades, describe sus miedos y hasta sus enfermedades lo que, a mis ojos, le da más credibilidad. Los ejercicios, aunque parecen sencillos son poderosos, por eso quiero incluirlos o versiones similares en este curso que estoy por dictar. Y cuando digo que los ejercicios son poderosos es porque los he practicado y no me han dejado igual. Completarlos me ha obligado a cuestionarme, a descubrir mis motivaciones ulteriores y a confrontar a mi sombra, a reconocerla no sólo como mi talanquera principal sino también como una de mis fuerzas mayores.

Está clarísimo, al menos para mí, que hasta aquí no llegué sola. El hecho de que haya encontrado estos materiales por mi cuenta no significa que todo sea mérito mío. Las personas que hicieron el estudio en Technorati, las que administran o administraban Brazen Careerist y Therese Schwenkler, autora de The Unlost fueron señales que seguí para llegar a este punto.

Autores y más autores

Entre quienes me conocen es más o menos sabido que cuando limpio mi casa oigo radio, podcasts para ser más precisa. La costumbre comenzó en otro viaje y en otro momento difícil. Quería quedarme a vivir en Uruguay pero las circunstancias no eran propicias. Acababa de visitar Piriápolis, ciudad alquímica, y obnubilada por ese lugar, quería saber más de él.

Busqué algo en internet y lo que salió fue un podcast de, mi ahora amigo, Gustavo Fernández. Su lenguaje vintage y su rigurosidad investigativa eran lo mío. Lo empecé a oír en 2011 y no dejé de hacerlo. Ivoox, la plataforma en la que encontré sus audios se transformó en una de mis fuentes favoritas de información. Por ahí y por sus recomendaciones encontré otras joyas en español de la mano de Milenio 3, pero para no irme de tema diré que allí mismo, en Ivoox encontré a Joan Antoni Melé, un conferencista y banquero español. Una de sus conferencias acerca de la prosperidad y la responsabilidad social resonó en mi cabeza mientras hablaba con Catalina. Quería incluir algunos de sus pensamientos en el material que estaba preparando, así como algunos del curso de energotonía de Gustavo Fernández, por eso empecé a revisar este material, a releerlo junto al de Carol Adrienne y otros más de Brené Brown. Ya estaba armada y me sentía muy satisfecha. Tenía todo lo que necesitaba para repasar mis conocimientos, para adquirir otros y honrar así el voto de confianza que me habían dado, pero todavía no habían llegado los dolores y para dar ese curso de abundancia desde el corazón y no sólo desde la razón fría eso hacía falta.

***

Parte del material de Joan Antoni Melé que he consultado es:

Dinero y consciencia

Libertad sin miedo

Diario de la abundancia – Parte cuatro

Ya estaba claro que seguía viviendo en Bogotá, todo se había acomodado sin esfuerzo para que dictara mi taller de plantas y sueños y durante los preparativos había conocido a dos mujeres especiales. Una de ellas me abría la puerta, poniendo en práctica su vocación, a un cambio interno que yo no planeaba.

Hace poco hice un amigo nuevo al que, recién conocí, le dije que quería cambiar mi vida, no porque estuviera rota sino porque sabía que podía estar mejor.

Desde hace unos años adopté la filosofía del agradecimiento, agradezco absolutamente todo, incluso las situaciones difíciles con las que me cruzo porque estoy convencida de que, a su modo, me están librando de dolores más hondos. No me quejo de los días lluviosos y me esfuerzo para escuchar el silencio de mi cuerpo sano. Pero tampoco me engaño.

Leyendo la autobiografía de Carl Gustav Jung, después de varios intentos fallidos, entendí que cuando todo está bien algo no está bien, que cuando te acomodaste te moriste y como yo quiero vivir tan intensamente como pueda, me preparé para la mudanza emocional.

En el segundo semestre del 2015 tomé la decisión de ir a Europa, no con tanta fluidez y confianza como había tomado la de viajar a Brasil en 2013, pero lo que cuenta es que la tomé. En las dos ocasiones sin que metiera mucha mano todo se organizó para que pudiera viajar. Los contratos que necesitaba aparecieron, incluso alguno sin que lo buscara, y en abril estaba decidida a, otra vez, cambiar de profesión.

La primera señal que me avisaba que iba por buen camino fue un encuentro fortuito que tuve en marzo de este año, justa y precisamente cuando acababa de dictar una versión primigenia de mi taller de plantas para dormir y soñar, ese que nació con un comentario suelto, mientras hablaba con mis amigos de Templo Té. En algún momento les había dicho algo así como “deberíamos armar un taller de esto”, sabiendo bien que el taller lo iba a dar yo pero que ellos generosamente me iban a abrir, otra vez, las puertas de su salón para que lo hiciera allí.

Sin más elegimos fecha, hicimos promoción y yo pasé una tarde genial hablando de plantas, ayudando a preparar infusiones y relatando mitos. Al final, cuando el salón comenzaba a llenarse me apuré, con uno de los empleados, a levantar todos los materiales para dejar libres las mesas por las que ya esperaban algunos clientes. Estando en ese ajetreo oí que alguien me llamaba pero ignoré la voz. El llamado se repitió y esta vez sí volteé a mirar para saber quién era. Vi una mujer que me resultaba algo familiar, pero no era capaz de conectar el rostro con ningún nombre. Estaba en las nubes, feliz, completa, pletórica y ese llamado estaba muy fuera de lugar. Cuando por fin la reconocí le dejé mi celular, mi kindle y los apuntes del taller como promesa de que en unos minutos, cuando la situación fuera menos caótica, volvería para hablar con ella. Y así lo hice.

La mujer era una ex compañera de universidad. Con ella había asistido al curso que tomé para recibir mi grado de psicología. Calculo que no la veía desde hace 10 años, pues luego fue colega mía cuando dicté clases en una universidad. Me senté y nos contamos un poco de nuestras vidas. La sonrisa enorme seguía en mi rostro. Ella hablaba para mostrar su posgrado, para adornar su trabajo corporativo y para realzar los viajes que había hecho su hijo, ya en sus veinte. Y yo no envidiaba nada de eso. Yo no deseaba nada más. Yo estaba en paz. Ese momento había sido como la llamada que te hace un profesor para que rindas un examen al frente de toda la clase y yo había obtenido la mejor calificación posible.

La transfusión de felicidad que recibí ese día no sólo me iba a durar varios meses sino que me había dado la claridad que llevaba casi dos años buscando acerca de qué quería hacer, de hacia dónde quería mover mi vida.

Después de ese encuentro, que terminó con un intercambio puramente social de números telefónicos, supe que eso que ya no me movía el corazón no me lo iba a mover más, al menos no en el futuro cercano. No quería volver a escribir artículos acerca de materiales de construcción ni entrevistar a médicos para rendirle informes a la industria farmacéutica. Lo que quería era comenzar a comprar cajas metálicas para guardar hierbas, hierbas para secar, cristales para limpiar y cuando material se me cruzara por delante para compartir lo que sé. Ese día hablando con esa ex compañera supe que iba a hacer eso ahí, en el salón de té, o donde estuviera. Esa certeza era otra expresión de abundancia.

Diarios de la abundancia – Parte tres

¿Tú también vas a la plaza de mercado?

En la charla que di en julio surgió la idea de ir a la Plaza de Mercado Samper Mendoza, un lugar mágico y particular de Bogotá en el que, de noche, se comercializan plantas aromáticas y medicinales. Envalentonada por el espaldarazo que me había dado la vida, me apuré a organizar el evento.

Sin saber muy bien qué o cómo lo hice, la visita empezó a tener una difusión inesperada. Incluso una emisora de radio local me llamó para que hablara de ella. Supongo, porque en el momento no fui consciente, que otra vez estaba en la sintonía emocional adecuada y por eso muchas personas se antojaron de ir. Las cifras decían que más de 250 personas irían a la plaza, pero como una cosa es lo que dice la gente y otra muy diferente la que hace, sabía que no llegarían tantas. Por las dudas, evalué varias rutas antes de esa noche para decidir cuál sería la más corta y segura. La seguridad al final no fue un problema. Éramos alrededor de 70 personas felices como hippies entusiasmadas con una idea simple y sencilla: visitar un pedazo de campo dentro de la ciudad. Sin embargo como el trabajo de sintonizarse con lo que dice el corazón es algo para toda la vida, no todo siguió cuesta arriba.

Si bien ese día promocioné el primer taller que daría en Bogotá, repartí tarjetas improvisadas y me animé a pedir propinas por mi trabajo, a pesar de la vergüenza y del miedo al qué dirán, volví a ser presa de los demonios.

Caminar, escribir y leer

A veces parece que todo lo quiero resolver caminando, escribiendo y leyendo, y en parte por eso aquí estoy.

Después de ver a tantas personas interesadas en temas que me fascinan sentí miedo a no llenar las expectativas ajenas y a no ser capaz de inspirar de nuevo interés en mi trabajo. Sentí miedo pero en lugar de dejar que las dudas me apretaran otra vez, di el paso. Fijé otro objetivo aprovechando la energía acumulada.

Después de que le aclarara a Catalina, una yerbatera urbana, que no vivo en Cali, ella me planteó la idea de dar el curso de plantas y sueños aquí, a lo que dije sí de inmediato. Lo que seguía era elegir una fecha. Escogí un fin de semana que no estuviera seguido por un lunes festivo, publiqué el evento y dejé el lugar por confirmar. Confié en que todo se acomodaría sin que hiciera mucho esfuerzo y así fue. Aclaro acá que cuando “suelto” la controladora que hay en mí se frunce y mucho. Muchísimo. ADORO, A-DO-RO saber hasta el último detalle de lo que voy a hacer para tener una sensación falsa de seguridad, de que voy a poder resolver cualquier cosa que salga mal, pero como cada vez soy más consciente de que es una creencia falsa, de que es un cuento que me echo para sentirme menos vulnerable, solté y el Cosmos respondió.

Pregunté públicamente a las personas interesadas en mis eventos pasados si sabían de un sitio relativamente tranquilo donde pudiera dictar mi curso. Recibí alrededor de una decena de respuestas y envié mensajes preguntando más acerca de las alternativas. No pasé horas y horas tratando de averiguar cuál era la mejor y de todos modos di con el lugar perfecto, con el que quería, el espacio donde trabaja Victoria, una terapeuta de medicina tradicional china. La información de lo que enseño y del modo en que lo hago había llegado a ella a través de otra mujer que ya había visto mi trabajo. Ella, como si fuese mi representante, le “vendió” la idea a Victoria, que la compró de inmediato. Curiosamente todos los avances y preguntas que hice para intentar alquilar otros lugares no llegaron a buen puerto, sin embargo los hechos ya estaban acomodados para que yo no dejara de caminar.

De nuevo con la yerbatera

De Catalina ya me habían hablado antes. Alguien la mencionó en la visita a la plaza y también sabía de ella por un grupo de hierbas medicinales que hay en facebook. Aunque habíamos intercambiado varios mensajes no habíamos podido encontrarnos por nuestras ocupaciones, pero ella que dice de sí misma que es especialista en abrir ciclos y puertas las dejó así, abiertas y yo finalmente las encontré para entrar.

En nuestra primera reunión me habló de Sembrando Barrio, el proyecto en el que trabaja y de cómo yo podría apoyarlo compartiendo otros de mis saberes. Acabábamos de conocernos y ya estábamos tirando ideas para trabajar juntas.

Una de esas ideas fue hacer un taller acerca de cómo tener una relación sana con la plata. La planteamos en términos muy generales. Yo, que con el tiempo he aprendido a verme con el amor que sienten mis amigos por mí, supe que sí, que si siempre he encontrado el modo de conseguir lo que quiero, también podía dictar ese taller. Lo que no sabía ni sospechaba era la intensidad del movimiento que estaba a punto de generar.

Diario de la abundancia – Parte dos

Había vuelto de Europa. Había enfrentado el miedo, viajaba de nuevo, arriesgando mis finanzas y, de un modo insólito, no estaba en bancarrota. Ahora incluso vivía en otra ciudad, según se decía.

El haber elegido Cali y Vivenciar para dictar por primera vez mi curso de plantas y sueños tuvo varios efectos. Una amiga de una de las socias fundadoras de este centro holístico, que vive en Tunja, me pidió que fuera a dictarlo a su ciudad, además otras personas, que asumían yo vivía fuera de Bogotá, me sugerían que lo dictara acá, a lo que respondí con una charla que di en julio y que desencadenaría otros hechos.

Intentando aprovechar el público que asistiría a otra feria holística, programada para esa misma fecha, publiqué el evento en mi página de facebook. Expliqué que como pago recibiría plantas vivas, libretas bonitas y pan de aceitunas y orégano, productos que esperaba estuvieran a la venta ese día. Pero reinterpretando un poco el dicho de Dios y los planes, yo hice planes y la vida se rió de mí.

Aunque la feria que esperaba usar como carnada para atraer el interés hacia mi charla fue aplazada dos días antes, seguí adelante. No dejé que el miedo a quedarme hablando sola de plantas y sueños me paralizara. En 2012 el creer que no era capaz de convocar a nadie para hablar de lo que me apasiona me llevó a contactar a una dueña de negocio y a una persona con más seguidores que yo en twitter. Creí que así aseguraría algún público para hablar de interpretación de sueños, pero justamente eso, el miedo, bloqueó el flujo de energía en esa dirección. Si bien dicté más charlas después de esas, nunca logré que llegaran más de tres personas interesadas en saber de los temas que estudio.

Todavía no entiendo qué pasó. Intento entender cómo cambié la situación y en el fondo sé que no voy a descubrirlo con la cabeza. Sé que no voy a descubrir racionalmente el mecanismo que accioné porque fue algo más sutil, de corte emocional y de lo que, en principio, sólo se me permitió ver el resultado, porque en ese momento era lo que necesitaba.

El día que di mi primera charla al aire libre me desperté con el propósito que me acompaña cada vez que voy a compartir lo que sé. No importa si llega una persona o si llegan 15, yo me comporto como una rockstar. No me callo nada. Respondo todo lo que sé y lo que no, no me lo invento. Digo “no sé”, averiguo y cuando tengo una respuesta para dar, busco al preguntador y, si lo encuentro, se la doy. Lo hice así hace años cuando trabajé como profesora universitaria y lo sigo haciendo en cursos, talleres y charlas. Ese día no iba a ser diferente, al menos no en ese sentido.

A mi charla no llegaron tres gatos, llegó un perro y alrededor de 30 personas. Ese día algo que estaba ahí, esperando que alguien le diera voz, se hizo obvio: el maridaje entre plantas y sueños va bien, va muy bien. Prácticamente todos los asistentes se quedaron hasta el final y hubo más de un interesado en las lecturas de cartas Lenormand que había ofrecido informalmente en la descripción del evento, y eso no fue todo lo que ocurrió. Cuando hablé del mercado nocturno de hierbas aromáticas y medicinales los ojos se abrieron y la curiosidad grupal se despertó. Alguno alzó la voz para proponer que fuéramos allí. Yo, tomada por la impulsividad dije que sí, que estaba bien la idea pero que para eso era necesario un grupo de diez, doce personas para hacer de la visita algo seguro. El barrio en el que se encuentra esta plaza de mercado sufre el estigma de ser peligroso, sobre todo de noche, por lo que no suele ser una idea sensata llegar allí en grupos pequeños, mucho menos si deciden hacerlo a pie.

A los pocos días, con la alegría fresca y dejando uno de mis miedos a un lado, publiqué el evento del mejor modo posible: sin esperar nada. Entonces la energía, de nuevo, empezó a reacomodarse para sorprender.

Diario de la abundancia – Parte uno

El desarrollo interior es algo extraño. Cuando crees que ya aprendiste alguna lección te encuentras de nuevo con el mismo tema para descubrir que sólo superaste un nivel. Al menos eso que casi habías olvidado te servirá para ir más allá, ese lugar que sólo descubres avanzando.

El año pasado por fin entendí un sueño que me visitaba frecuentemente. Me comunicaba que los cambios que deseaba en mi vida dependían de mis acciones y no de las de terceros. Ahora parece una verdad que salta desde estas líneas, pero en ese entonces seguía engañada. Ilusionada esperaba que un hada madrina se manifestara a través de un cliente ofreciéndome el contrato ideal para escribir una serie de textos de los temas que me interesan pero, muy previsiblemente, eso no pasó.

En un momento de semilucidez entendí que tenía que dar un paso en la dirección en la que quiero que vaya mi vida. Para mostrar las habilidades profesionales que he adquirido y cómo puedo aplicarlas en temas que me interesan, hice un análisis de las creencias que impiden que la gente experimente abundancia. Buscando un poco encontré un blog dedicado a la ley de atracción en el que se les preguntaba a los lectores por qué creían que no tenían abundancia en sus vidas. La cantidad y la calidad de las respuestas era lo que necesitaba para llegar a conclusiones puntuales. El resultado fue una presentación acerca de las creencias limitantes más difundidas. El material fue usado al menos una vez por un amigo que dicta cursos de autodefensa psíquica y otro temas, pero no atrajo ningún cliente interesado en que hiciera un estudio similar para evaluar los productos o los servicios de su empresa. Estaba avanzando pero todavía no tenía la información necesaria para conectar los puntos.

Mira el miedo a los ojos y actúa

Valentía, o estupidez, dependiendo de quién sea el juez, no es actuar en ausencia de miedo, es hacerlo incluso cuando lo que quieres es irte corriendo al baño para llorar, y eso fue lo que hice en junio pasado.

Antes de irme a Europa, un viaje con el que había soñado durante mucho tiempo, sentía la necesidad de cambiar aunque en teoría ya hacía todo bien. Aunque había cambiado de carrera cuando había querido y había logrado que me pagaran por aprender, por leer y por escribir tenía la sensación de que todo eso no era suficiente. No era codicia, era que ya me daba igual si un cliente quería una revista para vender más pinturas o para promocionar empanadas. Mi corazón estaba en las plantas y en los sueños. Con esa certeza comencé a comprar latas para guardar plantas secas, sabiendo que a mi regreso iba a enseñar lo que sé y me enamora. Cómo iba a hacerlo o de dónde sacaría la plata eran detalles de los que me encargaría a mi regreso.

Vamos a la feria

Poco después de que volviera a Bogotá, cuando las deudas me presionaban para trabajar en lo que ya no creía, se organizó una feria de productos y servicios holísticos con un espacio para dar charlas. Para tener acceso a él había dos opciones: pagar o no pagar. Viendo el estado indeseado de mi bolsillo envié un par de propuestas y dejé en manos de los responsables del evento la decisión de incluirme o no en el programa. Y resultó. Estando allí descubrí que en lugar de darme una hora para hablar me habían dado dos, además modificaron el título de mi curso, que adopté por ser más breve y sonoro: Plantas para dormir y soñar. A pesar de algunos contratiempos pude enseñar lo que me apasiona. Los asistentes lo notaron y hasta hubo alguna mujer que me dijo que me amaba por haberle mostrado lo que sabía y de plata… pues plata no recibí, pero justo ahora me doy cuenta de que no pagué por lo tanto no estaba en posición de recibir, al menos no todavía.

Desde que llegué sentía la necesidad de seguir viajando, por hice pública la idea de dictar mi curso en Cali. Desde antes de elegir esa ciudad como el lugar en el que empezaría esta etapa nueva sabía que no sería fácil aunque tampoco imposible. Dictarlo en Bogotá, como después lo comprobé, no representaba ningún reto y yo necesitaba imponerme uno y superarlo para convencerme de que tenía lo que hace falta para seguir adelante. La situación me daba miedo porque en ese punto estaba viviendo de mis ahorros y los contratos que me quedaban eran insuficientes para llegar a fin de año. Si nadie se inscribía a mi curso mi bancarrota, además de dolorosa, sería inminente. Tenía miedo, pero de todos modos avancé.

El curso no tuvo lleno total pero sí alcancé el punto de equilibrio. Visto desde la perspectiva del aprendizaje estuvo buenísimo. Ese fin de semana me reencontré con amigos a los que adoro, conocí a una mujer maravillosa e hice parte de una sincronicidad para la que hubo testigos. A pesar de mis miedos regresé a la ciudad sin verme obligada a pedir plata prestada y siendo protagonista de un rumor.